La Transformación Espiritual de Santa Umbelina

 


Después de un tiempo en un monasterio del cister Volviendo la princesa Umbelina a sus tierras, hecha otra Magdalena, arrojó de sí todas las galas y vestidos señoriales con que antes andaba, y vistiéndose con ropas menos costosas y con tocados muy honestos, comenzó a mostrar exteriormente el cambio que Dios había hecho en su alma.

 Dejó los instrumentos musicales, que antes estimaba en mucho, y todos los demás pasatiempos mundanos; y absteniéndose de leer historias profanas, se empleaba toda en oración vocal y mental, y en llorar descuidos antiguos. 

Las rentas que gastaba con músicos y truhanes, las expendía en limosnas y obras pías, y finalmente todo en ella era tan otro de lo pasado, que el mundo todo se espantaba y tenía que hablar de tan repentino cambio.

 El marido al principio, pensando procedía aquello de alguna tristeza, le buscaba todos los pasatiempos que podía, y después que V ino a entender el fundamento verdadero, atribuyéndolo a cosa de poca duración y a fervor repentino, que en las mujeres es muy ordinario, y se les pasa con la misma ligereza que les viene. Trabajaba para divertirla en cosas varias. 

cuando llegó ella a pedirle licencia para tomar el hábito de monja, lo celebró con muchas palabras de burla, diciendo que dejase pasar la persuasión de sus hermanos y aquel espíritu con que de Claraval había venido, y entonces hablarían en lo tocante a la religión que quería entrar, pero que por entonces no lo consentiría, porque no quería que después de habérselo otorgado le culpase de fácil y poco amoroso, y le echase en cara con ello. 

Con estas respuestas galantes andaba el marido de Santa Umbelina, entreteniendo la ejecución de sus deseos, como en efecto lo hizo por espacio de dos años, pensando que con el tiempo cambiaria de propósito. Mas la Santa, como estaba tocada de la mano de Dios y favorecida con las oraciones de su hermano San Bernardo, que nunca dejaba de pedir favor divino para su empresa.

San Bernardo de Claraval - Monasterios. Bernardo de Claraval nació en 1090 en Fontaine-lès-Dijon, en los alrededores de la capital de la Borgoña, en el seno de una familia noble.

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