Sí, pensemos en Jesús con frecuencia; pensemos siempre en Él



En Burgos, una ciudad de España, vivía a fines del siglo XVI una piadosa niña, muy favorecida por Dios, llamada Juana Rodríguez, que, a los cuatro años de edad, ya manifestaba una extraordinaria devoción. Sus padres tenían en su casa una capilla muy bien adornada, y en ella, sobre un trono, una bellísima imagen del Niño Jesús. Juana abandonaba con frecuencia sus juguetes y se adentraba en la solitaria capilla para entretenerse con sencillez y confianza infantil en conversar con su amado Niño Jesús. Estando de rodillas delante de la imagen, le parecía que Jesús hablaba con ella, y ella nunca dejaba de decirle que lo amaba mucho. Un día, se puso a imitar, infantilmente, las oraciones del coro de las monjas Clarisas, que estaban contiguas a su casa, y entonces se le apareció el Señor y le dijo: 

—¡Hija! ¿Qué haces aquí? 

Y ella respondió:

—Estoy orando con Santo Domingo. 

—Bueno es eso —replicó el Señor—, pero dime: ¿Me amas tú?

—Yo no amo —dijo ella—, sino al pequeño Niño Jesús que mi padre tiene en la capilla. 

—Ese Niño Jesús soy yo —replicó el Señor—, yo soy el que aquella imagen representa, y tú debes amarle a Él solamente porque a mí me representa.

Luego le dio a María por Madre y protectora, mandándole que la obedeciese en todo. Juana obedeció a todo lo que le mandó el Señor, pensando continuamente en su amado Jesús, recibiendo de Él extraordinarios favores y creciendo cada día en virtud y gracia hasta su dichoso fin. Este ejemplo nos enseña cuánto y de qué manera los buenos niños deben amar la santa infancia de Jesús, como también cuánto el divino Jesús ama a los niños que lo aman. Sigamos, pues, los pasos de la piadosa Juana Rodríguez; amemos al divino Niño Jesús con todo el corazón; mostremos con hechos que lo amamos cordialmente; pensemos frecuentemente en Él; dirijámosle nuestras súplicas; hagamos en todo y por todo lo que Él hizo, pues esta es la mejor prueba de amor y la más grata al Niño Jesús.

Sí, pensemos en Jesús con frecuencia; pensemos siempre en Él con gozo; pensemos en Él al acostarnos, al levantarnos, en la escuela, en la iglesia, en casa y por el camino, yendo y viniendo; pensemos en Jesús en el trabajo y en la diversión, y en la mesa, procurando siempre imitar en todo al divino Niño; pensemos en Jesús la noche de Navidad visitando el nacimiento, y pensemos cada día, y siempre que veamos una imagen suya o un Crucifijo, y por la mañana, al mediodía y por la tarde al toque de las Avemarías. Invoquemos su divino socorro en todos los peligros de alma y cuerpo; invoquémoslo cuando el trabajo empiece a hacérsenos pesado, y cuando el estudio nos canse; cuando la obediencia se nos haga difícil; cuando sintamos miseria o necesidad. Ofrezcamos al Niño Jesús todo nuestro corazón y todo nuestro amor. Nada hay en los cielos ni en la tierra más amable que el Niño Jesús, ya en el pesebre, ya en los brazos de su Madre Santísima, ya en la casa de Nazaret, ya en el taller del carpintero o en el templo de Jerusalén. Y, por amor de Jesús, hagamos siempre lo que Él hizo por nuestro amor, esforzándonos en ser piadosos, diligentes, amables y obedientes, porque así lo hizo Jesús para darnos ejemplo, para nuestra instrucción y mayor bien, siendo Él el más piadoso, el más diligente, el más amable y obediente de los niños. Si amamos al Niño Jesús de esta manera, también Él nos amará íntima y tiernamente, aunque tal vez no de una manera tan extraordinaria como a la piadosa Juana Rodríguez. Jesús nos llamará a sí, como solía llamar a los niños durante su vida pública, para imponerles las manos y bendecirlos. Él nos bendecirá de una manera preferente y especialmente eficaz si nos esforzamos por seguirlo y hacernos semejantes y gratos a Él; Él nos bendecirá como a los tres Reyes Magos, que le ofrecieron incienso, oro y mirra; pues más precioso que el oro es el amor, más amable que el incienso es la oración, y de más valor que la mirra son los esfuerzos que hagamos para imitar sus ejemplos. Jesús nos otorgará ciertamente bendiciones temporales y eternas; nos comunicará abundantes gracias para que, como Él, aquí en la tierra, vayamos creciendo delante de Dios y de los hombres en sabiduría y en virtud, y para que un día, en el cielo, seamos infinitamente felices en Él, por Él y con Él.


**Nota**: El catequista podría, en esta o similar ocasión, animar a los niños a unirse, con el beneplácito de sus padres, a la conocida Asociación de la Santa Infancia, cuyo fin es el rescate de niños abandonados por sus padres, especialmente en China.

Comentarios