San Basilio le mostro a su sobrino dos puertas una que salía una luz resplandeciente y otra puerta de donde salía fuego humo y olor terrible ,basilio le dijo corre hacia la puerta de fuego y ahí serás purificado y el sobrino "no puedo "y se acerco a la puerta de la luz donde debajo se veía una gran serpiente. ahí se acerco basilio y le dijo donde dices que no puedes un angel te iba a buscar para llevarte al cielo.
pero esta puerta de la luz falsa, la utilizan aquellos que se excusan para no dedicar tiempo a la oración, argumentando que sus ocupaciones como hombres de negocios y esposos son incompatibles con esta práctica espiritual. Para refutar esta excusa de la misma manera que otras, empezaré demostrando que la razón que alegan para no orar, es en realidad una razón para hacerlo.
San Basilio lo expresa claramente: "Os excusáis diciendo que estáis envueltos en negocios del mundo; pues, necios, por eso mismo necesitáis más de la oración que aquellos que están fuera del mundo y no tienen otro negocio más que el de su salvación. Porque ellos están fuera del peligro, mientras que vosotros estáis en medio de él. Sería locura decir: ‘Para mí no es necesario el preservativo porque ando entre apestados; para mí no son las medicinas, porque estoy enfermo; para mí no son las armas, porque vivo entre enemigos’. De la misma manera, es locura decir: ‘Para mí no es la oración, porque vivo en el mundo’, siendo la oración el preservativo, la medicina y el arma con la que se vencen todos los riesgos."
En medio de muchos negocios, has de cuidar aún más de la oración para entrar en ellos y salir bien de ellos. El Maestro Ávila se maravillaba de cómo, en una vida tan ocupada como la nuestra, podría alguien de cualquier estado vivir sin oración, porque consideraba que la oración capacita a todos para todo. Explicaba a los hombres de letras que el primer libro que debían consultar antes de cualquier estudio era el Doctor Rodillas. Santa Teresa, en el Aviso 17, advierte que cualquier negocio importante que se deba decidir debe pasar primero por la oración, porque con esa luz se ve todo, y quien acude allí por consejo, aunque no decida lo mejor, es imposible que resuelva lo malo.
Como prueba real de esta doctrina, tenemos a Rey David y San Luis Rey, ambos en medio del mundo, ambos casados, gobernando palacios, reinos y milicias. David oraba a medianoche y siete veces al día. San Luis no dejó de orar ni siquiera en el día tan aciago en que perdió aquella inmensa armada y sus importantes fines, e incluso la libertad, al ser prisionero del bárbaro sultán. En ese momento (¡oh asombro!) entró en la tienda de su enemigo y, en lugar de ahogarse en ansias del corazón o desahogarse en lágrimas de sangre, preguntó a un paje dónde estaban las horas de la Virgen.
Ahora, a la vista de uno y otro ejemplo, ¿qué hombre particular osará excusarse diciendo que no puede tener un rato de oración, ya sea porque vive en el mundo, porque el lugar no le permite, porque su oficio no le da tiempo, o porque sus contratiempos no le dejan momento para nada? Desengañémonos: no es que no se pueda, sino que no se quiere. Y si no, pruébese a desearlo con ansia y verán cómo encuentran tiempo para cumplirlo, especialmente si aceptan que Dios considera oración también lo que uno hace, si se lo dedica y lo une con su presencia. No hay empleo ni lugar en el que no se pueda hacer. Si no, veamos la demostración. ¿Qué empleo o lugar más impropio que ver torneos en una plaza? Y allí oraba el emperador Teodosio. El Venerable Aguilar, Platero, se quedaba extático al ver alguna joya; Santa Teresa se arrobaba en la cocina con la sartén en la mano; el patriarca José oró en la cárcel; Job en el muladar; Inés en el público; el eunuco en el coche; los Macabeos en la guerra; Isaac en el campo; Dimas en la horca. Luego, con ningún empleo ni lugar es incompatible este ejercicio, pues se adapta a ver torneos, a vender y comprar, a cocinar, a estar preso, a yacer en un estercolero, a estar en público, a viajar en coche, a militar en la guerra, a pasear en el campo.
Incluso estando ajusticiado, no hay lugar incompatible para la oración. A quien quiere orar, le sirve de oratorio la plaza, la tienda, la cocina, la cárcel, el muladar, el público, el coche, la guerra, el paseo, y la horca. Por lo tanto, si no hay ocupación ni lugar en que no se pueda tener oración, nadie puede excusarse por el lugar o la ocupación.

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