Por qué no puedes decir que tú cuerpo se lo comerán los gusanos

 


Se dice que Juan Anaco murió, y los habitantes de la tierra veían de nuevo la gran luz en el monte. Fueron allí la cuarta noche que esto vieron y llegaron junto a la luz, y esperaron hasta la mañana. Al entrar en la celda, lo encontraron muerto, vestido con cilicio y su palio; tenía una cruz de plata en la mano y estaba escrito en una carta el día en que murió, y hallaron que había muerto hacía siete años. Lo llevaron a enterrar a la Iglesia con gran honor.

 Entró un viejo en una cueva y halló a un anacoreta hincado de rodillas, con las manos extendidas, y le dijo: "Dame tu bendición". Como no respondió, el viejo se acercó a él, lo abrazó y sintió que estaba muerto, y le llegó a los cabellos hasta el suelo. Al pasar adelante, llegó a una cueva de otro viejo y le dijo el anciano: "¿Entraste en esta cueva que queda atrás?" Respondió que sí. El viejo dijo: "Quince años hace que murió, y se halla así como el primer día, porque de esta manera honra Dios a los suyos".

El modo pues con que debemos ejercer esta virtud es, primero, honrar a los buenos que vemos; después, a los Santos, especialmente a Nuestra Señora, y al fin a Dios sobre todos. Y el honor que les daremos no sólo será exterior, sino que proceda de amor, devoción y estima por sus virtudes.

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