El monje Domingo Cortez ,se aferrada a su idea de que los vivos, con la capacidad de redimirse, eran quienes más necesitaban la ayuda divina. Esa noche, agotado por el debate, se sumergió en un sueño profundo.
En medio de la oscuridad de la noche, Domingo fue envuelto en una visión tan vívida que casi podía tocarla. Ante él apareció una figura espectral, una ánima que, con los ojos llenos de un dolor que trascendía la carne, arrastraba un ataúd pesado. La visión era aterradora, pero Domingo, aunque asustado, intentó mantener su convicción. Sin embargo, la ánima se acercó a él con una fuerza irresistible y, con movimientos lentos y firmes, comenzó a golpearlo con el ataúd. Cada golpe resonaba en su alma, haciéndolo sentir la desesperación y el sufrimiento de las almas atrapadas en el purgatorio, sin poder alcanzar el descanso eterno.
Domingo, impotente, sintió cómo su resistencia se desmoronaba. Los golpes, aunque no físicos, sacudían su espíritu. Con cada impacto, las palabras del otro fraile resonaban en su mente: "Las ánimas no pueden ayudarse a sí mismas, dependen de la misericordia de los vivos".
Finalmente, el ataúd se detuvo. La figura espectral, sin decir una palabra, miró a Domingo con una expresión que mezclaba agradecimiento y súplica. Domingo, conmovido hasta lo más profundo de su ser, entendió en ese momento la verdad que le había sido revelada. Las ánimas del purgatorio, aunque ya seguras de su salvación, sufrían un tormento que solo las oraciones y misas de los vivos podían aliviar.
Al despertar, Domingo se encontró bañado en sudor, con el corazón palpitante. Sin perder tiempo, se dirigió al altar y comenzó a rezar por las ánimas del purgatorio, pidiendo perdón por no haber comprendido antes su sufrimiento.
Desde ese día, dedicó gran parte de su vida a celebrar misas por aquellas almas, convencido de que, aunque los vivos puedan redimirse, las ánimas del purgatorio necesitan más urgentemente la misericordia de Dios a través de las oraciones de los fieles.
La visión había cambiado su perspectiva para siempre, y Domingo se convirtió en un ferviente defensor de las misas por las ánimas, transmitiendo su experiencia a otros frailes, quienes, impresionados por su relato, comenzaron también a dedicar más oraciones por aquellos que, habiendo dejado el mundo, aún necesitaban la ayuda divina para alcanzar la paz eterna.

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