San Juan Bosco,estaba celebrando la festividad del Patrocinio de San José, tercera dominica después de Pascua. Estando en la sacristía de la capilla existente junto a la iglesia en construcción del Sagrado Corazón, vio a Luis sacando agua de un pozo.
—¿Para quién sacas tanta agua? —le preguntó el Santo.
—Para mí y para mis padres.
—¿Y por qué en tanta cantidad?
—¿No comprendes? ¿No ves que se trata del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo? Cuanto más tesoros de gracia y de misericordia salen de Él, tanto más quedan.
—¿Y cómo es que te encuentras aquí?
—He venido a hacerle una visita y a decirle que soy feliz.
En aquella ocasión permaneció en Tolón del 5 al 14 de marzo y contó otras muchas cosas que no todas ellas fueron escritas. Entre otros detalles afirmó que Luis, en sus diversas apariciones, se le presentaba siempre vestido distintamente, y que interrogado por él sobre la causa de esta variedad, le contestó:
—Esto es solamente para satisfacción de su vista.
Conservaba siempre en el rostro los mismos rasgos que cuando vivía, pero sus mejillas estaban llenas y su expresión alegre; de su persona salían ciertos reflejos dorados y sus vestidos eran del color del lirio y de la rosa, y aún más espléndidos; su mirada era radiante y de una luminosidad que iba en aumento por momentos hasta deslumbrar al que se fijaba en ella. Refiriéndose a las apariciones durante la Misa, dijo que duraban apenas un minuto o minuto y medio, y que si se hubiesen prolongado un poquito más, habría caído al suelo al no poder soportar aquel contacto con el mundo sobrenatural.
En cuanto al valor de las apariciones, la Condesa, que estaba dotada de una esclarecida inteligencia, preguntó a San Juan Don Bosco sobre el particular; el cual, como ella escribe, se expresó en estos términos: «Reflexionando sobre estas apariciones y estudiando el carácter de las mismas, estoy convencido de que no se trata de un engaño o ilusión, sino de una auténtica realidad. Todo cuanto contemplo es claro y conforme con el espíritu de Dios. Luis está gozando sin duda alguna de las delicias del Paraíso. Respecto a la frecuencia de tales visiones, ignoro cuál sea el fin secreto que se propone la Providencia; creo que se me aparece para instruirme, enseñándome muchas cosas de ciencia y de teología para mí antes completamente desconocidas».
Volvamos a los hechos por el Santo narrados en aquella circunstancia.
Un día Luis le presentó una rosa, diciéndole:
—¿Quiere saber qué diferencia hay entre lo natural y sobrenatural? Mire esta rosa. Obsérvela ahora.
Inmediatamente la rosa se tornó tan esplendorosa que adquirió el brillo del diamante herido por los rayos del sol.
—Ahora, mire este monte —volvió a decirle.
Y he aquí que un monte, al principio de piedra y con grandes concavidades llenas de fango, de horrible aspecto, trocóse en una maravillosa montaña, apareciendo en lugar de los socavones llenos de fango, multitud de piedras preciosas.
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