la Bienaventurada Virgen María pertenece el título de Madre de Dios

 


De María, purísima Virgen, y por esto se la llama también Madre de Dios o divina Madre. Esta respuesta contiene tres proposiciones de fe católica. Primera, que el Hijo de Dios tomó de María la naturaleza humana. Segunda, que María, de la cual nació Cristo, fue siempre y es virgen, pura e intacta. Tercera, que a ella le corresponde con razón el nombre de Madre de Dios. 

Pero parece conveniente tratar en este lugar solamente del primero y tercer punto, pues el segundo va incluido en la pregunta que vendrá después. El Hijo de Dios tomó de María la naturaleza humana. En los primeros siglos hubo herejes que sostenían que Cristo no había tenido un cuerpo verdadero, sino solo aparente, a manera de los ángeles cuando aparecen y conversan con los hombres. 

Otros dijeron que Cristo, en verdad, tuvo verdadero cuerpo; pero negaban que fuese cuerpo humano, es decir, de la misma naturaleza y esencia que el nuestro, y en consecuencia defendían que Cristo no había tomado de María la naturaleza humana, es decir, su cuerpo y sangre, sino que lo había traído del cielo o se lo había procurado de diversos elementos. Según estos herejes, Jesús no sería verdadero Hijo de María ni verdadero hombre, y toda la doctrina de la Encarnación y Redención sería insubsistente y nula. En oposición a estos errores dice el Símbolo de San Atanasio: «Esta es la fe recta: que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre; es Dios de la substancia del Padre, engendrado antes de los siglos, y es hombre de la substancia de la Madre, nacido en el siglo o en el tiempo». 

el Concilio general de Calcedonia: «Todos enseñamos unánimes que nuestro Señor Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que consta de un alma racional y de cuerpo humano, de igual esencia con el Padre, según la Divinidad, de igual esencia con nosotros según la humanidad, en todas las cosas semejante a nosotros excepto en el pecado». 

Es decir, que así como al principio del mundo la omnipotencia de Dios formó de la costilla de Adán el cuerpo de nuestra madre Eva, así la misma omnipotencia del Espíritu Santo formó de la más pura carne y sangre de María el cuerpo humano de Cristo. Así deben entenderse las palabras del Símbolo apostólico: «Nacido de María virgen». 

Y de esta manera nuestro divino Salvador, según su humanidad, es carne y sangre como nosotros y de la misma naturaleza que nosotros. El que es Hijo del Altísimo, a nosotros, que somos hijos de la tierra, nos dirige aquellas palabras, llenas de consolación, que el Rey David dijo en otro tiempo a los ancianos de Judá: «Sois mis hermanos; sois mis huesos y mi carne» .

 La santa Iglesia, agradecida a este inestimable beneficio de la Encarnación, celebra todos los años el día en que fue anunciado a la Beatísima Virgen y se cumplió en ella este adorable misterio, y se llama la fiesta de la Anunciación o de la Encarnación. A la Bienaventurada Virgen María pertenece el título de Madre de Dios. Esto se manifiesta ya claramente por las palabras del ángel : «Lo santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios»; y también por las palabras del Símbolo: «Creo en Jesucristo, su único Hijo, que fue concebido por el Espíritu Santo, y nació de Santa María Virgen». Pregunta San Agustín: «¿Cómo pudiéramos, en conformidad con nuestra regla de fe católica, confesar que creemos en el Hijo de Dios, que nació de María Virgen, si no hubiera nacido de Esta Hijo de Dios, sino solamente hijo del hombre? No hay cristiano que niegue que la Virgen parió a un hijo del hombre; mas tampoco negará que, pues por la encarnación del Verbo eterno Dios se hizo hombre, así este hombre es Dios; por consiguiente, que María vino a ser Madre de Dios». Así lo creyó siempre, lo enseñó y confesó solemnemente la Iglesia. Y por esto, cuando en el siglo V, Nestorio, Patriarca de Constantinopla, se atrevió a enseñar públicamente que María no se debía llamar Madre de Dios, sino solamente Madre de Cristo, todo el pueblo cristiano se horrorizó por tan inaudita novedad. Se reunieron al instante en Éfeso 200 Obispos y pronunciaron anatema contra todo el que no confesase que la Santísima Virgen es Madre de Dios. 

Y no mucho después el V Concilio general dijo: «Anatema a todo el que no confesase que María, en el propio y verdadero sentido, es Madre de Dios». Mas enseñando con la Iglesia católica que la Beatísima Virgen María es, en el propio y verdadero sentido, Madre de Dios, no debemos imaginarnos que María haya dado el ser a la divinidad de Cristo, pues se entiende que Jesucristo, en cuanto Dios, lo es desde toda la eternidad, y no principió a ser en el tiempo. 

Pero aunque el Verbo Eterno solo tomó de María la humanidad, esto es, un verdadero cuerpo humano, sin embargo, merece aquélla perfectamente el título de Madre de Dios, porque aquel a quien ella dio al mundo no es otro sino el Hijo de Dios, y a Él dio todo lo que una madre suele dar a un hijo, recibiendo por esto el nombre de Madre. Así decimos que Santa Isabel fue madre de San Juan Bautista, aunque éste no recibió de ella sino solo el cuerpo y no el alma. A este modo decimos con toda razón que María debe ser llamada Madre de Dios porque, según la expresión del Concilio de Éfeso, de ella nació, según la carne, el Verbo de Dios hecho hombre. No otro, sino el mismo divino Hijo, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, tomó carne de María en el tiempo y nació de ella. El Hijo de Dios, en el propio y verdadero sentido, se hizo hombre, de María, es decir, tomando de ella su carne y sangre. Por lo cual confesamos, con el Papa Juan  «que María, en el propio y verdadero sentido, es Madre de Dios, hecho carne y nacido de ella».

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