El dragón infernal, aunque tantas veces se veía vencido por Antonio, no desistía de perseguirle. Al contrario, con mayor indignación y horrible aborrecimiento, procuraba hacerle andar por el camino deleznable y peligroso de la juventud.
Pero él, considerando las terribles penas que están dedicadas para los malos, refrenaba los sentidos y mortificaba su carne con ayunos, vigilias, disciplinas y otras asperezas. Con estas armas peleó y venció en las primeras auroras de su vivir al enemigo común, el cual, poco escarmentado aunque corrido, conociendo cuán válidas habían sido hasta allí sus asechanzas y lo inútil de sus fuerzas, varió en el modo de perseguirle.
Tomando la figura de un niño negro, se postró a sus pies y, como llorando, daba tristes y profundos suspiros, diciendo: «A muchos grandes hombres he engañado; pero a tu virtud y santidad confieso que me hallo vencido». Quiso el maligno desvanecer por vanagloria al que no había podido ablandar con deleites ni espantar con amenazas.
Mas Antonio, que no estaba fundado sobre arena, sino sobre Dios, como sobre viva y fuerte peña, conoció el engaño y sutileza del demonio, y así no hizo caso de este golpe que le tiró. Antes, le preguntó: «¿Quién eres?». Y él respondió: «Yo soy Asmodeo, padre de la lujuria, incitador de la impureza, amigo de las deshonestidades y el que atiza el fuego de la concupiscencia e inflama los corazones a toda torpeza y carnalidad. Por esto me llaman espíritu de fornicación. A muchos he hecho caer, que teniendo propósito de vivir en continencia y castidad, no la guardaron por mi persuasión, y habiendo empezado bien, acabaron mal. Después de innumerables triunfos que tuvieron sobre su carne, se sujetaron a ella.
Yo soy el que procuré la caída de tu primer padre, Adán, que, por complacer a su esposa, no observó los mandamientos de Dios, por lo cual fue desterrado del Paraíso. Yo hice que Caín matase a su hermano Abel, y que muchos varones fueran engañados por afición a mujeres, como Sansón, David y Salomón. Soy el que pone odio y discordias entre los hermanos y amigos. Levanto riñas, disensiones y guerras, y hago parecer a los hombres muy dificultoso el camino del Cielo, y muy fácil y deleitable el de la condenación eterna. Soy aquel que muchas veces te ha tentado para que volvieras al mundo, brindándote con los deleites sensuales, pero siempre me has reprochado y vencido».
Se enterneció Antonio al oír esto, y con profunda humildad, considerando su flaqueza, dio gracias a Dios por el favor que le daba contra tan poderoso enemigo, a quien respondió: «Por cierto que eres digno de perpetuo desprecio, pues confiesas ser vencido por un flaco joven.
Mas no ignoro el malicioso engaño, como tu figura de muchacho y oscuridad lo certifica. Ya, con el divino favor, no temeré aunque vuelvas a pelear contra mí con todas tus fuerzas, porque el Señor que hasta ahora me ha asistido y defendido, de aquí en adelante me defenderá». Y diciendo esto, levantó los ojos al cielo y, con voz de ángel, entonó dulces himnos y cánticos, a cuya suave melodía desapareció con vil fuga el cual está destinado a eterna pena.
Pero ni este triunfo le dio seguridad a Antonio, ni el haber quebrantado una vez y otra las fuerzas de su contrario lo desalentó. Porque, como león rugiente, buscaba una puerta para su entrada, y el santo, baluarte para su defensa, enseñado por la Escritura divina o por Dios mismo, consideraba que el rendirse del demonio son estratagemas suyas. Porque deja de perseguir a un alma por algunos días, y cuando ve el descuido en los ejercicios de virtud y la falta de oración, entonces acomete como perro rabioso con nuevas fuerzas y engaños, por si puede, por la tibieza y descuido, abrir brecha en el castillo del alma y hacerla su prisionera, haciéndola perder la gracia de Dios. Por esta razón dice San Antonio que no hay perfecta victoria ni seguridad en esta vida; y así, aunque veía que el espíritu maligno se le daba por vencido, no minoró su fervor ni desmayaba en sus altos ejercicios.

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