"El penitente Antonio, viviendo en la forma referida, partió de su ermita, y se fue a morar más lejos de la ciudad, encargando a uno de sus parientes, de quien hacía más confianza, que le trajese pan algunos días por él señalados. Esto lo hacía el pariente con mucha voluntad y cuidado. Allá escogió por estrecha celda o angosta choza un sepulcro de muertos, empleando el tiempo que le quedaba de sus santos ejercicios en hacer y entretejer de hojas.
"Ojas de palmas, algunos cestos y canastros que daba a quien le traía la comida para que los vendiese en la ciudad, y con el dinero comprase lo necesario para el sustento de su vida. Venía a él una sola vez por semana, y si le traía algo más de dinero de lo que costaba lo que compraba, lo repartía todo entre los pobres por amor de Dios. San Antonio, cuando fue a habitar en ese sepulcro, tenía cerca de 27 años de edad y estuvo allí por espacio de 20 años.
Cuando tenía 35 años, el demonio, padre del vicio y del pecado, y enemigo de toda virtud, viendo que muchos a su ejemplo habitaban en los desiertos y soledades, un día que su pariente le había visitado, se le apareció en forma de un noble caballero acompañado de muchos criados. El cual le dijo: 'Oh tú, hombre que habitas en medio de los muertos, dime quién eres'. A lo que Antonio respondió: 'Yo soy frágil y caduco siervo de Jesucristo'. Y el demonio, muy irritado, le dijo: '¡Ah, desdichado! ¿Cómo te has atrevido a nombrar el nombre de ese malhechor y hechicero?
Entonces El demonio y todos sus compañeros descargaron tantos golpes sobre el santo mancebo que, perdiendo la palabra, la vista, el oído y los demás sentidos, lo dejaron como muerto en el suelo. Lo atormentaron de tal manera y lo dejaron tan maltratado que sus heridas y llagas excedían a todo tormento. Llegó en esta ocasión el que le traía la comida, y al verlo tendido en el suelo, como medio muerto, lo tomó y lo cargó sobre sus hombros, llevándolo así a cuestas a su casa, donde acudieron todos sus parientes y vecinos, llorándolo como a un difunto.
Y cuando fue la hora de la medianoche, se entregaron al sueño todos los que lo asistían, excepto aquel que lo había traído a su casa. Entonces, Antonio, recuperando algo de su espíritu, dio un gran suspiro, abrió los ojos y viendo que todos dormían, menos aquel que lo había llevado a cuestas, le dijo: 'Amigo, te ruego que me devuelvas de donde me has sacado'. Lo que hizo puntualmente, obedeciendo a sus ruegos. Y cuando el dicho pariente hubo vuelto a su casa y Antonio quedó solo, cayó tendido en el suelo, porque sus dolores , de las heridas no le permitía estar en pie, y así, tendido, hizo su oración a Dios. La cual, una vez finalizada, comenzó a decir en alta voz: '¡Oh enemigos condenados y perversos! Antonio ya está aquí; no imaginéis que me hubiese ido por temor a vuestros tormentos, porque aunque me atormentéis más que a un mártir, no seréis suficientes para apartarme un punto del amor de mi Dios, el Señor Jesucristo. Y aunque todo el mundo estuviera contra mí, no sería suficiente para hacerme temer'.

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