El demonio y descargo tantos golpes sobre el santo mancebo, qué perdio la palabra

San Antonio Abad, también conocido como San Antonio el Grande, San Antonio del Desierto o San Antonio de Egipto, fue un monje cristiano del siglo III y IV, considerado uno de los fundadores del monaquismo cristiano. Nació alrededor del año 251 en Coma, un pueblo en Egipto, y falleció el 17 de enero del 356. Su vida y enseñanzas han influido significativamente en la tradición monástica cristiana, especialmente en el cristianismo oriental.

"El penitente Antonio, viviendo en la forma referida, partió de su ermita, y se fue a morar más lejos de la ciudad, encargando a uno de sus parientes, de quien hacía más confianza, que le trajese pan algunos días por él señalados. Esto lo hacía el pariente con mucha voluntad y cuidado. Allá escogió por estrecha celda o angosta choza un sepulcro de muertos, empleando el tiempo que le quedaba de sus santos ejercicios en hacer y entretejer de hojas.

"Ojas de palmas, algunos cestos y canastros que daba a quien le traía la comida para que los vendiese en la ciudad, y con el dinero comprase lo necesario para el sustento de su vida. Venía a él una sola vez por semana, y si le traía algo más de dinero de lo que costaba lo que compraba, lo repartía todo entre los pobres por amor de Dios. San Antonio, cuando fue a habitar en ese sepulcro, tenía cerca de 27 años de edad y estuvo allí por espacio de 20 años.

Cuando tenía 35 años, el demonio, padre del vicio y del pecado, y enemigo de toda virtud, viendo que muchos a su ejemplo habitaban en los desiertos y soledades, un día que su pariente le había visitado, se le apareció en forma de un noble caballero acompañado de muchos criados. El cual le dijo: 'Oh tú, hombre que habitas en medio de los muertos, dime quién eres'. A lo que Antonio respondió: 'Yo soy frágil y caduco siervo de Jesucristo'. Y el demonio, muy irritado, le dijo: '¡Ah, desdichado! ¿Cómo te has atrevido a nombrar el nombre de ese malhechor y hechicero?

 Entonces El demonio y todos sus compañeros descargaron tantos golpes sobre el santo mancebo que, perdiendo la palabra, la vista, el oído y los demás sentidos, lo dejaron como muerto en el suelo. Lo atormentaron de tal manera y lo dejaron tan maltratado que sus heridas y llagas excedían a todo tormento. Llegó en esta ocasión el que le traía la comida, y al verlo tendido en el suelo, como medio muerto, lo tomó y lo cargó sobre sus hombros, llevándolo así a cuestas a su casa, donde acudieron todos sus parientes y vecinos, llorándolo como a un difunto.

Y cuando fue la hora de la medianoche, se entregaron al sueño todos los que lo asistían, excepto aquel que lo había traído a su casa. Entonces, Antonio, recuperando algo de su espíritu, dio un gran suspiro, abrió los ojos y viendo que todos dormían, menos aquel que lo había llevado a cuestas, le dijo: 'Amigo, te ruego que me devuelvas de donde me has sacado'. Lo que hizo puntualmente, obedeciendo a sus ruegos. Y cuando el dicho pariente hubo vuelto a su casa y Antonio quedó solo, cayó tendido en el suelo, porque sus dolores , de las heridas no le permitía estar en pie, y así, tendido, hizo su oración a Dios. La cual, una vez finalizada, comenzó a decir en alta voz: '¡Oh enemigos condenados y perversos! Antonio ya está aquí; no imaginéis que me hubiese ido por temor a vuestros tormentos, porque aunque me atormentéis más que a un mártir, no seréis suficientes para apartarme un punto del amor de mi Dios, el Señor Jesucristo. Y aunque todo el mundo estuviera contra mí, no sería suficiente para hacerme temer'.

El demonio se maravilló de cómo había sido tan atrevido de volver a aquel lugar, vistos los tormentos que había padecido. Y así, llamando a sus malditos perros, les dijo: '¿No veis cómo ese loco de ermitaño se burla de nosotros y nos irrita, porque no ha sido vencido por el espíritu de fornicación, ni por la pelea, ni por los tormentos que le hemos hecho? Preparad pues vuestras armas, que es menester que experimente de nosotros mayores rigores que antes, y que sepa a qué gente provoca y a quién pretende burlar, que fue abierta por todas partes, y entró una innumerable multitud de demonios, los cuales, estando en diversas formas de bestias y animales fieros, como leones, toros, serpientes, lagartos, dragones, áspides, lobos, gatos, escorpiones, y en otras varias y horribles figuras como leopardos, tigres y osos, gritaban cada uno según su naturaleza. El león, rugiendo, quería despedazarlo entre sus garras; el toro, bramando, amenazaba deshacerlo con sus puntas; el dragón y la serpiente, con sus silbos, pretendían tragarlo; y en fin, todos, según su naturaleza, pretendían quitarle la vida. San Antonio, aunque cuanto al cuerpo se hallaba muy debilitado y flaco, en cuanto al alma se mantenía muy constante y permanente en el amor de Dios, y así, burlándose de los demonios, decía: 'Si vosotros tenéis poder sobre mí, uno solo bastará para deshacerme; si sois poderosos, si Dios os ha dado algún poder sobre mí, yo estoy presto a dejarme devorar. Pero si Él no os lo ha dado, ¿por qué trabajáis en vano? ¿No sabéis que la señal de la Cruz y el escudo de la Fe son muy estimables y poderosas armas para defendernos de vosotros? 

Los demonios, oyendo estas palabras, crujían los dientes de despecho y de vergüenza al verse burlados por el Santo, y de que sus fuerzas no tenían poder contra él, perdiendo así todo el tiempo y el esfuerzo. Decía entonces el Santo: 'Mi Dios, os rindo infinitas gracias y os doy mil alabanzas por haberos dignado, por vuestra bondad infinita, a fortalecerme con vuestra gracia para resistir a mis enemigos

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