El demonio que hizo que cain matará su hermano

Los demonios, enemigos de los que desean servir a Dios y salvar sus almas, viendo y considerando que, por medio de San Antonio, muchos renunciaban al mundo y venían a habitar los desiertos, en grande perjuicio suyo, y porque si no ponían remedio a ese daño, siempre andaría en aumento el número de religiosos y ermitaños, en gran detrimento del infierno; por tanto, resolvieron engañar, si podían, a San Antonio bajo sombra de devoción y apariencia de santidad.**

Así, un día que el Santo estaba fuera de la sala grande del castillo, se le apareció un demonio, lleno de falsedad y malicia, en forma de un Santo Padre Ermitaño muy anciano, que parecía hombre de santa vida, y de gran respeto y reverencia, lleno de madurez. Cuando San Antonio lo reconoció y vio que lo miraba, el demonio hizo como si se apartara de él, como hombre acostumbrado a vivir solitariamente y retirado del consorcio de los demás.

Cuando San Antonio vio a este hombre, que le parecía de gran honestidad y recato, de santa vida y tan solitario, que recataba el ser visto por otros, se admiró mucho, y dijo en sí mismo: "Puede ser que este hombre haya venido acá para servir a Dios, y por eso los demonios me atormentan y me dicen que soy causa de hacer los desiertos habitables, que jamás lo habían sido". 

Pasando esto por su imaginación, el demonio se entró en una ermita que había hecho a propósito para engañarlo. Al pasar San Antonio por ella, se maravilló aún más y dijo: "¿Tan largo tiempo he habitado en este desierto y tan a menudo he pasado por aquí, y jamás he visto esta ermita ni a quien dentro la habita?" Quedóse en esta suspensión y no entró en la ermita tan pronto como el demonio hubiera querido para burlarse. Y así, Antonio, sin moverse ni alterarse, levantó las manos al cielo y elevó su oración a Dios, diciendo: "Mi Dios y Señor Jesucristo, que conocéis mi ánimo y mi deseo, os ruego por vuestra bondad y misericordia que me hagáis conocer si este hombre es humano y uno de vuestros siervos". 

Pero apenas acabó el Santo de hacer su oración, cuando el demonio se puso a gritar: "¡Oh, Antonio, quítate de aquí, no te acerques a mí; porque tú eres la causa de que yo sea terriblemente atormentado! 

Y si no sabes quién soy, yo te lo diré. Debes saber que yo soy aquel que procuró la caída de tu primer padre, Adán, que quiso más complacer y dar gusto a su mujer que observar los Mandamientos de Dios, por lo que fue echado del Paraíso. 

Yo soy aquel que hizo que Caín matara a su hermano Abel. Yo soy aquel que ha sido causa de que muchos hayan sido engañados por mujeres, como David, que cometió adulterio y homicidio, y su hijo Salomón, que idolatró a petición de mujeres extrañas. Yo soy aquel que siembra odio, discordias entre hermanos y amigos, levanto riñas y disensiones, pendencias y guerras sangrientas. Yo hago arder a los hombres en avaricia, en torpeza y lujuria. Yo soy el que es enemigo de todo bien y el que ama todo mal, y a quienes lo apetecen. Yo soy aquel que hace parecer a los hombres muy dificultoso y escabroso el camino del cielo y de su salvación, y muy fácil y deleitable el de su perdición y del infierno. Finalmente, yo soy aquel que muchas veces te ha tentado, y siempre he sido resistido y vencido por ti".

Cuando el demonio hubo así manifestado y confesado a San Antonio quién era, comenzó a gritar en altas voces: "¡Oh, Antonio, tú que no eres más que polvo y ceniza, me has vencido! ¡Apártate de mí, que no puedo sufrir tu presencia!" Y al decir estas palabras, salió de la ermita con el mismo hábito de religioso con que se había presentado, pero como un hombre rabioso y enfurecido, dando voces y alaridos contra el Santo. Volviéndose a él, le dio muy crueles golpes, hasta herirlo con una lanza. Entonces se le aparecieron con él una multitud de demonios con espadas y cuchillos y otras diferentes armas, con las que herían al Santo y no cesaron de maltratarlo hasta la mañana siguiente, al salir el sol. Después lo tomaron y lo arrojaron desde un alto monte, quedando el risco y las piedras cubiertas de su sangre. Gritaban en esta ocasión los demonios diciendo: "¡Oh, mal hombre, vete fuera de nuestra tierra y de nuestra heredad! Si no, te sacaremos el alma del cuerpo". 


San Antonio recurrió al santo hábito que Jesucristo le había dado, y decía a sus enemigos: "Vosotros tenéis mucho que hacer, porque nadie me quitará el santo hábito que mi Dios me ha dado, y sé muy bien que él me dará victoria contra vosotros". 


Cuando el Santo hubo dicho estas palabras, los demonios cesaron de atormentarlo, y aquel que estaba vestido y transformado en hábito de ermitaño le dio con la mano una paliza en el hombro, sonriéndose y mostrando su confianza, y dijo: "¡Oh, desdichado y miserable, lleno de malignidad!" Y San Antonio, volviéndose a Dios, dijo: "Mi Dios, ayudadme y dadme fuerzas y poder para que yo pueda sufrir con paciencia las baterías y tormentos de estos enemigos. Bien sé que no he hecho cosa que sea digna de ser presentada delante de vuestro acatamiento; pero yo me confío siempre en vuestra grande bondad e infinita misericordia, os ruego me deis gracia para que yo pueda hacer algo que sea agradable a vuestros Divinos ojos". 

Entonces el demonio no se pudo detener más en la presencia del Santo. Antes de huir a toda prisa, gritaba diciendo a los demás sus compañeros: "¡Huyamos, porque han disminuido nuestras fuerzas y se ha enflaquecido nuestro poder!" Entonces desapareció el demonio en forma de una gran llama de fuego, todo confuso y corrido, y San Antonio, por la virtud del Señor, fue libre y sano de todas las heridas y llagas que con los tormentos le habían hecho los demonios en su cuerpo, quedando más fervoroso que antes en el servicio y amor de Dios.



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