la extraordinaria vida de la princcesa Umbelina

  

vivía la noble Umbelina en su primera infancia, sin pensamientos de cambiar el mundo por Dios, que el Señor había de hacer en ella; cuando sus hermanos, guiados por nuestro Padre San Bernardo, se vinieron a despedir de ella y de ese mundo, con propósito de ir a sepultarse en los montes de Císter, donde por el ejercicio continuo de penitencia, alcanzasen el premio de bienaventuranza. 

No se puede encarecer el sentimiento de la hermana, cuando vio en la partida, al Padre y hermanos cubiertos de lágrimas, y mil esperanzas de honra, cortadas con aquella mudanza. Abrazábalos a todos y lloraba con cada uno de ellos, y cuando vio a nuestro Padre San Bernardo a quien amaba más cordialmente que a los otros, con la voz impedida de lágrimas y suspiros le dijo: "Mal imaginé yo, querido hermano, que se había de acabar con tan lastimosa partida un amor, que tanto os merecía; mas ya veo que me engañé en pensar que me le teníais igual, pues acabáis con vos dejarme ausente de vos y porque no pueda arguiros de ingrato, con las muestras de lo que os quiero, voy a un lugar, a donde tengo libertad de lloraros, pero no de seguiros: y de tal modo hacéis la jornada que para que los ojos no tengan con que alegrar el corazón, me lleváis todos mis hermanos dejándome como un árbol en desierto expuesta a los contrastes del mundo. Mas así es bien y así lo quiero, que llevándome vos el mano hay para que quede recreación al cuerpo.

 Ni quiero oír de vos que me dejáis la vuestra conmigo, que mal dejara lo más, quien no me conceda lo menos. Partíos hermano mío ya que la partida es forzosa y en pago de los excesos de amor que me debéis tened en esos desiertos memoria de quien dejáis en un poblado más yermo del que vais a buscar, que la falta de vuestra vista hará que todo me sea tan solitario como lo queda esta casa.

Dichas estas y otras palabras que el dolor la hacía sacar del pecho, se despidió de los hermanos quedando en continua tristeza, porque fuera de la mucha que ella sentía, la de el Padre que solo en ella tenía su consuelo, la lastimaba sobre todo: y si algún alivio tenían uno y otro, era en Ninardo su hermano, niño de poca edad, con la vista del cual no sentían la falta de los otros: aunque muchas veces la propia les servía, de refrescar en su memoria el amor de nuestro Padre San Bernardo, y renovar la amargura de su dolor.

Algunos años después viendo Tezelino, que para la herencia de sus tierras no le había quedado otro ninguno más de esta hija, determinó casarla, conforme a la grandeza de su estado, y a lo que se debía a las gracias y perfecciones que resplandecían en ella: y comunicando este negocio con el Duque de Borgoña, tomó el mismo Duque a su cargo hacer el casamiento de Umbelina con un sobrino suyo, hermano de la Duquesa de Lorena. Celebraron las bodas con la solemnidad debida a tan grandes señores, y Umbelina en el fausto de su tratamiento y aparato de su casa, tenía más vanidad de lo que antes acostumbraba: porque teniendo delante de los ojos, el nuevo estado en que ya determinaba pasar la vida, y viendo que sus hermanos la habían hecho señora de toda la casa de su Padre, quiso suplir en sí todo lo que ellos faltaban al mundo. se Juntába a esto el gran amor que su marido le tenía, a quien todo parecía poco, para gastar en galas y entretenimientos suyos.

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