Aquella amistad con la que amamos a Dios y deseamos su gloria, por la perfección de su Divina Naturaleza, es lo que los teólogos llaman Caridad. Tenemos el precepto de amar a Dios, y Él nos manda que le amemos sobre todas las cosas, porque Dios es el fin último, y debe ser más amado que todos los medios que se ordenan a Él.
De modo que a ninguna criatura visible ni espiritual debemos querer tanto como a Dios, y debemos desear que se pierdan todas antes que ofender a la Suma Bondad del Creador.
Cuando entra el uso de razón, el precepto de la Caridad nos insta a amar a Dios y al prójimo. Este precepto también obliga en los mismos casos que la Fe y la Esperanza, es decir, cuando no se pueden vencer las graves tentaciones sin este acto; cuando el católico está obligado a confesarse y no tiene acceso a un confesor, debe acudir al acto de contrición que incluye la Caridad; y en el peligro de caer en el aborrecimiento de Dios. Finalmente, en el artículo de la muerte, porque no es prudente despreciar las seguridades. Aunque algunos dicen que no se peca gravemente, lo más seguro es hacer la justificación más cierta.
En este precepto, como en los demás, también hay pecado de pereza u omisión, cuando no cumplimos con este acto cuando nos obliga, o cuando es evidente que amamos más apreciativamente a otra criatura que a Dios. El pecado más grave de los mortales es aborrecer a Dios con odio de enemistad, deseando que carezca de su Divinidad, Sabiduría, Poder u otro cualquiera de sus infinitos atributos.
El orden de la Caridad es el siguiente: primeramente, a Dios sobre todas las cosas; luego, la Caridad con uno mismo; y finalmente, a los demás racionales. Peca gravemente quien trata mal y desprecia su salud y los bienes espirituales, con alto perjuicio de su cuerpo y alma.
En las necesidades espirituales, los párrocos están obligados, con peligro de la vida, a asistir al prójimo, así como a bautizar y confesar, cuando se presume que de no hacerlo podría morir en pecado mortal. Al prójimo se le ha de amar según sus merecimientos morales, no por la riqueza, habilidad u otros bienes temporales. A los varones justos se les debe amar con mayor aprecio que a los demás. Al padre se le debe amar más que al hijo, y al hijo más que al sobrino, correspondiendo con las leyes de la naturaleza y del agradecimiento.
A los enemigos debemos amarlos y tenemos la obligación de ejercer con ellos todas las señales y beneficios comunes de amor. Incluso cuando tememos el precipicio del escándalo, tenemos la obligación de no negarles beneficios, cortesías y atenciones especiales. Con particular acto de amor no estamos obligados a amar a los enemigos religiosamente, perdonándoles las injurias y evitando a ellos, como perturbadores del sosiego y de la quietud.
Al que pide perdón estamos obligados a perdonarlo interiormente y a mostrar señales exteriores de cariño. A ninguno debemos tratar mal de obra, palabra ni pensamiento, esto nos persuade la naturaleza; y no debemos atender a los moralistas políticos que dicen que el amo al criado, el rico al pobre y el noble al villano, pueden corregir esto.

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