¡Ay de mí, miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”



Los santos vieron tan abrasados deseos de gozar de Dios, aún estando en carne mortal, anhelados de lo inefable, que dejando a aquellos patriarcas del Antiguo Testamento y a los que significó el Real Profeta en muchos de sus Salmos, San Pablo se lamentaba por sí mismo mientras estaba detenido en las prisiones mortales de este cuerpo. 

En Romanos 7:24, él dice: “¡Ay de mí, miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Considerándose un hombre miserable por vivir con una muerte tan penosa. Y en el capítulo 8 de la misma Epístola: “Sabemos que toda la creación gime y está con dolores de parto hasta ahora; y no solo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo.” En otras Epístolas, expresa el mismo dolor, comparándolo con los dolores de parto, que le obligaban a desear verse liberado de las cadenas de este cuerpo frágil, aunque estuviera pasando por las agonías de la muerte, a fin de poder volar como águila generosa a las regiones de vida.Y entre los muchos ejemplos que nos dejaron los Santos de la Ley de Gracia, es muy conmovedor lo que le sucedió a aquella mujer fuerte, el Querubín, por la alta ciencia que tuvo de las cosas divinas y el incendio de amor que abrasaba su virginal pecho: Santa Teresa de Jesús. Ella, cada vez que oía dar las horas del reloj, se llenaba de júbilo, al considerar que tenía ya menos de estar frente a su Esposo y llegar a sus abrazos indisolubles en la patria celestial. Llegaban a tal extremo estas impaciencias sagradas que la enajenaban de sí misma, según confiesa en algunas partes de su vida, y la ponían al borde de perderla, como ocurrió efectivamente, pues sus historiadores afirman que murió no tanto de enfermedad, sino de estas ansias amorosas de unirse a su Esposo, similar a las que acabaron con la vida de la Reina de los Ángeles, cuya gloria amplificó tanto en la tierra.

Raymond Lulio, varón doctísimo y de espíritu muy elevado, solía ir a los campos a desahogar el corazón, llenando el aire de clamores y suspiros con aquel verso de David: “¡Ay de mí, porque mi morada se ha prolongado!” ¡Ay de mí miserable, cuánto se prolonga mi destierro! Y el glorioso Patriarca San Ignacio de Loyola solía salir al jardín a mirar el cielo y, contemplando su hermosura, que era la región de vida en la que había de habitar eternamente, exclamaba: “¡Ay, qué horrible es la tierra, cuando contemplo estos cielos!” Y de Godofredo Conde de Camperber, pariente cercano de Godofredo San Enrique Emperador, se refiere que, habiendo tomado el hábito de San Norberto en la esclarecida Religión Premostratense, desahogaba sus ansias de ver a Dios en la gloria, postrándose muy a menudo en la tierra, componiendo su cuerpo como de difunto, y llamaba a la muerte diciendo: “¡Oh, si vinieses a librarme de la gravedad de este cuerpo!” Y a Dios: “¡Oh Señor, si me hallase dispuesto, que me llevases luego a estos Tabernáculos Tuyos!”


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