Alegrarse han los santos en la gloria"


 refiere Surio en el tomo 3, en la vida de San Dunstan, arzobispo, que solía tañer una arpa para recrearse, cantando salmos, como hacía David. Y como una dueña le rogase que le hiciese un oratorio pintado (que lo sabía hacer), tenía su arpa colgada de un clavo, y estando pintando el oratorio, sonó la arpa, sin que nadie la tocase, y fue oída una celestial voz que cantaba el verso, que se dice de los mártires: "Alegrarse han los santos en la gloria". Y como todos se admirasen, Dunstan entendió a Dios, y lo que le decía, que había de ser mártir, y así la música le fue de grande consuelo y profecía.

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