el pecado hace nuestro cuerpo prisionero del infierno



 Hieremias Drexell, conocido como Xellio, dice que el cazador debe ir al campo con los ojos cubiertos con una venda. Mientras los tenga puestos, aunque oiga el vuelo de cualquier ave que pase volando, no se conmoverá ni se inquietará. 

Pero si el cazador tiene los ojos vendados y alguna ave vuela por el aire, no podrá detenerlo. Si intenta evitar que se lance sobre la caza, romperá la cuerda a la que está atado o se herirá a sí mismo, ya sea en los pies o en el brazo de quien lo detiene.

De manera similar, las almas, cuando están como atadas y cautivas en los cuerpos, tienen los ojos vendados y cubiertos de las cosas terrenas.

 Así, no se mueven eficazmente hacia los deseos divinos. Sin embargo, al liberarse de estas prisiones, se les abren los ojos para conocer las perfecciones de Dios y las excelencias de la patria celestial.

 Así, se sienten tan abrasadas por el anhelo de poseerle, que para llegar a Él rompen todos los obstáculos que se les presentan. Como ven que el único obstáculo es el de sus culpas, y que deben pagarlas hasta el último cuadrante, y no pueden liberarse de ellas ni apartarlas de sí mismos, su pena es intolerable.

No son menos vivos y apropiados los símiles con los que Tertuliano compara nuestras almas mientras viven en las prisiones de los cuerpos. Dice que son como un cochero muy diestro que guía unos caballos desbocados que no se detendrán al freno, como un soldado que echa mano a la espada y le detienen el brazo, o como un correo muy ligero que quiere comenzar su carrera y se halla con grillos en los pies, o como un ave velocísima que quiere elevar el vuelo y se encuentra atrapada por la liga que le puso el cazador. 

Todo esto lo hacen los cuerpos para impedir los vuelos nobles del espíritu, pero al liberarse de estas prisiones y ataduras, no hay cochero que gobierne su carroza con más velocidad, ni soldado que descargue el golpe de la espada con más valor, ni correo ligero que inicie su carrera con más rapidez, ni ave que se remonte con más agilidad que el alma liberada de las cadenas del cuerpo, que se lanza hacia su último fin con gran determinación.

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