Cómo hemos de buscar a Dios




 Sea, y procura alcanzar con buenas obras, pues todo lo de acá es vano, breve y transitorio, y no sirve sino de carga y aflicción a nuestra ánima, y de estorbo cuando se ama demasiado para alcanzar la felicidad perpetua.

Buscad a Dios y vivirá vuestra ánima, dice el Salmista. Ninguna cosa es mejor, ni más dichosa para nuestra ánima. El que busca otra cosa, no tendrá nada al final. Si quieres en tu camino llevar buena compañía, busca a Jesucristo con los pastores en el pesebre, o con los Reyes en los brazos de su madre, o con Simeón y Ana en el Templo, o con María Magdalena en el sepulcro, o con los Apóstoles en el cenáculo para recibir en él el Espíritu Santo con gozo. Bienaventurado el que en estos santos lugares devotamente lo busca, no con el cuerpo, sino con espíritu y verdad. Bienaventurado el que en todo tiempo y lugar busca a Jesucristo de lo íntimo de su corazón, y con grandes deseos suspira por su vista y presencia, y se prepara cada día. Bienaventurado el que sigue a Cristo en su vida, cruz y pasión, porque al final de su vida estará con Cristo, y no temerá, como dice el Salmista, oír mal. 

El amor de Cristo desprecia el mundo, y lanza muy lejos de sí todo lo impuro y vano. Muchos bienes hallarás aquí, que alteran y no hartan; por tanto, busca un solo bien, y ese te basta. Busquen otros riquezas, honras, deleites y vanidades; pero a ti te baste llegarte a Dios, pues esto es lo bueno. Es Médico a los enfermos, manjar a los hambrientos, alivio a los cansados, y alegría para los desconsolados y tristes. Muchos buscan sus propios intereses y consolaciones mundanas, y muy pocos buscan a Cristo. Los Fariseos, con ser malos, enviaron a preguntar a San Juan si era Cristo. Si aquellos, con ser malos, tanto hicieron por buscar a Dios, ¿por qué no trabajas tú por buscarle? Tan pocos hay que le busquen, que llorando esto dijo el Santo Rey David en el Salmo: "No hay quien busque a Dios, no le hay, ni uno". 

Si perdiste a Dios, has de buscarle andando el camino al revés. Perdieron la Virgen nuestra Señora y su santo Esposo José al Salvador, cuando siendo de doce años se quedó en el Templo en el día de la fiesta, y le hallaron volviendo a Jerusalén.

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