Limpiará Dios toda lágrima de los ojos de los justos,y la muerte no será ya más

 


 . En la hora de la muerte enjugará Dios de los ojos de sus siervos las lágrimas que hubieren derramado en esta vida, en medio de los trabajos, temores, peligros y combates con el infierno. Y lo que más consolará a un alma amante de su Dios cuando sepa que llega la muerte será el pensar que pronto ha de estar libre de tanto peligro de ofender a Dios como hay en el mundo, de tanta tribulación espiritual y de tantas tentaciones del enemigo.

 La vida temporal es una guerra continua contra el infierno, en la cual siempre estamos en riesgo grandísimo de perder a Dios y a nuestra alma.

 Dice San Ambrosio que en este mundo caminamos constantemente entre asechanzas del enemigo, que tiende lazos a la vida de la gracia .

 Este peligro hacía temblar a San Pedro de Alcántara cuando ya estaba agonizando: «Apartaos, hermano mío—dirigiéndose a un religioso que, al auxiliarle, le tocaba con veneración—, apartaos, pues vivo todavía, y aún hay peligro de que me condene.»

 Por eso mismo se regocijaba Santa Teresa cada vez que oía sonar la hora del reloj, alegrándose de que ya hubiese pasado otra hora de combate, porque decía: «Puedo pecar y perder a Dios en cada instante de mi vida.»

 De aquí que todos los Santos sentían consuelo al conocer que iban a morir, pues pensaban que presto se acabarían las batallas y riesgos y tendrían segura la inefable dicha de no poder ya perder a Dios jamás.

Refiérase en la vida de los Padres que uno de ellos, en extremo anciano, hallándose en la hora de la muerte, reíase mientras sus compañeros lloraban, y como le preguntaran el motivo de su gozo, respondió: «Y vosotros, ¿por qué lloráis, cuando voy a descansar de mis trabajos?» (6). También Santa Catalina de Sena dijo al morir: « Consolaos conmigo, porque dejo esta tierra de dolor y voy a la patria de paz.»


Comentarios