Dios llama bienaventurados a los que mueren en gracia

 


 Dios llama bienaventurados a los que mueren en gracia, porque se les acaban los trabajos y comienzan a descansar. « Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor.» « Desde hoy—dice el Espíritu Santo que descansen de sus trabajos.»

 Los tormentos que afligen a los pecadores en la hora de la muerte no afligen a los Santos. «Las almas de los justos están en mano de Dios, y no los tocará el tormento de la muerte»

 No temen los Santos aquel mandato de salir de esta vida que tanto amedrenta a los mundanos, ni se afligen por dejar los bienes terrenos, porque jamás tuvieron asido a ellos el corazón. «Dios de mi corazón—repitieron siempre—; Dios mío por toda la eternidad»

 «¡Dichosos vosotros ¡—escribía el Apóstol a sus discípulos, despojados de sus bienes por confesar a Cristo—. Con gozo llevasteis que os robasen vuestras haciendas, conociendo que tenéis patrimonio más excelente y duradero»

 No se afligen los Santos a dejar las honras mundanas, porque antes las aborrecieron ellos y las tuvieron, como son, por humo y vanidad, y sólo estimaron la honra de amar a Dios y ser amados de Él. No se afligen al dejar a sus padres, porque sólo en Dios los amaron, y al morir los dejan encomendados a aquel Padre celestial que los ama más que a ellos; y esperando salvarse, creen que mejor los podrán ayudar desde el Cielo que en este mundo.

En suma: todos los qué han dicho siempre en la vida Dios mío y mi todo, con mayor consuelo y ternura lo repetirán al morir.

Quien muere amando a Dios no se inquieta por los dolores que consigo lleva la muerte; antes bien se complace en ellos, considerando que ya se le acaba la vida y el tiempo de padecer por Dios y de darle nuevas pruebas de amor; así, con afecto y paz, le ofrece los últimos restos del plazo de su vida y se consuela uniendo el sacrificio de su muerte con el que Jesucristo ofreció por nosotros en la cruz a su Eterno Padre. De este modo muere dichosamente, diciendo: «En su seno dormiré y descansaré en paz» (Sal. 4, 9).

¡Oh, qué hermosa paz, morir entregándose y descansando en brazos de Cristo, que nos amó hasta la muerte, y que quiso morir con amargos tormentos para alcanzarnos muerte consoladora y dulce!


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