¡Cuánto estima Jesucristo a los corazones mansos

 


              ¡Cuánto estima Jesucristo a los corazones mansos que, al recibir afrentas, burlas, calumnias, persecuciones y hasta golpes y heridas, no se irritan contra quienes los injurian o golpean! “Socorredor de los débiles, amparador de los desahuciados” (Iudith 9, 16). Las oraciones de los humildes siempre son atendidas por Dios, pues a ellos de modo especial les está prometido el paraíso: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”.

Decía el Venerable P. Baltasar Álvarez que el cielo es la patria de los despreciados, de los perseguidos y abatidos; sí, porque a éstos, y no ya a los soberbios, que disfrutan de las honras y estimaciones mundanas, les está reservada la posesión del reino celestial. Ya escribió David que los mansos no alcanzarán tan sólo la eterna bienaventuranza, sino que también en esta vida disfrutarán de extraordinaria paz; y la razón es porque, lejos de conservar los santos rencor contra quienes los persiguen, les cobraban más amor, y el Señor, en premio a tanta paciencia, les aumenta la paz interior. Decía Santa Teresa: «Y con las personas que decían mal de mí, no sólo no estaba mal con ellas, sino que me parece les cobraba amor de nuevo»; por lo que más tarde escribió de ella la Sagrada Rota Romana que «las ofensas suministraban alimento a su amor». Tan grande mansedumbre no se da sino en quienes tienen gran acopio de humildad y bajo concepto de sí mismos, que llegan a convencerse que merecen toda suerte de desprecios; y de ahí, por el contrario, que los orgullosos sean siempre iracundos y vengativos, porque, en su concepto, son dignos de todo honor.

             

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