“ Hay que morir, pues, en el Señor para ser bienaventurado y para comenzar a gozar de la bienaventuranza en esta vida, es decir, de la bienaventuranza de que se puede disfrutar antes de ir a la gloria, la cual ciertamente es mucho menor que la del Cielo, pero es tal que supera a todos los placeres sensibles de esta vida: “Y la paz de Dios, la que sobrepuja toda inteligencia, guardará vuestros corazones.
Mas para obtener esta paz, aun en medio de afrentas y calumnias, hay que estar muerto en el Señor. El muerto, por mucho que lo maltraten y pisoteen, no siente nada; el humilde, igualmente, estando como muerto, que ni ve ni oye, debe sufrir cuantos desprecios le hagan. Quien ama de corazón a Jesucristo, presto llega a este estado, porque, conforme en todo con la voluntad divina, acepta con la misma paz y ánimo igual lo próspero como lo adverso, los consuelos como las aflicciones, las injurias como las alabanzas. Así hacía el Apóstol, quien por ello decía: “Estoy que reboso de gozo en medio de esta tribulación nuestra” (II Corintios 12, 4).
¡Feliz del que consigue tal grado de virtud! Decía San Francisco de Sales: «¿Qué es el mundo entero, comparado con la paz del corazón?». En efecto, ¿de qué sirven todas las riquezas y todos los honores del mundo a quien vive inquieto y no disfruta de paz del corazón?
En suma, para vivir siempre unidos con Jesucristo, debemos hacer todas las cosas con tranquilidad, sin inquietarnos por contrariedades que surgieren: “El Señor no estaba en el viento” (III Reg. 19, 2). El Señor no habita en los corazones turbados. Oigamos los bellos documentos que acerca de esta materia nos suministra el maestro de la mansedumbre, San Francisco de Sales: «No os dejéis dominar por la cólera, ni siquiera le abráis la puerta, con el pretexto que fuere, porque, una vez introducida en él, no está en vuestra mano arrojarla ni aun dominarla»

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