en adelante no voy a cometer jamás la
tremenda imprudencia de acostarme una sola noche en pecado mortal, porque puedo
amanecer en el infierno.
Reflexionad un instante: ¿quién de vosotros se
atrevería a acostarse una noche con una víbora venenosa en la cama? Hasta que
no le aplastaseis la cabeza no podríais conciliar el sueño: es cosa clara y
evidente. Y son legión los que tienen una víbora venenosa en su alma, los que viven habitualmente en pecado mortal con
gravísimo peligro de hundirse para siempre en el abismo eterno, ¡y ríen, y
gozan, y se divierten! Y por la noche se acuestan tranquilamente en pecado
mortal y logran conciliar el sueño como si no les amenazara daño alguno.
Señores, ¿es que son malos? Tal vez no. Puede que no lo sean en el fondo. Pero
es indudable que son atolondrados, irreflexivos, inconscientes; es indudable
que no piensan, que no se dan cuenta del tremendo peligro que pende sobre sus
cabezas a manera de espada de Damocles. En el momento menos pensado puede
rompérsele el hilo de la vida y se hunden para siempre en el abismo. Vivamos
siempre en gracia de Dios y pidámosle al Señor nos conceda también la
preparación próxima para la muerte.
Porque ésa es la cuarta
manera de morir y la que hemos de procurar con todos los medios a nuestro
alcance: con la doble preparación. Con la preparación remota del que ha vivido
cristianamente, siempre en gracia de Dios, y con la preparación próxima del que
a la hora de la muerte corona aquella vida cristiana con la recepción de los
Santos Sacramentos
y de los auxilios espirituales de la
Iglesia: Penitencia, Eucaristía por Viático, Extremaunción, recomendación del
alma, bendición papal.
Preparación próxima y preparación remota. Es la muere
envidiable de los Santos, de la que dice la Sagrada Escritura que es preciosa
delante del Señor: Pretiosa in conspectu
Domini mors sanctorum ejus.
Los Santos que han vivido intensamente estas ideas, no
solamente no temían la muerte, sino que la llamaban y deseaban con toda su alma
para volar al cielo. Porque la muerte cristiana, señores, tiene las siguientes
sublimes características que la hacen infinitamente deseable y atractiva: morir
en Cristo, morir con Cristo y morir como Cristo.
En primer lugar, morir
en Cristo. ¿Qué significa morir en Cristo? Significa morir cristianamente,
con la gracia santificante en nuestra alma, que nos da derecho a la herencia
infinita del cielo.
¡Qué burla y qué sarcasmo, señores, cuando en los
grandes cementerios de las modernas ciudades se ponen sobre las tumbas de los
grandes impíos aquellos epitafios rimbombantes: “Aquí yace un gran guerrero, un
gran artista, un gran literato, un gran emperador”! ¡Pero los ángeles de la
guarda que están velando el sueño de los justos son los únicos que pueden leer
el verdadero y auténtico epitafio de muchas de aquellas tumbas que el mundo
venera: “Aquí yace un condenado para toda la eternidad”!
Ojalá que a cada uno de nosotros se nos pueda poner
este sencillo epitafio, pero auténtico, que refleje la verdad: “Murió
cristianamente, con la gracia de Dios en su corazón”. Y que se lleven los
mundanos los mausoleos espléndidos, las flores que para nada sirven, los
homenajes póstumos que nada remedian, las sesiones necrológicas, los ridículos
“minutos de silencio...”, ¡que se lo lleven todo los mundanos! A nosotros nos
basta con morir cristianamente: nada más.
¡Morir cristianamente! ¿Sabéis lo que
eso significa?
En primer lugar, es el término del combate. En este mundo estamos librando todos una
tremenda batalla –lo dice la Sagrada Escritura– contra los tres enemigos del
alma: mundo, demonio y carne. Estamos librando un combate. Pero llega la hora
de la muerte, y si tenemos la dicha de morir cristianamente, nos convertimos en
el soldado que termina victorioso la batalla y se ciñe para siempre el laurel
de la victoria. En el labrador, que después de haber regado tantas veces la
tierra con el sudor de su frente, recoge los frutos de la espléndida y ubérrima
cosecha. En el enfermo, que ve terminados para siempre sus sufrimientos y entra
para siempre en la región de la salud y de la vida. ¡Qué bien lo sabe decir la
Iglesia Católica cuando pronuncia sobre el cristiano que acaba de expirar
aquella fórmula sublime: Requiescat in
pace: “Descansa en paz”!
En segundo lugar, la muerte cristiana
es la arribada al puerto de seguridad.
En este mundo no podemos estar seguros. Absolutamente
nadie. Ni el Soberano Pontífice, ni los mismos Santos mientras vivían acá en la
tierra: nadie puede estar seguro de que morirá cristianamente. Dice el Concilio
de Trento que, a menos de una revelación especial de Dios, nadie puede saber
con seguridad si se salvará o si se condenará; si recibirá de Dios el don
sublime de la perseverancia final, o si lo dejará de recibir. No lo podemos
saber. Es un interrogante angustioso que está suspendido sobre nuestras
cabezas. Ni los Santos estaban seguros de sí mismos. Porque, aunque ahora
seamos buenos, aunque estemos ahora en gracia de Dios, ¿qué será de nosotros
dentro de diez años, dentro de veinte, y, sobre todo, a la hora de nuestra
muerte? Es un misterio, no lo podemos saber.
¡Ah!, pero cuando se muere cristianamente, es el
ruiseñor que rompe para siempre los hierros de su jaula y vuela jubiloso a la
enramada. Es el náufrago, que después de haber luchado contra las olas
embravecidas que amenazaban tragarle hasta el fondo del océano, salta por fin a
las playas eternas. Es la caravana, que después de haber atravesado las arenas
abrasadoras del desierto, llega por fin al risueño y fresco oasis. Es la nave
que llega al puerto después de peligrosa travesía. Es emerger de la penumbra del
valle y bañarse para siempre en océanos de clarísima luz en lo alto de la
montaña. El alma del que muere cristianamente queda confirmada en gracia, ya no
puede perder a Dios, ya tiene asegurada para siempre la felicidad eterna.
Por eso la muerte cristiana es la entrada en la vida verdadera. ¡Cuánta pobre gente equivocada,
que ha vivido y respirado el ambiente del mundo y está completamente convencida
de que esta vida es la vida verdadera, la que hay que conservar a todo trance!
¡Qué tremenda equivocación!
¡Esta
vida no es la vida! Un filósofo pagano exclamaba con angustia: “Ningún sabio
satisface – esta duda que me hiere–: ¿es el que muere el que nace –o es el que
nace el que muere–?”
No sabía contestar esa pregunta porque carecía de las
luces de la fe. Pero a su brillo deslumbrante, ¡qué fácil es contestar a ella!
Que se lo pregunten a San Pablo y les dirá: “Estoy
deseando morir para unirme con Cristo”.
Pregúntenlo a Santa Teresa de Jesús y les contestará
con sublime inspiración: “Aquella vida de arriba, que es la vida verdadera –hasta que esta vida muera–, no se alcanza
estando viva...” O quizá de esta otra forma: “Vivo sin vivir en mí –y tan alta
vida espero– que muero porque no muero”.
Que se lo digan a Santa Teresita de Lisieux, la Santa
más grande de los tiempos modernos, en frase del inmortal Pontífice San Pío X.
Cuando la angelical florecilla del Carmelo estaba para exhalar su último
suspiro, el médico que la asistía le preguntó: “¿Está vuestra caridad resignada
para morir?” Y la santita, abriendo desmesuradamente sus ojos, llena de
asombro, le contestó: “¿Resignada para morir? Resignación se necesita para
vivir, pero ¡para morir! Lo que tengo es una alegría inmensa”.
Los Santos, señores, tenían razón. No estaban locos. Veían, sencillamente, las cosas tal como son en realidad. La inmensa mayoría de los hombres no las ven así. No se dan cuenta de que están haciendo un viaje en ferrocarril y no se preocupan más que del vagón en el que están haciendo la travesía: el negocio, el porvenir humano, el aumento del capital.
Todo eso que tendrán que dejar dentro de unos años, acaso dentro de unos cuantos días nada más. No se dan cuenta de que el ferrocarril de la vida va devorando kilómetros y más kilómetros, y en el momento en que menos lo esperen, el silbato estridente de la locomotora les dará la terrible noticia: estación de llegada. Y al instante, sin un momento de tregua, tendrán que apearse del ferrocarril de la vida y comparecer delante de Dios. Entonces caerán en la cuenta de que esta vida no es la vida. Ojalá lo adviertan antes de que su error no tenga ya remedio para toda la eternidad.
La segunda característica de la muerte cristiana es morir con Cristo. ¿Qué significa esto?
Significa exhalar el último suspiro después de haber tenido la dicha inefable
de recibir a Jesucristo Sacramentado en el corazón.
¡El Viático! ¡Qué consuelo tan inefable produce en el
alma cristiana el simple recuerdo del Viático! La Eucaristía es un milagro de
amor, de sublime belleza y poesía en cualquier momento de la vida. Pero la
Eucaristía por Viático es el colmo de la dulzura, de la suavidad y de la
misericordia de Dios. Poder recibir en el corazón a Jesucristo
Sacramentado en calidad de Amigo y de
Buen Pastor momentos antes de comparecer ante Él como Juez Supremo de vivos y
muertos, es de una belleza y de una emoción indescriptibles. ¡Qué paz, qué
dulzura tan inefable se apodera del pobre enfermo al abrazar en su corazón a su
gran Amigo, que viene a darle la comida
para el camino –que eso significa la palabra Viático– y ayudarle
amorosamente en el supremo tránsito a la eternidad! Cuando desde lo íntimo de
su alma, el pobre pecador le pide perdón a su Dios por última vez, antes de
comparecer ante Él, sin duda alguna que Nuestro Señor Jesucristo, que vino a la
tierra precisamente a salvar lo que había perecido (Mt, 18, 11) y en busca de los pobres pecadores (Mt 9, 13) le dará al agonizante la
seguridad firmísima de que la sentencia que instantes después pronunciará sobre
él será de salvación y de paz.

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