El bien de las almas merece cualquier sacrificio.

  


 Cierto día un sacerdote ayudaba al padre Candido. Estaban exorcizando a un jovencito al que, en un momento dado, se le prendió fuego la ropa. Nada grave, sólo una leve quemadura en un hombro. La madre dijo luego que también la camiseta pegada a la piel estaba quemada, pero sin que hubiera afectado al joven. Mientras se producía la combustión se notó un acre olor a azufre y el demonio se volvió contra el sacerdote ayudante, prometiéndole que lo pagaría caro.

Algunos días después aquel sacerdote volvía por la tarde en coche, desde Nápoles a Roma. Se veía flanqueado por unas luces laterales sin que consiguiera saber qué eran, por lo que decidió detenerse en una estación de servicio. Mientras estaba llegando allí, se prendió fuego el coche. El sacerdote consiguió detenerse, sacar las llaves y escapar. Acudieron algunos conductores que gritaban: «¡Hay alguien dentro! ¡Se ve a alguien!» En vano aseguraba el sacerdote que estaba solo. De repente, oyeron cómo se ponía en marcha el motor del automóvil en llamas y el coche comenzó a avanzar lentamente, como una bola de fuego, hacia los surtidores de gasolina. Al mismo tiempo se pudo percibir en el aire un acre olor a azufre. El sacerdote reconoció el mismo olor que se había notado durante el exor- cismo y se puso a rezar. De inmediato el automóvil se detuvo, pero siguió ardiendo hasta su total destrucción.

He referido este caso por voluntad de ser exhaustivo, pero sería un error generalizar su alcance; se trató de un hecho excepcional. Que el ministerio sacerdotal expone a afrontar riesgos e incomodidades lo saben todos los sacerdotes, incluso sin ser exorcistas. San Pedro diría: «Al contrario, alegraos de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también os llenéis de alegría cuando su gloria se manifieste» (1 Pe. 4, 13). El bien de las almas merece cualquier sacrificio.

El sacerdote debe creer en su sacerdocio; debe creer en los poderes que el Señor le ha dado; debe seguir el ejemplo de los apóstoles y de los sacerdotes santos. Al principio de su pontificado, Juan XXIII volvió a proponer a todos la figura del cura de Ars. Es verdad, este santo arrancaba las almas a Satanás y tuvo que sufrir mucho a causa del demonio. Sin embargo, no era exorcista y no hacía exorcismos. Quien manda es el Señor, que nunca nos pone pruebas sin darnos a la vez la fuerza para superarlas. Pero pobres de nosotros si por cobardía nos echamos atrás y omitimos nuestro deber.

Tenemos el don del espíritu, la eucaristía, la palabra de Dios, la fuerza del nombre de Jesús, la protección de la Virgen, la intercesión de los ángeles y los santos... ¿No es tontería tener miedo de un vencido?

Ruego a la Inmaculada, enemiga de Satanás y victoriosa sobre él desde el primer anuncio de la redención, que nos ilumine a todos, nos proteja, nos sostenga en el combate terrenal hasta la consecución del premio eterno. En particular, le ruego por todo el episcopado católico, que tiene la obligación de hacerse cargo de cuantos sufren a causa del demonio, a fin de que actúe conforme a las leyes y la tradición de la Iglesia.

¡María Inmaculada! Es hermoso terminar pensando en ella, que mantiene, con el demonio, una enemistad querida por Dios mismo: «Haré que tú y la mujer seáis enemigas» (Gén. 3, 15). Es Inmaculada porque nunca tuvo ni el pecado original ni los pecados actuales: nunca cedió a Satanás. Es siempre Virgen porque perteneció siempre a Dios, incluso con el cuerpo, del que el Verbo tomó su propio cuerpo. Piénsese en el valor de la encarnación: el demonio, que no tiene cuerpo porque es puro espíritu, en su gran soberbia, quería situarse en el centro de todas las cosas creadas; después de la encarnación es obligado ver, en cambio, que el centro de la creación es Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre; y es obligado también constatar que con la encarnación empieza el tiempo de su derrota. He aquí por qué trata por todos los medios de que el cuerpo humano se convierta en motivo de pecado, trata de humillar al cuerpo, de enfangarlo, como rabiosa reacción a la encarnación del Verbo que, con su cuerpo sacrificado por nosotros, nos redimió. De aquí se desprende también la importancia de este dogma mariano, María siempre Virgen, en oposición a Satanás y como instrumento de los planes de Dios.

María se declaró sierva del Señor y se convirtió en la Madre de Dios, adquiriendo una intimidad del todo única con la Santísima Trinidad. Piénsese qué oposición hay en esto respecto de Satanás, que se alejó de Dios y se convirtió en la criatura más distante de él. María, asunta al cielo, nos comunica la gloriosa conclusión del plan de Dios, que nos ha creado para gozar eternamente con él; y nos expresa el total fracaso de Satanás, precipitado desde la alegría celestial al eterno suplicio.

María, Madre nuestra, Madre de la Iglesia, Mediadora universal de gracias, nos muestra en su continuo dinamismo la obra de la Virgen, que Cristo ha querido asociar a sí mismo en la santificación de las almas. Y nos muestra su neta oposición a toda la obra de Satanás, que está orientada a oponerse al cumplimiento de los planes de Dios sobre los hombres, por lo cual nos persigue, nos tienta de todas las maneras y, no contento con estar en la raíz del mal, del pecado, del dolor y de la muerte, trata de arrastrarnos a la condenación eterna.

Con estos pensamientos apenas esbozados acabo. Después de haber escrito cuatro libros sobre la Virgen no quisiera escribir el quinto ahora, cuando es hora de concluir. Manzoni nos advierte, con su buen juicio, que, en cuanto a libros, basta con uno a la vez, cuando no es demasiado.


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