un
alma, que un soldado y un negro de los que había visto, la trajeron ante el
Juez, y díjo una voz: Todo lo que verás y oirás, ha pasado por esta alma al
tiempo de salir del cuerpo. Y puesta ante el Juez quedó sola, porque no la
tenían asida ni el soldado ni el negro. Estaba desnuda y llorosa, sin saber en
lo que vendría a parar. Oí después, que cada palabra de aquel libro respondía
por sí misma a todo lo que decía el alma.
Presentóse
el soldado ante el Juez y toda su corte, y dijo: No es razón, Señor, que los
pecados que esta alma tiene confesados, se traigan ante vuestra presencia. Pero
yo que estaba viendo esto, comprendía bien y perfectamente que aquel soldado
que hablaba era el ángel, y lo conocía todo en Dios, pero estaba hablando para
que yo entendiese. Luego del libro de la justicia salió una voz que dijo:
Aunque esa alma confesó sus pecados, pero ni tenía contrición ni dolor bastante
de ellos, ni satisfizo lo que debiera. Y pues no se enmendó cuando pudo, llore
ahora y satisfaga. Oyendo lo cual el alma, comenzó a llorar tan amargamente,
que parecía deshacerse en lágrimas, sin hablar una palabra.
Habló
después el Rey al alma diciéndole: Declare ahora tu conciencia los pecados que
dejaste sin satisfacer. Entonces el alma con una voz que la podía oir todo el
mundo, dijo: ¡Ay de mí, que no obré con arreglo a los mandamientos de Dios, que
oí y conocí! Y acusándose a sí misma, añadía: No temí el juicio de Dios. Y
respondió una voz del libro: Por eso debes temer ahora al diablo. Y al punto
temerosa el alma y trémula, como si toda se deshiciese, dijo: Tuve muy poco
amor a Dios, y así hice pocas obras buenas. Y al instante respondieron del
libro: Justicia es, pues, que estés más cerca del demonio que de Dios, pues el
demonio con sus tentaciones te atrajo a sí y te cogió.
Respondió
el alma: Bien sé que todo cuanto hice, era según las inspiraciones del demonio.
Y le contestaron del libro: Justicia es, pues, que él te dé el pago, y te
castigue con tribulación y pena. De pies a cabeza, dijo el alma, anduve vestida
de soberbia, e inventé varios trajes vanos y soberbios, y otros usaba según el
uso de mi patria: y me lavé manos y cara, no sólo para que se limpiasen, sino
para que los hombres alabaran su hermosura. Respondieron del libro: Justicia es
, que corresponda al demonio pagarte según tus méritos, pues te adornaste y te
compusiste, según él te inspiraba y dictaba.
Mi
boca, dijo el alma, de ordinario hablaba chocarrerías, porque quise agradar a
los demás, y mi alma apetecía todo lo que no era oprobio ni afrenta según el
mundo. Contestáronle del libro: Por eso se te extenderá y se te sacará tu
lengua, se te doblarán tus dientes, se te quitará todo lo que te agrade, y se
te dará todo lo que te disguste. Holgábame sobremanera, dice el alma, de que
muchos tomaran ejemplo y ocasión de lo que yo hacía, y de que imitasen mis
costumbres. Pues justo es, respondieron del libro, que todo el que cayere en el
mismo delito por el que tú serás castigada, sufra la misma pena, y será puesto
junto a ti, a fin de que con la llegada de cada uno de los que imitaban tus
invenciones, se aumente tu pena.
Vi
enseguida que ataron una soga a la cabeza de esta alma a manera de corona, y se
la apretaron con tanta fuerza, que juntaron la frente con la nuca; los ojos se
salieron de sus órbitas, y colgaban por sus raíces hasta las mejillas; los
cabellos estaban abrasados por el fuego, rompíase el cerebro y se derramaba por
narices y oídos; extendíanle la lengna y comprimíanle los dientes: los huesos
de los brazos se los comprimían y retorcían como si fuesen sogas; desolláronle
las manos y se las ataron al cuello; el pecho y el vientre se los apretaron,
hasta que los juntaron con el espinazo; y quebrándole todas las costillas,
reventó, y salió fuera el corazón, y las entrañas, y todos los intestinos;
abriéronle los muslos y sacáronle los huesos, y de todos ellos hicieron un
ovillo, como si fuera hilo delgado.
Después
dijo el negro: ¡Oh Juez! Ya se están castigando con arreglo a justicia los
pecados de esta alma. Unamos, pues, a ambos, a mí con el alma, para que nunca
nos separemos. Pero respondió el soldado: Tu, ¡oh Juez! que sabes todas las
cosas, a ti te corresponde oir el postrer pensamiento y deseo que tuvo esta
alma al final de su vida, la cual en el último extremo pensó de esta suerte:
¡Oh!, si Dios quisiera concederme un poco de vida, enmendaría de buena gana mis
pecados, y le serviría todos mis días restantes, y nunca más volvería a
ofenderle. Esto pensaba y quería, ¡oh, Juez! Ten, Señor, presente también que
esta persona no vivió tanto tiempo, que tuviese una conciencia completamente
despejada. Considera, Señor, su juventud, y obra según tu misericordia.
Respondieron
entonces del libro de la justicia: Estos pensamientos al final de la vida, es
razón que la libren del infierno. Enseguida dijo el Juez: Por causa de mi
Pasión se abrirá a esta alma el cielo; pero vaya primero al purgatorio, y
purifíquese allí de todos sus pecados por todo el tiempo que deba, a no ser que
tuviere auxilio con las buenas obras de otros que vivan.
DECLARACIÓN
Esta
fué una mujer que había prometido virginidad en manos de un sacerdote, y
después se casó y murió de parto.
Espantosa sentencia y condenación de un hombre y de una mujer
que vivían mal amistados, y aclaración
que fué hecha de la visión por medio del ángel.
Estando
en oración vi un hombre que tenía los ojos fuera de las órbitas y pendían de
los nervios debajo de las mejillas. Tenía orejas de perro y narices de caballo,
boca de lobo hambriento, manos de buey muy grande y pies de buitre. Hallábase
junto a él una mujer, cuyos cabellos parecían zarzas; tenía los ojos en la
nuca, cortadas las orejas y las narices llenas de sarna y lepra; los labios
eran como dientes de serpiente, y en la lengua tenía un aguijón venenoso; las
manos eran como dos colas de víbora y los pies como dos escorpiones.
Viendo
esto, y no en sueños, sino muy despierta, dije para mí: ¿Qué será esto? ; y
entonces oí una voz muy suave que me consoló de tal modo, que disipó todo mi
temor y me dijo: ¿Qué piensas que es lo que estás viendo? Y respondí: No sé si
estos que estoy viendo son demonios, o bestias que las crio Dios con esta
fiereza, o si serán hombres formados de este modo por Dios. Y me contestó la
voz: No son demonios, porque los demonios carecen de cuerpo, y ves que estos lo
tienen; ni tampoco son animales, pues descienden de la estirpe de Adán; ni Dios
los creó de esta manera; pero el demonio trae estas almas a la presencia de
Dios con toda la fealdad y como si tuvieran cuerpo, para que tú puedas
entenderlo y verlo. Además, yo te declararé lo que significan en espíritu.
Aquellos
dos nervios de que colgaban los ojos de aquel hombre, son dos conocimientos que
tuvo: uno, con el cual creyó que Dios vivía para siempre, sin tener principio
ni fin; otro, con el que creyó que su alma había de vivir para siempre en pena
o en gloria. Los dos ojos significan que debían considerar dos cosas: la una,
es cómo debió considerar la manera de evitar el pecado; y la otra, cómo valerse
para hacer las buenas obras. Le han sacado estos ojos, porque no hizo buenas
obras para ir al cielo, ni evitó pecados para escapar del infierno. Tiene
también orejas de perro, porque como el perro vuelve la cabeza a cualquiera que
lo llama por su nombre aunque no sea su dueño, así éste, sin atender al nombre
y honra de Dios, sólo miraba su nombre y honra. Tiene narices de caballo,
porque como el caballo huele el estiercol, así éste después de haber pecado, se
deleitaba en pensar en el mal que había hecho.
Tiene, igualmente, boca de
lobo feroz, porque como el lobo no se contenta con hartarse y llenar su vientre
del ganado que mata, sino que después de harto, degüella cuantas ovejas
encuentra, y las desea tragar; así éste, aunque hubiese poseído todo cuanto
veía, todavía ambicionaría lo que oyera que tenían otros. Tiene manos de buey,
porque como el buey o el toro, después que ha vencido a su contrario, lo está
pisando con la vehemencia del enojo, hasta que le revienta el vientre y le hace
pedazos la carne; así éste, cuando estaba lleno de ira, no le importaba quitar
la vida a su enemigo, ni que el alma de éste bajase al infierno, ni que su
cuerpo padeciera con la muerte. Tiene, por útltimo, pies de buitre, porque como
el buitre cuando tiene entre las uñas algo que le es de gusto, lo aprieta con
tanta fuerza, que del gran dolor que recibe, se olvida de lo que tenía entre
las manos y lo deja caer; así éste, lo injustamente adquirido, trató de
retenerlo hasta la muerte, aun cuando le faltaban todas las fuerzas y se veía
en la precisión de dejarlo.
Los
cabellos sirven en la cabeza para ornato de las mujeres, y significan la
voluntad y buenos deseos que deben tener de agradar mucho al Ser Supremo, pues
estos deseos son los que delante de Dios adornan el alma. Pero porque el deseo
de esa mujer fué agradar al mundo más que a Dios, y tiene por cabellos zarzas y
espinas. Tiene los ojos en la nuca, porque apartaba los del alma de las cosas
que la bondad de Dios le había hecho en criarla, en redimirla y en darle todo
lo necesario; pues ella miraba con afán las cosas perecederas del mundo, de las
cuales cada día se va uno apartando, hasta que del todo desaparecen de la
vista. Tiene la orejas cortadas, porque no se cuidó de oir sermones ni la
doctrina evangélica.
Las
narices están llenas de lepra y sarna, porque como por ellas suele subir el
olor suave al cerebro, para que con él se fortifique; así ésta hizo cuanto pudo
para fortalecer y regalar su perecedero cuerpo. Los labios parecen dientes de
serpiente, y en su lengua hay un aguijón venenoso; porque como la serpiente
tiene muy cerrados los dientes para defender el aguijón, no sea que se le rompa
por cualquier evento, y sin embargo, la inmundicia corre de su boca a los
dientes, porque están muy separados; así ésta, cerró también la boca y no quiso
hacer verdadera confesión, por no perder el deleite que tenía en su venenoso
pecado, con el cual mató su alma como con un aguijón; y la inmundicia de su
pecado aparece no obstante a Dios y a sus santos.
Después
le dijeron a la Santa: Ya te hablé de un matrimonio que se había realizado
contra los estatutos y leyes de la Iglesia, y ahora te quiero acabar de
declarar lo que fué de él: Las manos de aquella mujer que parecían colas de
víbora y los pies escorpiones, significan que la mujer que se casó en ese
matrimonio, era tan desordenada, que con todos sus ademanes y acciones
escandalizaba al hombre y lo hería peor que un escorpión. En aquel mismo
instante apareció un negro que tenía en la mano un tridente y en un pie tres
agudas uñas, y principió a dar voces y a decir: Oh Juez, ya llegó mi hora:
he estado esperando y callado, pero ya es tiempo.
Y
al punto estando sentado en su tribunal el Juez con innumerable ejército, vi un
hombre y una mujer temblando, a quienes dijo el Juez: Aunque todo lo sé, decid
qué es lo que hicisteis. Respondió el hombre: Bien sabíamos los impedimentos de
la Iglesia para nuestro matrimonio, pero no se nos dió nada de ellos y los
despreciamos. Pues no quisisteis seguir al Señor, dijo el Juez, justo es que
sintáis la malicia del verdugo. Y al punto el negro les clavó una uña en el
corazón y los apretó de suerte, que parecía tenerlos en una prensa.
Y
dijo el Juez: Mira, alma, lo que merecen aquellos que a sabiendas se apartan de
su Creador por la criatura. Y enseguida dijo el mismo Juez a los dos reos: Yo
os di un cuerpo donde reunieseis el honor de mis delicias, ¿qué es lo que
traéis ahora. No hemos buscado más que los deleites de nuestra carne y nuestro
vientre, y así no traemos más que confusión y vergüenza. Pues dales su pago,
dijo el Juez al verdugo, y este les clavó a los dos en el vientre la segunda
uña con tanta fuerza, que les atravesó todos los intestinos. Mira alma, dijo el
Juez a santa Brígida, el pago de los que no guardan mi Santa ley, y en lugar de
medicina anhelan el veneno.
¿Dondé
está, dijo el Juez a los reos, el tesoro que os presté, para lucrarme con él?
Pusímoslo debajo de los pies, respondieron ambos, pues buscábamos tesoro de la
tierra y no del cielo. Pues dales lo que sabes y debes, dijo el Juez al
verdugo, el cual les clavó la tercera uña en los corazones, vientres y pies de
ambos, de modo que los hizo un ovillo, y dijo: Señor, ¿adónde he de ir con
ellos? No es para ti el subir ni el gozar, respondió el Juez. Al punto
desaparecieron dando gemidos el hombre y la mujer. Y dijo el Juez a la Santa:
Alégrate, hija, porque estás alejada de tales cosas.
Palabras de la Virgen María a santa Brígida, manifestándole
cuánto se halla dispuesta y pronta a
favorecer en sus tres estados respectivos, a las vírgenes, a las casadas y a las viudas, si en ellos aman y sirven a
Dios, y se acogen a la Señora con dovoción.
Oye
tú, dice la Virgen, que de todo corazón ruegas a Dios que tus hijos le agraden.
A la verdad, semejante oración es grata a Dios, porque no hay madre que ame a
mi Hijo sobre todas las cosas y pida lo mismo para sus hijos, que al punto no
esté yo preparada para ayudarle a conseguir su petición.
Tampoco
hay viuda alguna, que firmemente pida a Dios auxilio para permanecer en la
viudez a honra de Dios hasta la muerte, que al momento no esté yo dispuesta
para que lleve a cabo su buen deseo; porque también yo fuí como viuda, porque
tuve en la tierra un Hijo, que no tuvo padre carnal. Ni hay doncella alguna que
desee consagrar a Dios su virginidad hasta la muerte, que no esté yo preparada
para defenderla y animarla, porque yo soy la Virgen por excelencia.
Y
no debes extrañar que te diga esto, pues está escrito que David deseó la hija
de Saúl, cuando era doncella. Casóse con la viuda de Nabal. Después tuvo la
mujer de Urias, viviendo su marido. Con todo, la concupiscencia de David, fué
con gran pecado. Pero la unión espiritual de mi Hijo, que es Señor de David, es
sin rastro ni sombra del menor mal. Por consiguiente, así como agradaron
corporalmente a David estos tres géneros de vida: la virginidad, la viudez y el
matrimonio, de la misma manera agrada espiritualmente a mi Hijo tenerlas en
castísima amistad; y así no es de extrañar, que con mi ayuda, incline toda la
voluntad de ellas a la de mi Hijo, pues esto es lo que Él mismo desea.
Excelencia del sacerdocio, cuánto es su poder, y cuán grande
es a los ojos de Jesucrísto.
Yo
soy, esposa mía, dice Jesucristo a santa Brígida, semejante al señor que,
después de pelear fielmente en la tierra de su peregrinación, se volvía con
gozo a su patria. Tenía este señor un tesoro muy precioso, que con sólo
mirarlo, se alegraban los ojos llorosos; los tristes se consolaban, los
enfermos sanaban, y los muertos resucitaban; y para guardar este tesoro de una
manera decorosa y segura, construyó una magnífica casa de proporcionada altura,
con siete escalones para subir a ella y al tesoro. Entregó el señor este tesoro
a sus criados para que lo viesen y manejasen, y los custodiasen con mucha
fidelidad y limpieza.
Así
también, yo soy, añadió Jesucristo, esté señor, que peregrino aparecí con mi
Humanidad en la tierra, siendo no obstante poderoso en el cielo y en la tierra
según mi Divinidad. Tuve en la tierra tan fuerte lucha, que por la salud de las
almas se rompieron los nervios de mis manos y pies, y estando para dejar el
mundo y subir al cielo, del que nunca falté, según mi Divinidad, dejé en la
tierra un monumento dignísimo, que fué mi santísimo cuerpo, para que como la
ley antigua se preciaba de tener el arca con el maná y con las tablas del
Testamento, y de otras ceremonias, así el hombre nuevo, gozara y se alegrase
con la nueva ley; y no como en otro tiempo con las sombras, sino con la verdad
de mi cuerpo crucificado, que se representaba en la misma ley.
Y
para que mi cuerpo estuviese con gloria y honor, construí la casa de la santa
Iglesia, donde fuese tratado y conservado, y a los sacerdotes los instituí por
sus especiales custodios, los cuales en cierta manera son superiores en
dignidad a los ángeles, porque al Señor que los mismos ángeles temen llegar con
reverencia, los sacerdotes lo tratan con sus manos y lo reciben con su boca.
Honré
a los sacerdotes con siete excelencias y honores, como con siete grados. Por el
primer grado y excelencia deben ser especiales capitanes y amigos míos por la
limpieza de alma y cuerpo, porque la limpieza es el primer puesto para llegar a
Dios, a quien no debe tocar cosa alguna que esté manchada; pues si a los
sacerdotes de la ley antigua se les permitía vivir con sus mujeres, cuando no
estaban de servicio en el templo, no fué esto extraño, porque llevaban la
cáscara, no la substancia, mas en la ley nueva, con la venida de la verdad,
huyó la sombra y figura, y es necesario que haya tanta más pureza, cuanto más
dulce es la substancia interior que la cáscara. Y en señal de esta continencia
mandé que se cortasen los cabellos, a fin de que el placer superfluo no
dominase en el alma o en la carne.
Por
el segundo grado y excelencia, están constituidos los sacerdotes como varones
angélicos, dotados de la mayor humildad, porque con la humildad de alma y
cuerpo se entra en el cielo y se vence la soberbia del demonio; y en señal de
este grado se hallan autorizados los sacerdotes para espeler los demonios,
porque el hombre humilde es elevado hasta el cielo, de donde por su sabiduría
cayó el orgulloso demonio. Por el tercer grado se hallan elevados los
sacerdotes como discípulos de Dios, para leer constantemente las Sagradas
Escrituras; y por esto les entregó en su día el obispo un libro, como al
soldado se le da la espada, para que sepan lo que deben hacer y procuren
aplacar la ira de Dios para con su pueblo, por medio de la continua meditación
y enseñanza.
Por
la cuarta excelencia y grado, son los sacerdotes custodios del templo de Dios y
exploradores de las almas, a quienes entregó el obispo las llaves del templo,
para que sean cuidadosos de la salvación de sus hermanos y los animen, así de
palabra como con ejemplos, y estimulen a mayor perfección a los débiles. Por la
quinta excelencia, mis sacerdotes administran y cuidan del altar, y desprecian
todas las cosas del mundo, a fin de que mientras sirven al altar, vivan del
altar y no se ocupen en nada de la tierra, sino en lo que corresponde a su alta
dignidad y cargo. Por la sexta excelencia y cargo, son los sacerdotes, mis
Apóstoles para predicar la verdad evangélica, y conformar sus costumbres con su
doctrina y palabras. Por el séptimo grado y excelencia, son los sacerdotes,
mediadores entre Dios y los hombres, ofreciendo el sacrificio de mi Cuerpo y
Sangre, en cuyo oficio los sacerdotes son, en cierto modo, superiores en
dignidad y grandeza a los mismos ángeles.
Yo
le enseñé en el monte a Moisés, las vestiduras que habían de usar los
sacerdotes de la ley, no porque haya nada material en la celestial habitación
de Dios, sino porque las cosas espirituales, se comprenden mejor por semejanzas
corporales; y así, mostré lo espiritual por lo corporal, para que sepan los
hombres, cuánta reverencia y pureza necesitan los que tratan ahora la misma
verdad, que es mi Cuerpo, si tanta reverencia y pureza tenían los que trataban
la sombra y figura.
Mas,
¿para qué mostré a Moisés tanta hermosura de los vestidos materiales, sino para
enseñar y significar por ellos los ornatos y hermosura del alma? Pues al modo
que las vestiduras del sacerdote son siete, así también deben ser siete las
virtudes del alma, que llega a consagrar y recibir el cuerpo de Dios, y sin
ellas, es de temer la condenación. La primera es contrición y confesión de los
pecados; la segunda es amor a Dios y a la castidad; la tercera es trabajar por
la honra de Dios, y tener paciencia en las adversidades; la cuarta es no
atender a las alabanzas o vituperios de los hombres, sino solamente a la honra
de Dios; la quinta es continencia con verdadera humildad; la sexta es meditar
los beneficios de Dios, y temer sus castigos; la séptima es amar a Dios sobre
todas las cosas, y perseverar en las buenas obras comenzadas.
Pero
puedes preguntarme: ¿qué ha de hacer el sacerdote, si no tiene parroquia,
porque no es cura? A lo cual te respondo, que el sacerdote que desea aprovechar
a todos, y predicar por amor de Dios, tiene una parroquia tan grande, como si
tuviese todo el mundo, porque si pudiera hablar a todo él, no economizaría su
trabajo, Así, pues, el buen deseo se le cuenta como trabajo, porque muchas
veces, a causa de la ingratitud de los hombres, dispensa Dios a sus escogidos
el trabajo de predicar; pero éstos no pierden la recompensa debida a su buen
deseo.
.png)
Comentarios
Publicar un comentario