- la Coronilla de la Santísima Virgen, compuesta de tres
padrenuestros y doce avemarías, para honrar los doce privilegios y grandezas de
la Santísima Virgen. Esta práctica es muy antigua y tiene su fundamento en la
Sagrada Escritura. San Juan vio una mujer coronada de doce estrellas, vestida
del sol y con la luna bajo sus pies . Esta mujer –según los intérpretes– es
María.
Sería prolijo enumerar las
muchas maneras que hayde rezarla bien. El Espíritu Santo se las enseñará a
quienes sean más fieles a esta devoción. Para recitarla con mayor sencillez
será conveniente empezar así: “Dígnate aceptar mis alabanzas, Virgen Santísima.
Dame fuerzas contra tus enemigos”. En seguida rezarás el Credo, un padrenuestro,
cuatro avemarías y un gloria; todo ello tres veces. Al fin
dirás: Bajo tu amparo..
En otro tiempo no había nada más infamante que
lacruz. Ahora este madero es lo más glorioso del cristianismo. Lo mismo decimos
de los hierros de la esclavitud.
Nada había entre los antiguos más ignominioso,
ni lo hay entre los paganos. Pero entre los cristianos no hay nada más ilustre
que estas cadenas de Jesucristo, porque ellas nos liberan y preservan de las
ataduras infames del pecado y del demonio, nos ponen en libertad y nos ligan a
Jesús y a María, no por violencia y a la fuerza, como presidiarios, sino por
caridad y amor, como a hijos: Con correas
de amor los atraía –dice el Señor por la boca de su profeta–. Estas cadenas
de amor son, por consiguiente, fuertes como la muerte y en cierto modo, más fuertes aún para quienes
sean fieles en llevar hasta la muerte estas gloriosas preseas. Efectivamente,
aunque la muerte destruya el cuerpo reduciéndolo a podredumbre, no destruirá
las ataduras de esta esclavitud, que –siendo de hierro– no se disuelven
fácilmente, y quizás en la resurrección de los cuerpos, en el gran juicio del
último día, estas cadenas, que todavía rodearán sus huesos, constituirán parte
de su gloria y se transformarán en cadenas de luz y de triunfo. ¡Dichosos,
pues, mil veces los esclavos ilustres de Jesús en María, que llevan sus cadenas
hasta el sepulcro!
Estas son las razones para llevar
tales cadenillas:
Para recordar al cristiano los votos y
promesas del Bautismo, la renovación perfecta que hizo de ellos por esta
devoción y la estrecha obligación que ha contraído de permanecer fiel a ellos.
Dado que el hombre, acostumbrado a gobernarse más por los sentidos que por la
fe pura, olvida fácilmente sus obligaciones para con Dios si no tiene algún
objeto que se las recuerde, estas cadenillas sirven admirablemente al cristiano
para traerle a la memoria las cadenas del pecado y de la esclavitud del demonio
–de las cuales lo libró el Bautismo– y de la servidumbre que en el Santo
Bautismo prometió a Jesucristo y ratificó por la renovación de sus votos. Y una
de las razones que explican por qué tan pocos cristianos piensan en los votos
del Santo Bautismo y viven un libertinaje propio de paganos –como si a nada se
hubieran comprometido con Dios–, es que no llevan ninguna señal exterior que
les recuerde todo esto.
Para mostrar que no
nos avergonzamos de la esclavitud y servidumbre de Jesucristo y que renunciamos
a la esclavitud funesta del mundo, del pecado y del demonio.
Para liberarnos y preservarnos de las cadenas
del pecado y del infierno. Porque es preciso que llevemos las cadenas de la
iniquidad o las del amor y de la salvación[1] .
¡Hermano Rompamos las cadenas de lospecados y
de los pecadores, del mundo y de los mundanos, del demonio y de sus secuaces.
Arrojemos lejos de nosotros su yugo funesto:
¡Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo! . Mete los pies en su cepo –para
usar el lenguaje del Espíritu Santo– y ofrece el cuello a su yugo (BenS 6,25).
Inclinemos nuestros hombros y tomemos a cuestas la Sabiduría, que es
Jesucristo: Arrima el hombro para cargar
con ella y no te irrites con sus cadenas (BenS 6,26).
Toma nota de que el Espíritu Santo, antes de
pronunciar estas palabras, prepara el alma a fin de que no rechace tan
importante consejo, diciendo: Escucha,
hijo mío, mi opinión y no rechaces mi consejo .
No lleves a mal, amigo, que
me una al Espíritu Santopara darte el mismo consejo: Sus ataduras son una venda saludable . Como Jesucristo en la cruz
debe atraerlo todo hacia Él , de grado o por fuerza, atraerá a los réprobos con
las cadenas de sus pecados para encadenarlos, a manera de presidiarios y
demonios, a su ira eterna y a su justicia vengadora; mientras atraerá
-particularmente en estos últimos tiempos- a los predestinados con las cadenas
de amor: Atraeré a todos hacia mí ; Los
atraeré con cadenas de amor .
Estos esclavos de amor de Jesucristo o encadenados de Jesucristo pueden llevar sus cadenas al cuello, en los
brazos, en la cintura o en los pies.
Profesarán singular
devoción al granmisterio de la encarnación del Verbo, el 25 de marzo. Este es,
en efecto, el misterio propio de esta devoción, puesto que ha sido inspirada
por el Espíritu Santo: 1o para honrar e imitar la dependencia inefable que Dios Hijo quiso tener
respecto a María para gloria del Padre y para nuestra salvación. Dependencia
que se manifiesta de modo especial en este misterio, en el que Jesucristo se
halla prisionero y esclavo en el seno de la excelsa María, en donde depende de
Ella en todo y para todo; 2o para agradecer a Dios las gracias incomparables que otorgó a María, y
especialmente el haberla escogido por su dignísima Madre; elección realizada
precisamente en este misterio. Estos son los fines principales de la esclavitud
de Jesús en María.
Observa
que digo ordinariamente: el esclavo de
Jesús en María, la esclavitud de Jesús en María. En verdad, se puede decir,
como muchos lo han hecho hasta ahora: el
esclavo de María, la esclavitud de la Santísima Virgen. Pero creo que es
preferible decir: el esclavo de Jesús en María, como lo aconsejó el Sr. Tronsón[2] , superior general del seminario de San Sulpicio, renombrado por su
rara prudencia y su consumada piedad, a un clérigo que le consultó sobre este
particular. Las razones son éstas:
Vivimos en un siglo orgulloso, en el que
grannúmero de sabios engreídos, presumidos y críticos hallan siempre algo que
censurar hasta en las prácticas de piedad mejor fundadas y más sólidas. Por
tanto, a fin de no darles, sin necesidad, ocasión de crítica, vale más decir: la esclavitud de Jesucristo en María y
llamarse esclavo de Jesucristo que
esclavo de María, tomando el nombre de esta devoción preferiblemente de su fin
último, que es Jesucristo, y no de María, que es el camino y medio para llegar
a la meta. Sin embargo, se puede, en verdad, emplear una u otra expresión, como
yo lo hago. Por ejemplo, un hombre que viaja de Orleáns a Tours, pasando por
Amboise, puede muy bien decir que va a Amboise y que viaja a Tours, con la
diferencia, sin embargo, de que Amboise no es más que el camino para llegar a
Tours y que Tours es la meta y término de su viaje.
El principal misterio que se honra y celebra
en estadevoción es el misterio de la encarnación. En él Jesucristo se halla
presente y encarnado en el seno de María. Por ello es mejor decir la esclavitud de Jesús en María, de
Jesús que reside y reina en María, según aquella hermosa plegaria de tantas y
tan excelentes almas: “¡Oh Jesús, que vives en María, ven a vivir en nosotros
con tu espíritu de santidad!, etc.”
Esta manera de hablar
manifiesta mejor la unióníntima que hay entre Jesús y María. Ellos se hallan
tan íntimamente unidos, que el uno está totalmente en el otro: Jesús está todo
en María, y María toda en Jesús; o mejor, no vive Ella, sino sólo Jesús en Ella.
Antes separaríamos la luz del sol que a María de Jesús. De suerte que a Nuestro
Señor se le puede llamar Jesús de María, y a la Santísima Virgen, María de Jesús.
El tiempo no me
permite detenerme aquí para explicarlas excelencias y grandezas del misterio de
Jesús que vive y reina en María, es decir, de la encarnación del Verbo. Me
contentaré con decir en dos palabras que éste es el primer misterio de
Jesucristo, el más oculto, el más elevado y menos conocido; que en este
misterio, Jesús en el seno de María -al que por ello denominan los santos la sala de los secretos de Dios[3] escogió, de acuerdo con Ella, a todos los elegidos; que en este
misterio realizó ya todos los demás misterios de su vida, por la aceptación que
hizo de ellos: Por eso, al entrar en el
mundo, dice él: “Aquí estoy yo para realizar tu designio...” ; que este
misterio es, por consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y
encierra la voluntad y la gracia de todos ellos; y, por último, que este
misterio es el trono de la misericordia, generosidad y gloria de Dios.
Es el trono de la misericordia divina con
nosotros, porque, dado que no podemos acercarnos a Jesús sino por María, no
podemos ver a Jesús ni hablarle sino por medio de Ella. Ahora bien, Jesús, que
siempre complace a su querida Madre, otorga siempre allí su gracia y
misericordia a los pobres pecadores. Acerquémonos,
por tanto, confiadamente al trono de la gracia.
Es el trono de su generosidad con María,
porque mientras Jesús, nuevo Adán, permaneció en María –su verdadero paraíso
terrestre–, realizó en él ocultamente tantas maravillas, que ni los ángeles ni
los hombres alcanzan a comprenderlas; por ello, los santos llaman a María la magnificencia de Dios[4], como
si Dios sólo fuera magnífico en María .
Es el trono de la gloria que Jesús tributa al
Padre, porque en María aplacó Él perfectamente a su Padre, irritado contra los
hombres; en Ella reparó perfectamente la gloria que el pecado le había
arrebatado; en Ella, por el holocausto que ofreció de su voluntad y de sí
mismo, dio al Padre más gloria que la que le habían dado todos los sacrificios
de la ley antigua; y, finalmente, en Ella le dio una gloria infinita, que jamás
había recibido del hombre.
Recitación del Avemaría y del Rosario
Quinta práctica.
Tendrán gran devoción a la recitacióndel avemaría
o salutación angélica, cuyo valor, mérito, excelencia y necesidad apenas
conocen los cristianos, aun los mas instruidos. Ha sido necesario que la
Santísima Virgen se haya aparecido muchas veces a grandes y muy esclarecidos
santos –como Santo Domingo, San Juan de Capistrano o el Beato Alano de la Rupe–
para manifestarles por si misma el valor del
avemaría. Ellos escribieron libros enteros sobre las maravillas y eficacia
de esta oración para convertir las almas. Proclamaron a voces y predicaron
públicamente que, habiendo comenzado la salvación del mundo por el avemaría, a esta oración está vinculada
también la salvación de cada uno en particular; que esta oración hizo que la
tierra seca y estéril produjese el fruto de la vida, y que, por tanto, esta
oración, bien rezada, hará germinar en nuestras almas la Palabra de Dios y
producir el fruto de vida, Jesucristo; que el avemaría es un rocío celestial que riega la tierra, es decir, el
alma, para hacerle producir fruto en tiempo oportuno, y que un alma que no es
regada por esta oración celestial no produce fruto, sino malezas y espinas y
está muy cerca de recibir la maldición.
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Esto es lo que la Santísima
Virgen reveló al Beato Alanode la Rupe, como se lee en su libro De dignitate Rosarii y luego en
Cartagena: “Sabe, hijo mío, y hazlo conocer a todos, que es señal probable y
próxima de condenación eterna el tener aversión, tibieza y negligencia a la
recitación de la salutación angélica, que trajo la salvación a todo el mundo”.
Palabras tan consoladoras y terribles a la vez, tanto que nos resistiríamos a
creerlas si no las garantizara la santidad de este santo varón y la de Santo
Domingo antes que él, y después, la de muchos grandes personajes, junto con la
experiencia de muchos siglos. Pues siempre se ha observado que los que llevan
la señal de la reprobación -como los herejes, impíos, orgullos y mundanos-
odian y desprecian el avemaría y el
rosario.
Los herejes aprenden a rezar el padrenuestro, pero no el avemaría ni el rosario. A éste lo
consideran con horror. Antes llevarían consigo una serpiente que una camándula.
Asimismo, los orgullosos, aunque católicos, teniendo como tienen las mismas
inclinaciones que su padre, Lucifer, desprecian o miran con indiferencia el avemaría y consideran el rosario como
devoción de mujercillas, sólo buena para ignorantes y analfabetos. Por el
contrario, la experiencia enseña que quienes manifiestan grandes señales de predestinación
estiman y rezan con gusto y placer el avemaría,
y cuanto más unidos viven a Dios, más aprecian esta oración. La Santísima
Virgen lo decía al Beato Alano a continuación de las palabras antes citadas.
No sé cómo ni por qué, pero es real; no tengo mejorsecreto para conocer si una persona es de Dios que observar si gusta de rezar el avemaría y el rosario. Digo “si gusta” porque puede suceder que una persona esté natural o sobrenaturalmente imposibilitada de rezarlos, pero siempre los estima y recomienda a otro.

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