El recurso a los magos, cuya actuación queda enmascarada bajo el equívoco nombre de magia blanca (que consiste siempre en recurrir al demonio), para que hagan otro maleficio que anule un maleficio anterior, no puede más que agravar el mal. El Evangelio nos habla de un demonio que sale de un alma para volver a continuación con otros siete demonios, peores que él.
Es lo que sucede cuando se recurre a los magos. Damos tres ejemplos significativos de ello, que he experimentado repetidas veces.
Primer ejemplo. Uno comienza a advertir dolores físicos. Prueba con varios médicos y medicinas pero el dolor aumenta en vez de desaparecer; no se descubre su causa. Acude entonces a un mago, o a un cartomántico dedicado a la magia, y le dicen: «Usted tiene un hechizo. Si quiere se lo quito. Me conformo con un millón de liras.» El otro se lo piensa primero y luego se decide y paga. Acaso se le pide una foto, una prenda íntima o un mechón de pelo. Después de algunos días, la persona se siente totalmente curada y está muy contenta de cómo ha gastado ese millón. Es el demonio que se ha ido. Al cabo de un año reaparecen aquellos trastornos. El pobrecillo reanuda el recorrido de médicos, pero las medicinas resultan impotentes, mientras que el mal va en aumento. Es el demonio que ha vuelto con otros siete peores que él. En el colmo de la resignación, el paciente piensa: «Aquel mago me cobró un millón, pero me quitó el mal»; y así vuelve a verle sin darse cuenta de que ha sido precisamente él quien le ha causado el agravamiento del mal.
Y le dicen: «Esta vez le han echado un hechizo mucho mayor. Si quiere se lo quito y a usted sólo le pido cinco millones de liras; a otro le pediría el doble.» Y vuelta a empezar. Si finalmente la víctima se confía a un exorcista, además del pequeño mal inicial hay que liberarla del mal mayor provocado por el mago.
Segundo ejemplo. Igual que antes: el enfermo paga, es curado por el mago, y continúa curado. Pero, a cambio, el mal pasa a su mujer, a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, por lo cual el daño permanece pero multiplicado (también bajo la forma de obstinado ateísmo, de una vida de pecado, de accidentes de coche, de infortunios, depresiones.
Tercer ejemplo. También aquí, la misma situación que antes. La persona es curada por el mago y la curación perdura.
Pero Dios había permitido aquel mal para que aquella persona expiase sus pecados, para que volviese a una vida de oración y de frecuentación de la Iglesia y los sacramentos. El objetivo de aquel mal era lograr grandes frutos espirituales para la salvación del alma. Con la curación realizada por la intervención del demonio, que conocía perfectamente estos fines, el objetivo bueno ligado a aquel mal se esfumó.
Debemos tener bien presente que Dios permite el mal para conseguir el bien; permite la cruz sólo porque a través de ella llegamos al cielo. Esta verdad es evidente, por ejemplo, en las personas dotadas de particulares carismas que a menudo están afectadas por sufrimientos por cuya curación no se debe rezar. Todos recordamos al padre Pio, que durante cincuenta años soportó el dolor lacerante de los cinco estigmas; pero nadie pensó en rezar al Señor para que se los quitara: estaba demasiado claro que aquello era obra de Dios, y que perseguía grandes fines espirituales. El demonio es fino; ¡con mucho gusto habría querido que el padre Pio no llevara impresos en la carne los signos de la Pasión! Naturalmente, el caso es distinto si es el demonio quien Provoca los estigmas y suscita falsos místicos.
Es un asunto amplísimo, tratado en tantos volúmenes que ocuparían una biblioteca y cuya práctica se encuentra en toda la historia humana y entre todos los pueblos. Incluso hoy son muchas las personas que caen en las asechanzas de la magia. También son muchos los sacerdotes que infravaloran sus peligros: confiados, con razón, en la potencia salvadora de Cristo, que se sacrificó para liberarnos de los lazos de Satanás, no tienen en consideración que el Señor nunca nos ha dicho que menospreciemos la potencia del demonio, nunca ha dicho que lo desafiemos o que dejemos de combatirlo. En cambio, ha concedido el poder de expulsarlo y ha hablado de la incesante lucha con él, que nos pone a prueba (el mismo Jesús se sometió a las tentaciones del maligno); nos ha dicho con claridad que no se puede servir a dos amos.
La Biblia nos asombra por la frecuencia con que habla contra la magia y los magos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así nos pone en guardia; porque una de las formas más habituales que el demonio usa para atar a sí al hombre y para embrutecerle es la magia, la superstición, todo lo que rinde un culto directo o indirecto a Satanás. Los que actúan usando la magia creen que pueden manipular a fuerzas superiores que, en realidad, se sirven de ellos.
Los brujos se creen dueños del bien y del mal. Los espiritistas y los médiums se prodigan en la invocación de los espíritus superiores o de los espíritus de los difuntos; en realidad, sin darse cuenta, se han entregado en cuerpo y alma a fuerzas demoníacas, las cuales se sirven de ellos siempre con una finalidad destructiva, aunque ésta no se manifiesta inmediatamente. El hombre distanciado de Dios es pobre e infeliz; no logra comprender el significado de la vida y aún menos el de las dificultades, el dolor y la muerte. Desea la felicidad como la propone el mundo: riqueza, poder, bienestar, amor, placer, admiración... Y parece como si el demonio le dijera: «Yo te daré todo esto, porque está en mi poder y lo daré a quien quiera dárselo. Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo» (Lc. 4, 6-7).
Así vemos a jóvenes y viejos, mujeres, obreros, profesionales, políticos, actores, curiosos, en busca de la «verdad» sobre su futuro. Es una multitud que encuentra bien dispuesta a otra: magos, adivinos, astrólogos, cartománticos, pranoterapeutas, médiums o videntes de todo orden, a los que acuden por casualidad, o por esperanza, o por desesperación, o para probar; algunos quedan afectados, otros atados, otros más entran en los círculos cerrados de las sectas.
Pero ¿qué hay detrás de todo esto? Los ignorantes creen que es sólo superstición, curiosidad, ficción o fraude; de hecho, relacionado con ello se mueve un gran volumen de negocios. Pero en la mayoría de casos la realidad es otra. La magia no es solamente una vana creencia, algo carente de todo fundamento. Es un recurso a las fuerzas demoníacas para influir en el curso de los acontecimientos y sobre los demás en beneficio propio.
Esta forma desviada de religiosidad, que era típica de los pueblos primitivos, se ha prolongado en el tiempo y existe en todos los países con las distintas religiones. Aunque en formas distintas, el resultado es idéntico: alejar al hombre de Dios y arrastrarle al pecado, a la muerte interior.
La magia es de dos clases: imitativa y contagiosa. La magia imitativa se basa en el criterio de la similitud en la forma y el procedimiento, fundándose en el principio de que todo semejante genera su semejante. Un muñeco representará a la persona a la que se quiere perjudicar y, después de las oportunas «plegarias rituales», clavando agujas en el cuerpo del fantoche, se afectará a la persona a la que éste representa, la cual sufrirá dolores o enfermedades en los puntos del cuerpo atravesados por las agujas. La magia contagiosa se basa en el principio del contacto físico o contagio. Para influir sobre una persona, el mago necesita algo que le pertenezca: cabellos, uñas, pelos o vestidos; también una fotografía, mejor si es de cuerpo entero, pero siempre con el rostro descubierto. Una parte representa al todo; lo que se haga en aquella parte influirá sobre el indivi- duo entero. El mago realizará su labor con las fórmulas o rituales apropiados en tiempos determinados del año y del día, con la intervención de los espíritus a los que él invoca para dar eficacia a su obra. Hemos tratado estos temas al hablar de los hechizos; pero la magia abarca un campo mucho más amplio que los simples hechizos, y más vasto que el maleficio.
En uno de los rituales de iniciación a la magia negra usados por los magos de la isla de Cabo Verde se afirma que el escogido encontrará ante sí, en un momento determinado del rito, un espejo en el que se le aparecerá Satanás para concederle «los poderes», poniendo en sus manos las armas que deberá emplear. Las armas que tiene el cristiano contra el «león rugiente» son la verdad, la justicia, la fe y la espada de doble filo de la palabra de Dios. El mago, en cambio, dispondrá de una espada verdadera para atacar a los hombres; tendrá poderes de destrucción, de maldición, de videncia, de previsión, de desdoblamiento, de curación y otros más, según el mal que sea capaz de hacer, según cómo consiga obstaculizar los planes de Dios y según lo que esté en condiciones de ofrecer al demonio: además de a sí mismo, puede ofrecer a sus hijos y también a otras personas, más o menos ignorantes, de las que se dirigen a él. El resultado para la víctima es que, como mínimo, adquirirá una terrible aversión a todo lo sagrado (oraciones, iglesias, imágenes sagradas...), con la añadidura de otros males diversos.
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