María ansía salvar al pecador

 


San Basilio anima así a los pecadores: “No desconfíes, pecador; recurre en todas tus necesidades a María; llámala en tu socorro, que la encontrarás siempre preparada a socorrerte, porque es voluntad de Dios que nos auxilie en todas las necesidades. Esta madre de misericordia tiene tal deseo de salvar a los pecadores más perdidos, que ella misma los va buscando para auxiliarlos; y si acuden a ella encuentra muy bien el modo de hacerlos queridos de Dios”.

Deseando Isaac comer un plato de venado, le pidió a Esaú que se lo cazara y que luego le daría su bendición. Queriendo Rebeca que la bendición del patriarca recayera sobre su otro hijo, Jacob, le dijo: “Anda, hijo mío, al ganado y tráeme dos de los mejores cabritos, para que yo los guise para tu padre del modo que le gusta” .

 Dice san Antonio que Rebeca fue figura de María que dice a los ángeles: “Traedme pecadores (figurados los cabritillas), que yo los prepararé de manera (con el dolor y el propósito) que sean agradables y queridos para mi Señor”. Y el abad Francón, siguiendo la misma metáfora, dice que María de tal modo adereza a estos cabritillos, que no sólo igualan, sino que a veces superan el sabor de los venados.

Reveló la santísima Virgen a santa Brígida que no hay pecador tan enemigo de Dios que si recurre a ella y la invoca en su ayuda no vuelva a Dios y recupere su gracia. La misma santa un día oyó a Jesús que decía a su Madre que hasta sería capaz de obtener la divina gracia para Lucifer si él pudiera humillarse a pedir su ayuda. Aquel espíritu soberbio jamás será humilde como para implorar la protección de María, pero si (por un imposible) se abajase a pedírsela, María, con sus plegarias, tendría la piedad y el poder de obtenerle de Dios el perdón y la salvación. Mas lo que es imposible que suceda con el demonio, sucede perfectamente con los pecadores que acuden a esta madre de piedad.

El arca de Noé fue figura de María, porque así como en ella encuentran refugio todos los animales, así, bajo el manto de la protección de María, se resguardan todos los pecadores, que por sus vicios y deshonestidades son semejantes a los brutos animales. Pero con esta diferencia, dice un autor: que entraron animales en el arca, y del arca animales salieron. El lobo quedó lobo, y el tigre, tigre. Pero bajo la protección de María el lobo se convierte en cordero y el tigre se vuelve paloma. Santa Gertrudis vio a María con el manto extendido, bajo el cual se refugiaban fieras diversas, como leopardos, osos y leones; y vio que la Virgen no sólo no los ahuyentaba, sino que, por el contrario, con su bondadosa mano dulcemente los acogía y los acariciaba. Y comprendió la santa que esas fieras representaban a los pobres pecadores que recurren a María y que ella los acoge con dulzura y amor.

María garantiza nuestra salvación

Mucha razón tuvo san Bernardo al decirle a la Virgen: “Señora, tú no aborreces a ningún pecador, por sucio y abominable que parezca; si él te pide socorro, tú no te desdeñas de extender tu compasiva mano y sacarlo del fondo de la desesperación”. ¡Sea por siempre bendecido y agradecido nuestro Dios, oh María la más amable, porque te has hecho tan dulce y bondadosa hasta para con los más miserable pecadores! ¡Desdichado el que no te ama y que pudiendo acudir a ti en ti no confía! Se pierde el que no acude a María; pero ¿cuándo se perdió jamás quien le pidió socorro?

Refiere la Sagrada Escritura que Booz quiso que Ruth pudiera recoger las espigas que dejaban los segadores (Rt 2, 3). Y explica san Buenaventura: “Ruth halló gracia a los ojos de Booz y María halló la gracia ante Dios de recoger la espigas, es decir, las almas que se escapaban de las manos de los segadores para conseguirles el perdón”. Y esos segadores son los propagadores del Evangelio, los misioneros, predicadores y confesores que, con sus trabajos, todo el día andan recogiendo y conquistando almas para Dios. Pero hay almas rebeldes y endurecidas que quedan en el campo abandonadas. Sólo María puede salvarlas con su potente intercesión. ¡Pobres las que ni de esta Señora se dejan recoger! ¡Quedarán perdidas e infelices para siempre! ¡Bienaventurado, en cambio, el que recurre a esta buena Madre! No hay en el mundo, dice el beato Blosio, pecador tan perdido y enfangado que sea aborrecido y desechado por María, porque si éste va a pedirle ayuda, ella sabrá y podrá muy bien reconciliarlo con el Hijo y conseguirle el perdón.

Con razón, por tanto, mi Reina dulcísima, te saluda san Juan Damasceno y te llama esperanza de los desesperados. Con razón san Lorenzo Justiniano te llama esperanza de los malhechores; san Agustín única esperanza de los pecadores; san Efrén, puerto seguro de los que naufragan, y el mismo santo llega a llamarte hasta protectora de los condenados. Con razón, finalmente, exhorta san Bernardo a los mismos desesperados a que no se desesperen, y lleno de ternura hacia su amada Madre le dice: “Señora, ¿quién no tendrá confianza en ti si socorres hasta a los desesperados? No dudo lo más mínimo en decir que siempre que acudamos a ti obtendremos lo que queremos. ¡Espere en ti el que desespera!”

Cuenta san Antonio que estando un hombre en desgracia de Dios le pareció hallarse de pronto ante el tribunal de Jesucristo; el demonio lo acusaba y María lo defendía. El enemigo presentó en contra del reo la voluminosa cuenta de sus pecados, que puestos en la balanza de la justicia divina pesaban mucho más que todas las buenas obras; pero ¿qué hizo su magnífica abogada? Extendió su dulce mano, la puso sobre el otro platillo y lo inclinó a favor de su devoto. Así le hizo comprender que ella le obtenía el perdón si cambiaba de vida, cosa que, en efecto, realizó aquel pecador convirtiéndose a una santa vida.


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