Cinco
heridas le hicieron a Jesús en sus manos y pies y costado en la cruz, pero
antes tuvo que sufrir también cinco dolorosos tormentos que conviene meditar de
vez cuando.
El tormento de la angustia. Tres horas duró
este martirio de Jesús en el Huerto de los Olivos. Él quiso padecer en su
propia persona lo espantoso que es el sufrimiento de la depresión, de la
tristeza, de la preocupación. Como tenía que ser el consolador de todos los que
tuvieran que pasar por estos espantables tormentos del alma, los padeció
primero, para que no haya pena ni angustia que nosotros padezcamos que Él no la
haya sufrido primero. Dice la Sagrada Escritura que sufriendo aprendió a
comprender a los que sufrimos. De muy pocas personas se cuenta en la historia
que hayan tenido una angustia tan espantosa que les haya hecho sudar sangre. Y
Jesús la sufrió. En los momentos de tristeza y de depresión pensemos que
también, Nuestro Salvador pasó por estos padecimientos y en vez de
desesperarnos hagamos lo que hizo Él: oremos con confianza al Padre, y seremos
consolados por su gran bondad. San Ignacio dice: "recordemos que Jesús en
el Huerto, mientras más grandes eran sus sufrimientos, más y más oraba. Imitémoslo
en eso también".
El tormento de las humillaciones. Cuando a media noche del
Jueves Santo, Judas lo entregó dándole un
beso, empezaron para
Jesús las horas más humillantes de toda su
vida. Un soldado de Caifás le dio un terribilísimo puñetazo en la cara por
haber dado una franca respuesta. Luego fueron pasando senadores, soldados y
chusma de toda clase a darle puñetazos y a escupirle en la cara. En las horas
de la mañana Herodes lo hizo vestir de loco y así lo pasearon por las calles.
Los soldados lo coronaron como rey de burlas y vendándole los ojos le daban
puñetazos y le decían: "¿Adivine quién le pegó?". Pilatos puso al
pueblo a escoger a quién preferían si a Jesús o al bandido Barrabás y el
populacho dirigido por escribas y fariseos prefirió a Barrabás. Y al
crucificarlo lo colocaron en medio de dos ladrones... Es que Jesús quería
sufrir toda la amargura de las más espantosas humillaciones. Al contemplar
estos hechos admirables sintamos el deseo de aceptar como Él y por amor a Dios
y a las almas, las humillaciones que Dios permita que nos lleguen.
El
martirio de las injusticias. Jesús soportó en su Sagrada Pasión las mayores
injusticias. Caifás y los demás senadores llevaron un montón de testigos falsos
que inventaban mentiras y que se contradecían unos a otros, y sin permitir
defensa alguna condenaron a Jesús a pena de muerte. Pilatos declaró que no
encontraba razón alguna para condenarlo, y sin embrago lo condenó a muerte de
cruz. Dijo que Jesús era justo y santo pero lo mandó azotar como si fuera un
criminal. Soltaron a Barrabás que había cometido un homicidio, y en cambio a
Jesús que no había cometido ni la más mínima falta lo llevaron a crucificar. Y
todo eso por nuestros pecados. Porque nosotros juzgamos y condenamos a otros
injustamente. Y para enseñarnos a sufrir con paciencia cuando los demás sean
injustos en juzgarnos a nosotros.
El martirio de la crueldad. Le dieron
bofetones. Y el Evangelio emplea para ello una palabra que significa
"golpes como para despellejar". Lo azotaron con unos fuetes de
correas afiladas, que tenían en los extremos pedacitos de plomo o de huesos. Le
clavaron en su sensibilísima cabeza una corona de muy agudas espinas que
traspasaron dolorosamente su piel. Todo su cuerpo fue destrozado en su
dolorosísima Pasión, y todo esto, para pedir perdón al Padre Dios por los
pecados que cometemos dando gusto a las pasiones desordenadas de nuestro
cuerpo, y para enseñarnos que debemos hacer algún sacrificio de vez en cuando
para dominar las malas inclinaciones de nuestra carne.
El
martirio de la cruz. Pensemos en los dolores que sufrió cuando al llegar al
Calvario le arrancaron su túnica que estaba pegada a la sangre que había
derramado en la flagelación y así le arrancaron partes de su piel, con gran
dolor. Pensemos en aquellos martillazos que fueron dando en los clavos de sus
manos y de sus pies, y cómo Él "con gran clamor y muchas lágrimas clamaba
al Padre Dios" . Taladraron sus manos y sus pies y se podían contar sus
huesos (Salmo 21). Al meditar en los dolores tan intensos que en aquellas horas
de la cruz sufrió en las heridas de sus manos y de sus pies, excitemos nuestro
corazón a amar más y más a tan buen Redentor que ha derramado hasta la última
gota de su sangre para salvarnos. Preguntémosle: "¿Por quién sufres buen
Jesús?", y Él nos responderá: "Por tus pecados, por salvarte, por
llevarte al cielo". Y digámosle que lo amamos, que le damos gracias, que
queremos morir antes que volver a ofenderlo con el pecado. Al meditar en Jesús
crucificado hagamos actos de arrepentimiento por haberlo ofendido, y propósitos
de enmendar nuestra vida de ahora en adelante. Un arrepentimiento que no
provenga de la meditación en la Pasión y Muerte de Cristo, es un
arrepentimiento que poco logrará que se obtenga la conversión.
Sintamos consuelo y esperanza al pensar que
Cristo Jesús con su muerte pagó nuestros pecados, aplacó la justa irá de
Dios y abrió para nosotros las puertas
del Paraíso Eterno. Pensemos que la mejor consecuencia que podemos obtener de
la meditación en la sagrada Pasión de Jesucristo es adquirir un odio total al
pecado, una repugnancia absoluta hacia todo lo que sea ofensa de Dios y un
deseo intenso de luchar contra todas aquellas pasiones y malas inclinaciones
que nos conducen a cometer faltas y desagradar a nuestro Salvador.
Pensemos: Jesucristo, el Hijo de Dios, el
Creador y dueño de todo lo que existe aceptó con paciencia esta muerte tan
ignominiosa a manos de sus creaturas, ¿y yo no voy a aceptar que las gentes me
ofendan, me humillen y me traten mal? Jesús padeció tan espantosas angustias,
con tal de salvarnos, ¿y yo no aceptaré las penas de cada día con tal de
ayudarle a salvar almas? ¿Qué haré yo para demostrar mi gratitud a este gran
amigo que tan enormes sacrificios ha hecho por conseguir mi salvación?
LOS FRUTOS
QUE PODEMOS OBTENER DE LA MEDITACIÓN EN LA CRUZ Y EN LAS VIRTUDES DE JESUCRISTO
Lo primero que podemos obtener al meditar en
la cruz y en las virtudes de nuestro Salvadores un profundo arrepentimiento de
nuestros pecados que fueron los que ocasionaron su Pasión y su Muerte, un deseo
grande de desagraviarlo por las ofensas que le hemos hecho y un esfuerzo
continuo por conseguir la conversión de los pecadores.
Lo segundo que debemos hacer al meditar en la
pasión y cruz del Redentor es pedirle confiadamente perdón de todas nuestras
faltas, convencidos de que fue por obtenernos el perdón que sufrió tan atroces
tormentos. Al recordarlos deberíamos sentir un verdadero odio y asco hacia
nuestras maldades, y un gran amor hacia quien tanto ha sufrido por salvarnos.
Lo tercero debe ser esforzarnos con toda la
voluntad en alejar del corazón y sofocar en nuestra vida las indebidas
inclinaciones que nos llevan al pecado. Lo cuarto que nos propongamos imitar
las admirables virtudes de Jesús, el cual según dice san Pedro "sufrió por
nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" .
UN MODO PRÁCTICO PARA HACER CON
FRUTO ESTA
MEDITACIÓN
Recordemos un método que produce buenos
frutos cuando se hace la meditación acerca de este tema tan importante.
Consiste en cuatro puntos:
1o
Pensar en lo que hacía Jesucristo mirando hacia el Padre Dios mientras sufría.
2o
Meditar en lo que hacía el Padre Dios mientras su Hijo padecía en la cruz.
3o
Pensar en lo que sentía Jesús hacia nosotros mientras padecía su Sagrada
Pasión.
°
Meditar en lo que nosotros debemos hacer por el que tanto sufrió por salvarnos.
Jesús,
mientras sufría en la cruz elevar su mente hacía su Padre, hacia la Divinidad
infinita de quien dijo el profeta Isaías: "Todas las naciones son ante él
como una gótica de agua, y las islas más grandes parecen un granito de polvo, y
toda la tierra es como nada ante Él" y le ofrecía a la santidad de Dios todos sus
padecimientos en el desagravio por las infidelidades, las injurias y los
desprecios de todas las creaturas humanas y le daba gracias por sus infinitos
favores y pedía que a los humanos concediera la gracia de lograr agradar al
Creador y obedecerle.
2° El Padre Dios desde el cielo miraba con
gran satisfacción el amor inmenso de su Hijo, que se ofrecía con tan enorme
generosidad para pagar ante la Justicia Divina los pecados de todos los
descendientes de Adán. El Libro de Génesis dice que Dios al contemplar desde el
cielo la gran maldad de la gente "se arrepintió de haber creado a los
seres humanos"
Pero después al ver en la cruz ofrecerse con
tan infinito cariño para pagar las maldades de toda la humanidad, el Padre Dios
sintió verdadera alegría de haber creado a la a creatura humana, porque en éste
su Hijo Preferido encontraba todas sus complacencias y abrió Dios de nuevo las
Puertas del Paraíso Eterno que estaban cerradas desde que Adán y Eva se
revolucionaron contra su Creador, y en adelante por parte de Dios ya no hay
impedimento alguno para que sus hijos de la tierra vayamos a su gozo del cielo.
Basta que queramos ir y que cumplamos su santa ley, pues por su parte, con el
sacrificio de Cristo ha quedado totalmente aplacada la Justicia Divina y
amistado el Creador con sus creaturas tan débiles y rebeldes.
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