La santísima Virgen la consolaba y le mitigaba los ardores de la fiebre.

 


una devota viuda de Willembrock que sufría alta fiebre. La santísima Virgen la consolaba y le mitigaba los ardores de la fiebre. Estando para morir san Juan de Dios, esperaba la visita de María, de la que era tan gran devoto; pero no viéndola aún, se sentía afligido y se le quejaba. Mas en el momento oportuno se le apareció la Madre de Dios, y casi reprendiéndole de su poca confianza le dijo estas tiernas palabras que deben animar a todos los devotos de María: “Juan, no es mi manera de proceder abandonar a mis devotos en este trance”. Como si dijese: “Juan, hijo mío, ¿qué pensabas? ¿Qué yo te había abandonado? ¿No sabes que yo no puedo abandonar a mis devotos en la hora de la muerte? No vine antes porque no era el tiempo oportuno; ahora que lo es, aquí me tienes para llevarte. ¡Ven conmigo al paraíso!” Poco después expiró el santo, entrando en el cielo para agradecer eternamente a su amantísima Reina.

 

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