Imaginemos qué sentía Jesús hacia nosotros
mientras sufría su martirio en la Sagrada Pasión. Nos veía tan débiles, tan mal
inclinados, tan atrozmente atacados por el mundo, el demonio y las pasiones de
la carne, tan espantosamente inclinados hacia el mal desde que nuestros
primeros padres perdieron la amistad de Dios en el Paraíso Terrenal. Veía los
grandes peligros de condenarnos que íbamos a tener siempre. Observaba
claramente la espantosa fealdad de nuestros pecados y la gravedad de nuestras
faltas. Sabía perfectamente que "Dios perdona pero no deja sin sanción
ninguna falta" y que por tanto las consecuencias de cada pecado son
dolorosas y dañinas. Y comprendía también que sin la ayuda del poder divino
somos totalmente incapaces de convertirnos y de mantenernos en la amistad con
Dios. Por eso durante su Sagrada Pasión oraba por nosotros. Pedía perdón por
todas las culpas de los pecadores y borraba con su Santísima Sangre la
sentencia de condenación que deberíamos haber recibido por los pecados.
San Pablo dice en bellísima comparación que:
"Jesús tomó la factura de nuestros pecados y de nuestras deudas para con
Dios, la lavó con su sangre y la colgó en la cruz como algo ya cancelado" Durante su Pasión estuvo orando por nosotros
los pecadores. ¡Bendito sea!
Pensemos ahora qué debemos hacer por el que
tanto sufrió por salvarnos. Amor con amor se paga. ¿Qué será lo que Jesucristo
quiere que ofrezcamos en respuesta a todo lo que sufrió por redimirnos? ¿Será
que aceptamos con alegría y con paciencia la cruz de sufrimientos que Dios
permite que nos llegue cada día y así le ayude a salvar pecadores, y
disminuyamos las penas que nos esperan para el purgatorio? ¿Será que luchemos
un poco más por evitar esos pecados que tanto desagradan a la Divinidad? ¿Será
que nos sacrifiquemos más generosamente por los demás, a imitación del Salvador
que dio su vida por redimirnos? Consideremos la cruz de Jesús como un libro
abierto en el cual debemos leer y aprender todos los días de nuestra vida. En
la vida de san Francisco de Asís se cuenta que ya moribundo decía:
"Tráiganme mi libro". Le llevaron varios libros más, pero él ya ciego
los rechazaba. Al fin le acercaron su crucifijo, y entonces llenándolo de besos
en sus manos, en sus pies, en sus heridas del costado y en su corona de
espinas, repetía gozoso: "En este libro aprendí a amar a mi
Redentor". Y murió diciendo al Salvador que lo amaba con todo su corazón.
Miremos a Cristo clavado en la cruz y recordemos cuánto nos ha amado, y en
cambio digámosle muchas veces: "Te amo Jesús. Señor Tú sabes que te amo.
Oh buen Jesús: que te ame mucho más. Que todos te amemos siempre más y
más".
Peligro. Puede suceder que nos ocupemos
durante buenos ratos en meditar en lo que Jesús sufrió en la cruz, y el modo
como sufrió, pero que después cuando nos lleguen penas, sufrimientos y
contradicciones, nos dediquemos a renegar y maldecir, como si no hubiéramos
jamás pensado en la cruz del Salvador. Entonces nos sucedería como a aquellos
militares que ante sus jefes juran y prometen defender la bandera de la patria,
pero apenas aparece el enemigo a atacarlos, salen huyendo y abandonan el campo
de batalla. Qué triste sería que después de haber contemplado en la cruz de
Cristo, como en un espejo, el modo como debemos sufrir, después cuando se nos
presente la ocasión de padecer algo, se nos olvide todo y en vez de imitar al
Salvador nos dejemos dominar por la impaciencia y el desánimo. A Jesús
crucificado pidámosle que nos conceda la gracia de saber sufrir con paciencia y
valor como sufrió Él por la salvación del mundo.
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