San Juan Bosco murió la madrugada del 31 de enero de 1888 en Turín. Durante tres días, la ciudad piamontesa desfiló ante su capilla ardiente, a cuyo entierro acudieron más de trescientos mil fieles. Fue beatificado en 1929 y canonizado en 1934, durante el pontificado d para su canonización se presentaron seiscientos cincuenta milagros obrados por él. Su festividad se conmemora el día de su fallecimiento, el 31 de enero.busca de socorros y las necesidades se hacían sentir por todas partes; pero la mano de la Providencia acudió a reponer la falta de medios. Un día el Santo dijo a Enria:
«En la noche del Viernes Santo estuve velando al lado
de San Juan Don Bosco casi hasta las dos de la noche, retirándome a la
habitación próxima para descansar, habiendo acudido para sustituirme Pedro
Enria, continuando la vela junto al padre enfermo. Al darme cuenta de los
gritos ahogados del [Santo], deduje que estaba soñando con cosas poco
agradables y por la mañana le pregunté al respecto y tuve la siguiente
contestación:
Me pareció encontrarme en medio de una
familia, cuyos miembros habían decidido dar muerte a un gato. El juicio y la
sentencia habían sido puestos en manos de Mons.
Manacorda, pero este se negaba
a hacerlo, diciendo:
—¿Qué tengo yo que ver en su asunto? Eso a mí
no me interesa nada.
Y en aquella casa reinaba
una gran confusión.
Yo estaba apoyado en un bastoncillo y mientras
observaba cuanto sucedía, cuando he aquí que, de pronto, aparece un gato
negruzco con los pelos erizados qué sse precipitó corriendo hacía donde yo me
encontraba. Detrás venían persiguiéndole dos perrazos que parecía darían
alcance inmediatamente a aquel pobre animal, presa del mayor espanto. Yo, al
verle pasar cerca dé mí, lo llamé; el bicho pareció dudar un poco, pero
habiendo yo repetido la llamada y levantado un poco el borde de mi sotana, el
gato acudió a agazaparse a mis pies.
Aquellos dos perros se detuvieron delante de
mí ladrando horriblemente.
—Fuera de aquí —les dije—, dejen en paz a este
pobre gato.
Entonces, con gran Sorpresa por mi parte,
aquellos animales abrieron la boca y dando rienda suelta a sus lenguas
comenzaron a hablar como las personas.
—No podemos marcharnos; tenemos que obedecer a
nuestro dueño, y hemos recibido orden de él de matar a ese gato.
—¿Y con qué derecho?
—El se ofreció voluntariamente a servir a
nuestro dueño. El amo puede disponer de la vida de sus esclavos de una manera
absoluta. Por tanto, nosotros hemos recibido orden de matarlo y lo mataremos.
—El amo —les repliqué yo—, tiene derecho sobre
las acciones de su siervo y no sobre su vida y yo no consentiré nunca que maten
a este animal.
— ¿Que tú no lo permitirás?
¿Tú?
Y dicho
esto los dos animales se lanzaron furiosamente para atrapar al gato. Yo levanté
el bastón y comencé a lanzar golpes desesperados contra los asaltantes.
—¡Ea! ¡Quietos! ¡Atrás!—,
les gritaba.
Pero ellos unas veces avanzaban y otras
retrocedían y así la lucha se prolongó durante mucho tiempo, de forma que yo
estaba rendido de cansancio. Habiéndome dejado aquellos animales un momento de
tregua, quise observar a aquel pobre gato que continuaba a mis pies, pero con
gran estupor hube de comprobar que se había trocado en un corderillo. Mientras
reflexionaba sobre aquel fenómeno, dirijo la vista a los dos perros. También
éstos habían cambiado de forma, se habían convertido en dos osos feroces y seguidamente,
mudando una y otra vez de aspecto, los veía transformados en tigres, en leones,
en monos espantosos, adoptando formas cada vez más horribles. Finalmente, se
trocaron en dos demonios horribles.
—Lucifer es nuestro dueño —gritaban aquellos
demonios—, aquél a quien tú defiendes ha estado con él y, por tanto, debemos
arrastrarlo hasta donde está él, quitándole la vida.
Entonces me volví al corderillo, pero no lo
vi; en su lugar había un pobre jovencito que fuera de sí por el espanto,
repetía con acento suplicante:
—juan Don Bosco, sálveme! ¡[San] Juan
Don Bosco, sálveme!
—No tengas miedo —le dije—. ¿Estás decidido a
ser bueno?
—Sí, sí, [San] Juan Don Bosco; pero ¿qué tengo
que hacer para salvarme?
—No temas; arrodíllate, toma en tus manos la
medalla de la Virgen. Vamos, reza conmigo.
Y el jovencito se arrodilló. Los demonios
deseaban acercarse, pero yo permanecía en guardia con el bastón levantado,
cuando Enria, al verme tan agitado me despertó, Impidiéndome ver el final de
aquella escena.
El jovencito era uno de los que yo conozco.
despues
Sobre la salida de los jóvenes para las vacaciones de este
año y sobre el regreso, no quedó
consignada noticia alguna, a excepción de un sueño relacionado con los efectos
que este tiempo de asueto suele acarrear.
[San]
Juan Don Bosco lo contó en la noche del 24 de octubre. Apenas anunció que iba a
proceder a su narración, las manifestaciones de satisfacción.
Estoy muy contento —comenzó diciendo— de volver a ver
al ejército de mis hijos armados contra diabolum. Esta
expresión, aunque latina, la comprende hasta el mismo Cottino.
Era el tal Cottino un criado del comedor que se las
daba de poeta.
Tendría que decirles tantas cosas, pues es la primera
vez que les hablo después de las vacaciones; pero ahora les quiero contar un
sueño. Vosotros sabéis que los sueños se tienen durmiendo y que no hay que
hacerles mucho caso, pero si no hay mal ninguno en no creer en ellos, tal vez
tampoco hay mal alguno en creer en ellos, pudiéndonos servir a veces de
lección, como por ejemplo este.
Me encontraba en Lanzo durante la primera tanda de ejercicios y estaba durmiendo, cuando, como les he dicho, tuve un sueño. Me pareció estar en un lugar que no sabría identificar, pero se hallaba próximo a un pueblo en el que se veía un jardín y junto a éste un amplísimo prado. Estaba en compañía de algunos amigos que me invitaron a entrar en el jardín.
Penetré en él y vi una gran multitud de corderillos que saltaban,
corrían y hacían mil cabriolas según su costumbre. Cuando he aquí que se abre
una puerta que ponía en comunicación con el prado y los corderillos corrieron a
él para pastar. Muchos, sin embargo, no se preocuparon de salir, sino que se
quedaron en el jardín, e iban de un lado para otro despuntando algunas
hierbecillas alimentándose de esta manera, puesto que no había hierba en tanta
abundancia como en el prado, al que había salido el mayor número de aquellos
animales.
—Voy a ver qué es lo que hacen estos animales
ahí fuera— me dije.
Fuimos al prado y los vi paciendo
tranquilamente. Mas he aquí que de pronto se oscurece el cielo, brillan los
relámpagos, retumba el trueno y se aproxima una tempestad.
—¿Qué será de estos animales
si les coge la
tormenta?, -—me decía yo—.
Vamos a ponerlos a salvo.
Y
comencé a llamarlos. Después, yo por una parte y mis compañeros
repartidos por otras, procurábamos llevarlos hacia la entrada del jardín. Pero
ellos no querían entrar; uno corría por aquí, otro escapaba por allá, y
nosotros intentábamos perseguirlos, pero ¡que si quieres!, ellos eran más
veloces que nuestras piernas. Entretanto comenzaron a caer densas gotas,
después a llover más intensamente y yo no conseguía reunir el ganado. Una o dos
ovejas entraron afortunadamente en el jardín, pero todas las demás, y eran
muchísimas, continuaron en el prado.
—Bien, si no quieren entrar en el jardín, peor
para ellas—dije yo—. Vamos a retiramos nosotros.
Y así lo hicimos.
En el jardín había una fuente sobre la cual se
veía escrito con caracteres cubitales: Fons signatus, fuente sellada. Estaba cerrada, pero de pronto se abre, el agua sube
hacia la altura y se divide y forma un arco iris, pero a semejanza de una
bóveda, como este pórtico.
Entretanto menudeaban cada vez más los
relámpagos, seguidos de fragorosos truenos, comenzando a caer el granizo.
Nosotros, con todos los corderillos que estaban en el jardín, nos amparamos y
cobijamos bajo aquella bóveda maravillosa donde no penetraba el agua ni el
granizo.
—Pero ¿qué es esto?,—preguntaba yo a los
amigos—.
¿Qué será de los pobrecillos
que han quedado fuera?
—Ya verás—me dijeron—. Mira las frentes de
estos corderos, ¿qué observas?
Me fijé y vi que sobre la frente de cada uno
estaba escrito el nombre de un joven del Oratorio.
—¿Qué es esto?—, pregunté.
—¡Verás, verás!
Entretanto, yo no podía detenerme más y quise
salir para ver qué había sucedido a los pobres corderillos que estaban en el
prado. —Recogeré a los que hayan muerto y los enviaré al Oratorio— pensaba
entre mí.
Pero al salir de debajo de aquel arco la lluvia
caía sobre mí y vi a aquellas pobres bestezuelas tendidas en tierra, moviendo
las patas intentando levantarse y dirigirse hacia el jardín: pero no podían
andar. Abrí la puerta, levanté la voz, pero sus esfuerzos eran inútiles. La
lluvia y el granizo continuaban azotándolas de tal manera que infundían
lástima; una era herida en la cabeza; otra en la quijada, otra en un ojo, otra
en una pata, otras en diversas partes del cuerpo.
Después de algún tiempo, la tempestad había
cesado por completo.
—Observa —me dijo el que estaba a mi lado—, la
frente de estos corderos.
Y vi escrito en el lugar indicado el nombre de
cada uno de los jóvenes del Oratorio.
—Conozco al joven que lleva este nombre —me
dije—, y no me parece precisamente un corderillo.
—Verás, verás— me fue
respondido.
Seguidamente me presentaron un vaso de oro con
tapadera de plata y al mismo tiempo escuché estas palabras:
—Toca con tu mano untada con este bálsamo las
heridas de estos animales y curarán inmediatamente.
Yo, entonces, comencé a
llamarlos:
—¡Brrr, brrr!
Pero no se movían. Repito la llamada y nada;
intento acercarme a uno y se me retira arrastrándose. Yo les seguía, pero el
juego volvía a repetirse.
—¿No quiere? ¡Peor para él!, —exclamé—. Iré en
busca de otro.
Y así
lo hice, pero también éste escapó. A cuantos me aproximaba para ungirles y
curarlos, emprendían la fuga. Yo los perseguía, pero todo inútil. Al fin
alcancé a uno, ¡pobrecillo!, que tenía los ojos fuera de las órbitas y en tan
mal estado que daba compasión. Yo se los toqué con la mano, curó y saltando
corrió al jardín.
Entonces, otras muchas ovejas, al ver esto, no
manifestaron repugnancia y se dejaron tocar y curar y entraron en el jardín.
Pero eran muchas las que quedaban fuera, especialmente las más llagadas, a las
cuales no me fue posible acercarme.
—¡Si no quieren curar, peor para ellas! Pero
no sé cómo podré hacer para que entren en el jardín.
—Déjalo por mi cuenta— me dijo uno de los
amigos que estaban conmigo; Ya vendrán, ya vendrán.
—¡Ya veremos!—, dije; coloqué el vaso donde
había estado primeramente y volví al jardín.
Este había cambiado de aspecto por completo, y
pude leer a su entrada: Oratorio. Apenas penetré en él, he aquí que aquellos
corderillos que no habían querido venir, se acercan,
entran apresuradamente y corren a echarse por un lado y por otro; pero tampoco
entonces pude acercarme a ellos. Hubo varios que no queriendo recibir el
ungüento consiguieron que este se convirtiera para ellos en veneno que en lugar
de curarles las llagas se las irritaba aún mas.
—¡Mira!, —me dijo un amigo—. ¿Ves aquel estandarte? Me volví y vi
tremolar al viento un gran estandarte en el que se leía escrito en grandes
caracteres: «Vacaciones». —Sí, lo veo— repliqué.
—Ahí tienes el efecto de las vacaciones-—
añadió uno de los que me acompañaban, mientras yo me sentía abrumado de dolor
al contemplar aquel espectáculo.
—Tus jóvenes —continuó el tal—, salen del
Oratorio para ir a pasar las vacaciones, decididos a alimentarse de la palabra
de Dios y a conservarse buenos; pero después sobreviene el temporal, que son
las tentaciones; seguidamente la lluvia, que son los asaltos del demonio;
después cae el granizo, que representa las caídas en el pecado. Algunos
recobran la salud con la confesión, pero otros no usan bien de este Sacramento,
o no se acercan a él en absoluto.
No lo olvides y no te canses jamás de
repetirlo a tus jóvenes: que las vacaciones son como una gran tempestad para
sus almas.
Observaba yo a aquellos corderos descubriendo
en algunos de ellos heridas mortales estaba buscando la manera de curarlos,
cuando Don Scappini, que había hecho ruido en la habitación próxima, me
despertó.
Este es el sueño, y aunque
es un sueño tiene un significado que no le hará mal al que le preste fe. Puedo
decirles que anoté algunos nombres de los muchos que vi en las frentes de los
corderos y confrontándolos con los jóvenes, comprobé que se conducían como
indicaba el sueño.
Sea como fuere, debemos en esta Novena de los Santos
corresponder a la bondad de Dios, que quiere usar su misericordia con nosotros,
y mediante una buena confesión curar las heridas de
nuestra conciencia. Debemos, además, ponernos todos de acuerdo para combatir al
demonio y con el auxilio del cielo saldremos
victoriosos de esta lucha y conseguiremos
recibir el premio de la victoria en el Paraíso.
Este sueño —dice Don
Lemoyne—, hubo de influir grandemente en la buena marcha del nuevo curso
escolar: en efecto, en la Novena de la Inmaculada las cosas procedían tan bien,
que [San] Juan Don Bosco manifestó su satisfacción diciendo:
—Los jóvenes se encuentran
actualmente en un punto, tanto por aplicación como por conducta, al que en años
anteriores apenas habían llegado en el mes de febrero.
El 13 de diciembre, después del almuerzo, [San] Juan
Don Bosco contó á Don Barberis y a otros cuatro jóvenes que le rodeaban el
siguiente sueño sobre las vocaciones:
En otra ocasión.Me pareció encontrarme en
Becchi, delante de mi casa, cuando he aquí que me fue presentado un gracioso
canasto. Miro en su interior y compruebo que contenía algunas palomas, pero
pequeñas y sin plumas. Vuelvo a mirar y me doy cuenta de que en poco tiempo le
han crecido las plumas, cambiando por completo de aspecto. A tres de ellas les
habían salido unas plumas tan negras que parecían cuervos. Maravillado me dije
a mí mismo:
---Aquí hay alguna brujería.
Y miraba a mi alrededor para ver si había por
allí algún hechicero.
Entretanto, me percaté de que las palomas
habían levantado el vuelo y las vi alejarse por los aires. Mas uno que estaba
allí cerca, toma una escopeta, apunta y dispara. Dos de las palomas cayeron a
tierra, pero la tercera se alejó. Yo sentí una gran pena y, acariciándolas,
decia:
—¡Pobres animalitos!
Mientras las examinaba, he aquí que de
repente, no sé cómo, se convierten en clérigos. Aún más maravillado, vuelvo a
temer que se trate de un efecto de brujería y miro por una y otra parte. Pero,
entonces, no sé bien si fue el párroco de Buttigliera o el de Castelnuovo,
quien me tocó en el brazo y me dijo:
—¿Has comprendido? De tres, dos; dilo a Don
Barberis.
En el cestillo había más de tres palomas, pero
de las otras no hice caso.
Así terminó el sueño.
Fue siempre mi intención el
contártelo —dijo a Don Barberis—, mas me olvidaba de hacerlo cuando estabas presente y
me acordaba cuando ya te habías marchado. Ahora te voy a dar a ti y a los demás
la explicación del mismo.
Entre otros, se encontraban presentes Monseñor
Scotton, Don Antonio Fusconi de Bologna y el Conde Cays.
Los
comentarios fueron diversos, pero San Juan Don
Bosco sacó esta conclusión;
—El cestillo conteniendo numerosas palomas implumes
representa el Oratorio. De los que llegan a ser clérigos en el cestillo, esto
es, en el Oratorio, de tres, perseveran dos. No hay que hacerse ilusiones; se
abrigan esperanzas de todos, pero uno por enfermedad, otro por fallecimiento,
quién por oposición de los padres, quién por pérdida de la vocación, se
producen siempre las bajas y ya es una gran cosa que de tres que comienzan
lleguen al sacerdocio dos, permaneciendo en la Congregación.
San Juan Don Bosco sufría grandemente de la vista.
Unos temían se le formasen cataratas, no faltando quien estuviera convencido de
que se trataba de una irremediable ceguera progresiva. El doctor Reynaud,
oftálmico de renombrada fama, dijo escueta y claramente que no había nada que
esperar. Por su parte, [San] JuanDon Bosco venía practicando un tratamiento del
cual había hablado a Don Berto yendo de Florencia a Bologna.
san Juan Don Bosco, al llegar a Turín, se olvidó del
sueño, como también Don Berto. Pero en los comienzos de mayo, una noche, en el
comedor, estando presentes [Beato] Miguel Don Rúa y Don Berto, preguntó a
quemarropa a Don Lago, que había sido farmacéutico:
—Dime, Don Lago, ¿el jugo de
achicoria hace bien a los ojos?
—Es uno de los medicamentos indicados— contestó este.
—Pues bien, prepárame un poco.
Don Lago obedeció con la mayor solicitud. Desde que
comenzó él tratamiento, el [Santo] advirtió una notable mejoría. El 22 de mayo
manifestó que su vista había mejorado sensiblemente. Pasados los cincuenta
días, a pesar de seguir escribiendo durante el día y durante la noche, el mal,
notablemente disminuido, se estacionó; lo que no fue óbice para que de allí a
dos años perdiese por completo el ojo izquierdo.
Don Bosco contó
este sueño el nueve de mayo. En él asistió a las encarnizadas luchas que
habrían de afrontar los individuos llamados a la Congregación, recibiendo en él
uña serie de avisos útiles para todos, y algunos
saludables consejos para el porvenir.
Grande y prolongada fue la batalla entablada
entre los jovencitos y unos guerreros ataviados de diversas maneras y dotados
de armas extrañas. Al final quedaron pocos supervivientes.
Otra batalla más horrible y encarnizada fue la
que tuvo lugar entre unos monstruos de formas gigantescas contra hombres de
elevada estatura, bien armados y mejor adiestrados. Estos tenían un estandarte
muy alto y muy ancho, en el centro del cual se veían dibujadas en oro estas
palabras: María Auxilium Christianorum. El combate
fue largo y sangriento. Pero los que seguían esta enseña eran como
invulnerables, quedando dueños de una amplia zona de terreno. A éstos se
unieron los jovencitos supervivientes de la batalla precedente y entre unos y
otros formaron una especie de ejército llevando como armas, a la derecha, el
Crucificado, y en la mano izquierda un pequeño estandarte de María Auxiliadora,
semejante al que hemos dicho anteriormente.
Los nuevos soldados hicieron muchas maniobras
en aquella extensa llanura, después se dividieron y partieron los unos hacia
Oriente, unos cuantos hacia el Norte y muchos hacia el Mediodía.
Cuando desaparecieron éstos, se reanudaron las
mismas batallas, las mismas maniobras e idénticas expediciones en idénticas
direcciones.
Conocí a algunos de los que participaron en
las primeras escaramuzas; los que le siguieron me eran desconocidos, pero daban
a entender que me conocían y me hacían muchas preguntas.
Sobrevino poco después una lluvia de llamitas
resplandecientes que parecían de fuego de color vario. Resonó el trueno y
después se serenó el cielo y me encontré en un jardín amenísimo. Un hombre que
se parecía a San Francisco de Sales, me ofreció un librito sin decirme palabra.
Le pregunté quién era:
—Lee en el libro— me
respondió.
Lo abrí, pero apenas si podía leer. Mas al fin
pude comprender estas precisas palabras:
A los Novicios: Obediencia en todo. Con la
obediencia merecerán las bendiciones del Señor y la benevolencia de los
hombres. Con la diligencia combatirán y vencerán las insidias de los enemigos
espirituales.
A los Profesos: Guarden celosamente la virtud
de la castidad. Amen el buen nombre de los hermanos y promuevan el decoro de la
Congregación.
A los Directores: Todo cuidado, todo esfuerzo
para hacer observar y observar las reglas con las que cada uno se ha consagrado
a Dios.
Al Superior: Holocausto absoluto para ganarse
a sí mismo y a los propios súbditos para Dios.
Muchas otras cosas estaban estampadas en aquel
libro, pero no pude leer más,
porque el papel parecía azul como la tinta.
—¿Quién sois Vos?—, pregunté de nuevo a aquel
hombre que me miraba serenamente.
—Mi nombre es conocido de todos los buenos y
he sido enviado para comunicarte algunas cosas futuras.
—¿Qué cosas?
—Las expuestas y las que
preguntes.
—¿Qué debo hacer para
promover las vocaciones?
—Los salesianos tendrán muchas vocaciones con
su ejemplar conducta, tratando con suma caridad a los alumnos e insistiendo
sobre la frecuencia de la Comunión.
—¿Qué norma he de seguir en la aceptación de
los Novicios?
—Excluir a los perezosos y a
los golosos.
—¿Y al aceptar los votos?
—Vigila si ofrecen garantía
sobre la castidad.
—¿Cuál será la mejor manera de conservar el
buen espíritu en nuestras casas?
—Escribir, visitar, recibir y tratar con
benevolencia; y esto muy frecuentemente por parte de los Superiores.
—¿Cómo hemos de Conducirnos
en las Misiones?
—Enviando a ellas individuos de moralidad
segura; haciendo volver a los dudosos; estudiando y cultivando las vocaciones
indígenas.
—¿Marcha bien nuestra
Congregación?
—Qui justus est, justificetur adhuc.
Non progredi, est regredi. Qui
perseveraverit, salvus erit.
—¿Se extenderá mucho?
—Mientras los superiores cumplan con su deber,
se extenderá y nada podrá oponerse a su propagación.
—¿Durará mucho tiempo?
---Tu Congregación durará mientras sus socios
amen el trabajo y la templanza. Si llega a faltar una de estas dos columnas, tu
edificio se convertirá en minas, aplastando a los superiores, a los inferiores
y a sus secuaces.
En aquel momento aparecieron cuatro individuos
llevando una caja mortuoria. Se dirigieron hacia mí.
—¿Para quién es esto?—,
pregunté yo.
—¡Para ti!
—¿Pronto?
—No lo preguntes; piensa solamente en que eres
mortal.
—¿Qué me quieres decir con
este ataúd?
—Que debes predicar en vida lo que deseas que
tus hijos practiquen después de ti. Esta es la herencia, el testamento que
debes dejar a tus hijos; pero has de prepararlo y dejarlo cumplido y practicado
a la perfección.
—¿Abundarán más las flores o
las espinas?
—Les aguardan muchas flores, muchas rosas,
muchos consuelos; pero también es inminente la aparición de agudísimas espinas
que causarán a todos grande amargura y pesar. Es necesario rezar mucho.
—¿Iremos a Roma?
—Sí, pero despacio, con la máxima prudencia y
con extremada cautela.
—¿Es inminente el fin de mi
vida mortal?
—No te preocupes de eso. Tienes las reglas,
tienes los libros, práctica lo que enseñas a los demás. Vigila.
Quise hacer otras preguntas, pero estalló un
trueno horrible acompañado de relámpagos y de rayos, mientras algunos hombres,
mejor dicho, algunos monstruos horrendos, se arrojaron sobre mí para
desbrozarme. En aquel momento una densa oscuridad me privó de la visión de
todo. Me creí morir y comencé a gritar frenéticamente. Pero me desperté
encontrándome vivo. Eran las cuatro y tres cuartos de la mañana.
Si
hay algo en todo esto que pueda servir de provecho para nuestras almas,
aceptémoslo.
Y en todo se dé gloria y honor
a Dios por los siglos de los siglos.

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