Bueno es Yahveh para quien en Él espera”

 


              La tibieza, pues, que impide llegar a la imperfección es la evitable, cuando se cae en pecados veniales deliberados, porque estos pecados, cometidos a cara descubierta, se podrían evitar perfectamente, ayudados de la divina gracia, aun en la vida presente. De aquí que Santa Teresa dijese: «Pecado muy de advertencia, por chico que sea, Dios nos libre de él». Tales son, por ejemplo, las mentiras voluntarias, las murmuraciones leves, las imprecaciones, los resentimientos manifestados con la lengua, las burlas del prójimo, las palabras picantes, el alabarse y andar tras de la estima propia, los rencores y malquerencias abrigados en el corazón, la afición desordenada a personas de diverso sexo. «¡Oh –exclamaba Santa Teresa–, que quedan unos gusanos que no se dan a entender... hasta que nos han roído las virtudes!». Por lo que en otro lugar advierte: «Miren que por muy pequeñas cosas va el demonio barrenando agujeros por donde entren las muy grandes».

              Debemos, pues, temer cometer tales defectos deliberados, porque ponen a Dios como en la necesidad de privar al hombre de las divinas ilustraciones y del socorro de su mano poderosa y de sus más suaves y regalados consuelos espirituales; de aquí nace que el alma se da a las cosas espirituales con tedio y con trabajo, por lo que empieza por abandonar la oración, la comunión, las visitas al Santísimo Sacramento, las novenas, y, finalmente, con toda facilidad lo dejará todo, como ha acontecido no raras veces a tantas desgraciadas almas.

              Esto significa aquella amenaza del Señor a los tibios: “¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y ni caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca” (Apoc. 3, 15-16). Cosa chocante; dice: ¡Ojalá fueras frío!; pues ¿qué? ¿Vale más ser frío, es decir, privado de la gracia, que tibio? Sí; en cierta manera, es preferible estar frío, porque el frío puede fácilmente enmendarse, aguijoneado por el torcedor de la conciencia, en tanto que en la tibieza se hacen las paces con los pecados, sin cuidarse ni pensar siquiera en mudar de vida, y por esto se da casi por desesperada su cura. «El que cayó del fervor en la tibieza –dice San Gregorio– está desesperado». Decía el Venerable P. Luis de La Puente que él podía haber cometido innumerables defectos en su vida, pero que nunca había pactado con ellos. Hay personas, al contrario, que capitulan con sus faltas, de donde procede su ruina, especialmente cuando se trata del amor propio, de honras vanas, del exceso de allegar riquezas, de rencor o faltas de caridad, de aficiones menos honestas con personas de diferente sexo. Grande riesgo corren estas almas, según expresión de San Francisco de Asís, de que los cabellos se les truequen en cadenas que los arrastren al infierno. En todo caso, no se santificarán y perderán la corona que Dios les tenía preparada de haber sido fieles a la gracia. El pajarillo, libre del lazo que lo sujetaba, presto toma vuelo y se remonta por los aires; igual acontece al alma libre de todo apego a las cosas terrenas; vuela hacia Dios, en tanto que un solo hilillo que la sujete a la tierra bastará para estorbarla subir al cielo. ¡Cuántas personas espirituales no llegan a la santidad por no esforzarse en dar de mano a ciertas aficioncillas!

              Todo este daño proviene del poco amor que se tiene a Jesucristo. Algunos hay que andan como engolfados en la propia estima; otros que se irritan si las cosas no van como deseaban; unos regalan el cuerpo por razones de salud; éstos dan entrada en el corazón a afectos terrenos y el interior lo tienen siempre disipado, ganosos siempre de escuchar y saber mil cosas ajenas al servicio de Dios y sólo conformes con sus gustos; aquéllos, finalmente, desconocen el sufrir la más mínima desatención, y de ahí que se turben, abandonen la oración y el recogimiento, y unas veces se muestran alegres, otras tristes e impacientes, según vayan o no las cosas conforme a sus inclinaciones o estado de ánimo. Estos tales no aman a Jesucristo, o lo aman con menguado amor, y lo que hacen es desacreditar la verdadera devoción.

 

II. Remedios contra la tibieza

              Pero, y quien haya caído en tan miserable estado de tibieza, ¿qué deberá hacer? Cierto que es harto difícil ver al alma tibia recobrar el primitivo fervor, mas también es cierto que el Señor dijo que lo que los hombres no pueden lo puede Dios. El que ruega y emplea los medios a ello conducentes, presto alcanza lo que desea. Cinco son los medios para salir de la tibieza y adelantar en la perfección, a saber: 1.°, desearla; 2.°, resolverse a ello; 3.°, la oración mental; 4.°, la comunión, y 5.°, la oración.

 

III. Del deseo de la perfección

              El primer medio, por tanto, para salir de la tibieza es el deseo de la perfección, y éste, a la vez, es el primer medio para ser perfectos. Son los santos deseos alas que nos hacen volar sobre la tierra, porque, como dice San Lorenzo Justiniano, además de darnos fuerzas para andar por el camino de la perfección, alivian también las penas del caminar: «Nos dan fuerzas –dice el Santo– y nos hacen la carga más liviana». El que verdaderamente desea la perfección, va siempre adelante, sin darse punto de reposo, y si no se cansa, al cabo llegará. Por el contrario, quienes no alimentan este deseo volverán atrás y cada día serán más imperfectos. Dice San Agustín que, en los caminos de Dios, no ir adelante es retroceder. Quien no se esfuerza por seguir adelante en lo comenzado, presto verá que vuelve atrás, arrastrado por la corriente de la corrompida naturaleza.               En gravísimo error están quienes sostienen que Dios no exige que todos seamos santos, ya que San Pablo afirma: “Ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (I Thes. 4, 3). Dios quiere que todos seamos santos, y cada uno según su estado: el religioso como religioso, el seglar como seglar, el sacerdote como sacerdote, el casado como casado, el mercader como mercader, el soldado como soldado, y así de los demás estados y condiciones.

              Hermosos son los documentos que acerca de esto trae mi gran abogada Santa Teresa; en un lugar dice: «Que siempre vuestros pensamientos vayan animosos, que de aquí vendrán a que el Señor os dé gracia para que lo sean las obras». En otro se expresa así: «Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios, que, si nos esforzamos poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor». Y, en confirmación de lo dicho, atestiguaba tener experiencia de que las personas animosas en poco tiempo aprovechan mucho. «Y no penséis que ha menester nuestras obras –proseguía–, sino la determinación de nuestra voluntad». «Mas que le vean (en el Santísimo Sacramento) y comunicar sus grandezas y dar de sus tesoros, no quiere sino a los que entiende que mucho lo desean, porque éstos son sus verdaderos amigos». «Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin pagarme, aun en esta vida, ningún deseo bueno». Tan generosa y noble era en su amor Santa Teresa, que cierto día, con santa osadía, dijo al Señor que se holgaría de ver en el cielo a otros con más gloria que ella, pero que no sabía si se holgaría de que otro amase a Dios más que ella.

              Menester es, por tanto, revestirse de ánimo esforzado y generoso: “Bueno es Yahveh para quien en Él espera” (Lam. 3, 25). Dios es sobrado bueno y liberal para quien le busca de corazón. Ni siquiera nuestros pecados pasados pueden impedirnos alcanzar la santidad, si de verdad la deseamos. Prosigue Santa Teresa: «Mas es menester entendamos cómo ha de ser esta humildad; porque creo el demonio hace mucho daño para no ir muy adelante gente que tiene oración, con hacerlos entender mal de la humildad, haciendo que nos parezca soberbia tener grandes deseos y querer imitar a los santos y desear de ser mártires». El Apóstol escribe: “Sabemos que Dios coordena toda su acción al bien de los que le aman” (Rom. 8, 28); y la Glosa añade: hasta los pecados, pues también los pecados cometidos pueden cooperar a nuestra santificación, en cuanto su recuerdo nos hace más humildes y agradecidos, a vista de los favores que Dios nos otorga, después de haberle ofendido tanto. Yo nada puedo, debe decir el pecador, nada merezco más que el infierno, pero he de tratar con un Dios de infinita bondad, que tiene empeñada la palabra de oír a todo el que le pidiere. Pues que me libró de la eterna condenación y quiere ahora que sea santo, ofreciéndome para ello su ayuda, bien puedo llegar a serlo, no ciertamente con mis fuerzas, sino con el favor de Dios, que me conforta: “Para todo siento fuerzas en aquel que me conforta” (Phil. 4, 13). Cuando experimentemos excelentes deseos, esforcemos al punto el ánimo y, poniendo a Dios por fiador, llevémoslo prestamente a la práctica, y si luego surgiere cualquier impedimento en la vida espiritual, resignémonos a la voluntad de Dios. El querer de Dios ha de prevalecer sobre todo nuestro buen deseo. Santa María Magdalena de Pazzi antes hubiera renunciado a la perfección que alcanzarla contra la voluntad de Dios.

 De la resolución

              El segundo medio para alcanzar la perfección es la resolución de entregarse del todo a Dios. Muchos están llamados a la perfección; los mueve a ello la divina gracia y hasta tienen deseos de alcanzarla; mas, porque les falta esta resolución, viven y mueren tibios e imperfectos. No basta el deseo de la perfección si no va acompañado de firme resolución de alcanzarla. ¡Cuántas almas se alimentan de solos deseos y no dan ni un paso en los caminos de Dios! Estos son los deseos de que nos habla el Sabio: “Los deseos del perezoso lo matan” (Prov. 21, 25). El perezoso no deja de desear, pero no se resuelve a adoptar los medios para conseguir la santidad propia de su estado. Dice: ¡Ah, si viviese en un desierto y no ya en casa! ¡Si pudiera habitar en un monasterio, entonces sí que me entregaría del todo a Dios! Y, entretanto, no puede sufrir a tal persona; se resiste a oír palabras de contradicción; anda derramado en mil cosas exteriores; cae en incontables defectos, gula, curiosidad, soberbia, y a vuelta de eso, sigue suspirando: ¡Ah, si tuviese, si pudiese...! Tales deseos causan más daño que utilidad, porque, mientras uno se alimenta de ellos, prosigue viviendo en sus imperfecciones. San Francisco de Sales decía: «No apruebo que una persona, ligada por un deber o vocación, se pare a desear otro género de vida que no sea conforme con su oficio, ni se meta en ejercicios incompatibles con su estado actual, porque esto disipa el corazón y le hace andar flojo y tibio en los ejercicios a que está obligado».

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