El padre Cándido, sacerdote exorcista, estaba bendiciendo a un guapo muchacho, que tenía dentro de sí a un animalazo más grande que él. Fue precisamente el demonio el que trató de desanimar al exorcista: «¿No ves que pierdes el tiempo con éste? Es uno que no reza nunca, es uno que frecuenta..., es uno que hace, y así una larga serie de horribles pecados.
Acabado el exorcismo, el padre Candido trató de convencer a aquel joven, con buenas maneras, de que hiciera una confesión general. Pero él no quería saber nada. Fue necesario llevarle casi a la fuerza a un confesonario; y allí se apresuró a decir que no tenía nada de que acusarse. «¿Pero no hiciste tal cosa tal día?», le apremió el padre Candido. Y él, atónito, hubo de admitir su culpa. «¿Y no hiciste acaso también tal cosa?», y el infeliz, cada vez más confuso, hubo de reconocer uno por uno todos los pecados que el padre le recordaba, valiéndose de las declaraciones del demonio. Al final se llegó a la absolución. Y aquel joven se fue aturdido: «¡Ya no entiendo nada! ¡Estos curas lo saben todo!»
Otras preguntas que el Ritual sugiere conciernen a cuánto tiempo hace que el demonio se encuentra en aquel cuerpo, por qué motivo y similares. Hablaremos en su momento de cómo hay que comportarse en caso de hechizos: qué preguntas deben hacerse y cómo actuar. Pero digamos inmediatamente que el demonio es el príncipe de la mentira. Puede muy bien acusar a una persona u otra para provocar sospechas y enemistades. Las respuestas del demonio deben sopesarse mucho. Me limito a decir que, en general, el interrogatorio del demonio tiene escasa importancia. Por ejemplo, muchas veces el demonio, cuando se veía muy debilitado, respondía a preguntas sobre la fecha de su salida, y luego no salía en absoluto en aquella fecha. Un exorcista con la experiencia del padre Candido, que sabía con qué clase de demonio tenía que vérselas y con frecuencia incluso adivinaba su nombre, hacía muy pocos interrogatorios. A veces, cuando preguntaba el nombre, le respondían: «Ya lo sabes.» Y era verdad.
A menudo, cuando se trata de posesiones fuertes, los demonios hablan espontáneamente, para tratar de desalentar o espantar al exorcista. Varias veces me respondieron con frases como éstas: «Tú no puedes hacer nada contra mí»; «Ésta es mi casa; estoy bien en ella y aquí me quedo»; «Estás perdiendo el tiempo». O bien, amenazas: «Te comeré el corazón»; «Esta noche no pegarás ojo por el miedo»; «Vendré a tu cama como una serpiente»; «Te haré caer de la cama»... Luego, ante algunas réplicas mías, calla. Por ejemplo, cuando le digo: «Estoy envuelto en el manto de la Virgen; ¿qué puedes hacerme?»; «Tengo por patrono al arcángel Gabriel; prueba a luchar contra él»; «Tengo a mi ángel custodio, que vela para que nadie me toque; tú no puedes hacer nada»; y frases parecidas.
Siempre se encuentra algún punto particularmente débil. Algunos demonios no resisten a la cruz hecha con la estola sobre las partes doloridas; otros no resisten que se les sople a la cara; otros se oponen con todas sus fuerzas a la aspersión con agua bendita. Luego hay frases, en las oraciones de exorcismo o en otras plegarias que el exorcista puede pronunciar, ante las cuales el demonio reacciona violentamente o perdiendo las fuerzas. Entonces se insiste en repetir aquellas frases, como sugiere el Ritual. El exorcismo puede ser largo o breve, según el exorcista juzgue qué puede ser más útil, teniendo en cuenta varios factores. A menudo es útil la presencia de un médico no sólo para el diagnóstico inicial, sino también para aconsejar sobre la duración del exorcismo. Sobre todo cuando el poseído no está bien (por ejemplo, si está enfermo del corazón), o cuando no está bien el exorcista; entonces puede ser el médico quien aconseje cuándo terminar. En general, el exorcista comprende cuándo sería inútil proseguir.
3. Poco antes de la expulsión. Es un momento delicado y difícil, que puede prolongarse mucho. El demonio demuestra en parte que ha perdido fuerzas, en parte intenta asestar sus últimos golpes. Con frecuencia se tiene esta impresión: mientras que en las enfermedades normales el enfermo me- jora progresivamente hasta la curación, aquí sucede lo contrario: la persona afectada está cada vez peor, y precisamente cuando ya no puede más, se produce la curación. No es que sea así en todos los casos, pero es lo más frecuente.
Para el demonio abandonar a una persona y regresar al infierno, donde casi siempre es condenado, significa morir eternamente, perder toda posibilidad de mostrarse activo molestando a las personas. Y manifiesta su estado de desesperación con expresiones repetidas a menudo durante los exorcismos: «Me muero, me muero»; «Ya no puedo más»; «Basta, me estáis matando»; «Sois unos asesinos, unos verdugos; todos los curas son asesinos», y frases parecidas. El contenido ha cambiado completamente respecto de cuanto decía durante los primeros exorcismos. Si entonces decía: «Tú no puedes hacer nada contra mí», ahora dice: «Me estás matando; me has vencido.» Si antes aseguraba que nunca se iría porque allí estaba bien, ahora afirma que está muy mal y dice que quiere irse. Es un hecho que cada exorcismo es como darle una paliza al demonio: él sufre mucho, pero también procura dolor y cansancio a la persona dentro de la cual se encuentra. Llega a confesar que, durante los exorcismos, está peor que en el infierno. Un día, mientras el padre Candido exorcizaba a una persona próxima a la liberación, el demonio dijo abiertamente: «¿Crees que me iría si no estuviese peor aquí?» Los exorcismos se le habían hecho verdaderamente insoportables.
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