las personas que están en vías de liberación por influencia demoníaca, el demonio trata de comunicarles sus mismos sentimientos: él ya no puede más y les provoca un estado de cansancio intolerable; él está desesperado e intenta transmitir a la persona poseída su misma desesperación; él se siente acabado, con poco tiempo para vivir, ya no está ni siquiera en condiciones de razonar correctamente, y transmite a la persona la impresión de que todo está acabado, que su vida ha llegado al final, y se acentúa en ella la convicción de que ha enloquecido. Cuántas veces estas personas le preguntan desconsoladamente al exorcista: «¡Dígame francamente si estoy chiflado!» También al poseído se le hacen cada vez más fatigosos los exorcismos y a veces, si no llega acompañado o casi forzado, falta a la cita. He tenido asimismo algunos casos de personas que, próximas o bastante próximas a la liberación, han abandonado completamente el exorcismo. Del mismo modo que estos
«enfermos» frecuentemente deben ser ayudados para rezar y para ir a la iglesia, además de para acercarse a los sacramentos porque solos no lo consiguen, del mismo modo tienen necesidad de ser ayudados para someterse a los exorcismos, sobre todo en la fase final; y han de ser continuamente alentados.
Indudablemente contribuye a estas dificultades el cansancio físico y una cierta sensación de desmoralización por la prolongación de las sesiones, con la impresión de que el mal se ha hecho ya incurable. El demonio también puede causar daños físicos y sobre todo psíquicos, de los que hay que tratarse asimismo por vía médica, incluso después de la curación. Pero son posibles las curaciones completas, sin secuelas.
4. Después de la liberación. Es muy importante que la persona liberada no afloje su ritmo de plegaria, de frecuentación de los sacramentos, de compromiso de vida cristiana. Y de vez en cuando es bueno solicitar que le sean practicadas algunas bendiciones, pues ocurre a menudo que el demonio ataca, o sea que trata de regresar. No hay que abrirle ninguna puerta. Quizá, más que de convalecencia, podemos hablar de un período de reforzamiento necesario para garantizar la liberación cumplida. He tenido algunos casos de recaída: a veces no hubo negligencia por parte del sujeto, o sea que éste había seguido manteniendo un ritmo de vida espiritual intenso y la segunda liberación fue relativamente fácil. Cuando, en cambio, la recaída se ha visto favorecida por un abandono de la oración, y peor aún si se ha caído en un estado de pecado habitual, entonces la situación ha empeorado, como describe el Evangelio de Mateo 12, 43- 45: el demonio regresa con otros siete espíritus peores que él.
No le habrá pasado inadvertido al lector, lo hemos dicho y repetido, el hecho de que el demonio hace lo imposible para ocultar su presencia. Ésta es ya una observación que ayuda (aunque ciertamente no basta) a distinguir la posesión de ciertas formas de enfermedades psíquicas en las cuales el paciente hace cuanto puede para convertirse en objeto de atención. El comportamiento del demonio es totalmente opuesto.

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