Mira Señor, cómo atacan. No me abandones. Dios de mi salvación

 




Puede suceder muchas veces que los enemigos de nuestra santidad nos asalten con tanta violencia que la voluntad ya debilitada y cansada se siente sin fuerzas para poder resistir. Pues tampoco en este caso debemos rendirnos. Hay qué decirse a sí mismo: "No me rindo. No consiento. No entrego mis armas". "Sé muy bien en quién he puesto mi esperanza, y tengo la seguridad de que Él es Poderoso para defender mis tesoros" (2Tm 1, 12). El peor derrotado es el que fácilmente se declara vencido. Hay que repetir con el salmista: "Dios mío ven en mi auxilio. Señor: date prisa en socorrerme" (Sal 69). "Mira Señor, cómo atacan. No me abandones. Dios de mi salvación". "Recuerda Señor que en el camino por donde avanzo me han escondido una trampa". Y si perseveramos en confiar en Dios e implorar su ayuda podremos repetir las palabras del Salmo: "Si el Señor no nos hubiera auxiliado, nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes. Pero el Señor ha sido bueno y no permitió que nos arrastrara la corriente". 

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