Cuenta el padre Gabriel Amorrh, vino a verme Marcella, una muchacha muy rubia de diecinueve años, de aire presumido. Sufría dolores de estómago lacerantes y de un temperamento que no conseguía dominar, ni en su casa ni en su trabajo: daba respuestas ofensivas, ácidas, sin poderse refrenar. Según los médicos, no tenía nada. En cuanto le puse las manos sobre los párpados, al comienzo de la bendición, se le pusieron los ojos completamente en blanco, con las pupilas apenas perceptibles abajo, y estalló en una carcajada irónica. Apenas tuve tiempo de pensar que aquello era Satanás cuando de pronto oí que me decían: «Soy Satanás», con una nueva carcajada. Poco a poco Marcella intensificó su vida de práctica religiosa, se hizo constante en la comunión, en el rosario cotidiano y en la confesión semanal (¡la confesión es más fuerte que un exorcismo!). Experimentó una progresiva mejoría, salvo algún paso atrás cuando aflojaba el ritmo de oración, y se curó al cabo de sólo dos años.

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