Giuseppe, de veintiocho años, fue a ver un exorcista ,este cuenta ;
Vino acompañado por su madre y su hermana. Inmediatamente advertí que sólo había venido para complacer a los suyos. Hedía intensamente a humo; tomaba drogas y también las vendía, blasfemaba. Era inútil hablar de oración y de sacramentos. Traté de disponerle de la mejor manera para que aceptase de buena gana mi bendición. Ésta fue brevísima: el demonio se manifestó inmediatamente de modo violento, y corté en seguida. Cuando le dije a Giuseppe lo que tenía, me respondió: «Ya lo sabía y estoy contento así; con el demonio estoy bien.»
No le he vuelto a ver.
Sor Angela, aunque joven, ya estaba reducida a una situación lastimosa cuando vino a verme: casi no conseguía hablar, tanto menos rezar. Sufría evidentemente en todo el cuerpo, no había parte de ella que no mostrara sufrimiento. Le resonaban en la cabeza continuas blasfemias y a menudo se oían ruidos extraños, que también las demás hermanas percibían. El origen de todas sus desdichas estaba en la maldición (y quizá el hechizo) de un sacerdote indigno; sor Angela ofrecía todos sus sufrimientos por el bien de su congregación. Después de muchas bendiciones, de las que obtuvo algún provecho, fue trasladada a otra ciudad. Espero que haya encontrado otro exorcista para proseguir la obra de liberación.

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