Ciertas canciones no tienen "letra" sino "letrina", y si las escuchamos con gusto nos excitamos hacia el mal. Las conversaciones impuras causan a veces mayor excitación que un manoseo, y esto resulta un desastre para el alma. Existen ciertos "ejemplares" humanos cuya cercanía nos produce tan grande inclinación hacia el pecado, que si no evitamos su trato y amistad y no nos alejamos a tiempo de su presencia vamos directamente hacia nuestra ruina espiritual. Después lloraremos las caídas, pero ya será demasiado tarde. Tenemos que repetirles valientemente (aunque sea sólo en el pensamiento). "Su amistad es dañosa para mi alma. Su compañía me trae mucho mayor mal que bien".
Si el ataque viene desde dentro, por nuestros malos deseos o pensamientos impuros o malas costumbres adquiridas, es absolutamente necesario hacer algunas pequeñas mortificaciones de vez en cuando. Dejar de comer algo, dejar de beber alguna vez cuando sentimos deseo de hacerlo, etc., porque la mortificación fortifica la voluntad. Y llenar la mente de pensamientos buenos por medio de lecturas piadosas y de recuerdos de hechos edificantes como por ejemplo los que narra la Sagrada Biblia o los que se leen en las Vidas de los Santos o en los libros formativos. En el cerebro no pueden existir dos ideas al mismo tiempo. Así que si con buenos recuerdos y provechosas lecturas llenamos el cerebro de ideas santas, ellas quitarán el espacio a las ideas pecaminosas y éstas tendrán que irse. Pero si ellas encuentran el cerebro vacío de ideas provechosas, aprovecharán la ocasión para anidar allí y producirán espantosos males al alma y a la personalidad.
Cómo orar en la tentación. En el Evangelio hay una advertencia de Jesús que nunca debemos olvidar o dejar de cumplir. Dice así: "Orad, para no caer en tentación. Porque el espíritu esta pronto pero la carne es débil" (Mt 27, 41) y el Divino Maestro añade un aviso de enorme importancia: "Ciertos espíritus impuros no se alejan sino con la oración" (Mc 9, 29). Cuando nos llega la tentación es necesario elevar a Dios muchas y pequeñas súplicas para que vengan en nuestra ayuda. ¿Qué diríamos de un capitán que viendo a su batallón atacado por fuerzas que le superan en número y en armamento, no enviara mensajes a los mandos superiores pidiendo refuerzos? Y nosotros, al sentir el ataque del mundo, del demonio y de la carne, ¿nos quedaremos sin pedir ayudas del Señor Dios de los ejércitos?
Hay que decirle con el Salmo: "Mira Señor que me atacan, y no tengo a dónde huir. Pelea Tú Señor, contra los que me hacen la guerra, y dile a mi alma: "Yo soy tu victoria" (Sal 34). "No entregues a la furia de los gavilanes asesinos esta paloma indefensa que es mi pobre alma". "No me abandones, Dios de mi Salvación". "No abandones la obra de tus manos" etc.
Un remedio muy útil. Muchísimas personas han experimentado con gran provecho para lograr conseguir la victoria contra las tentaciones el mirar fijamente y con cariño el crucifijo, y mientras se va pensando en cada una de las heridas de Jesús, las de las manos, los pies y el costado, decirle con san Bernardo: "Señor: cuando el gavilán traicionero de mis tentaciones me ataca para quitarme la vida de la gracia y de la amistad con Dios, yo como tímida avecilla vuelo con mi pensamiento a esconderme en esas grietas salvadoras de mi Roca, en esas tus cinco heridas, y allí logro verme libre del enemigo traidor". "Jesús: tú has muerto por mí, y yo ¿qué sacrificio haré por conservar tu santa amistad?

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