Extiende, Señor Jesucristo, sobre mí, tu brazo

 


Extiende, Señor Jesucristo, sobre mí, tu criatura, tu brazo y tu gracia y dígnate librarme de todos los que me odian, como liberaste a Abraham de las manos de los caldeos; a su hijo Isaac de la consumación del sacrificio; a José de la tiranía de sus hermanos; a Noé, del diluvio universal; a Lot, del incendio de Sodoma; a Moisés y Aarón, tus siervos y al pueblo de Israel, del poder del Faraón y de la esclavitud de Egipto; a David, de las manos de Saúl y del gigante Goliat; a Susana, del crimen y del testimonio falso; a Judit, del soberbio e impuro Holofernes; a Daniel de la cueva de los leones; a los tres jóvenes, Sidrac, Misac y Abed negó, de la caldera de fuego ardiente; a Jonás, del vientre de la ballena; a la hija de la mujer cananea de la opresión del demonio; a Adán, de la pena del infierno; a Pedro, de las olas del mar; y a Pablo, de las celdas de la cárcel.

iOh! amabilísimo Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, atiéndeme también a mí ..... (nombre), criatura tuya, y ven con prontitud en mi ayuda, por tu encarnación, por tu nacimiento, por el hambre, por la sed, por el frío, por el calor, por los trabajos y por las aflicciones; por los salivazos y bofetadas; por los azotes y corona de espinas; por los clavos, la hiel y vinagre; por la muerte cruel que por mí padeciste; por la lanza que traspasó tu pecho; y por las siete palabras que dijiste en la cruz, en primer lugar a Dios Padre omnipotente: «Padre, perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen». Después al buen ladrón que estaba contigo crucificado: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso». Después al mismo Padre: ((iElí, 'Elí! ¿lema Sabactaní?», que quiere decir ((iDios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» Después a tu Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después a tu discípulo: «Ahí tienes a tu Madre», mostrando así que cuidabas de tus amigos. Después dijiste: «Tengo sed», porque deseabas nuestra salvación. Dijiste después a tu Padre: «En tus manos pongo mi espíritu».

Y por último exclamaste, diciendo: «Todo está cumplido», porque estaban concluídos todos los trabajos y dolores.

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