El
espiritismo envuelve la comunicación con los muertos o con el mundo de los
espíritus, por algún medio síquico u oculto.
Debe
tenerse mucho cuidado, porque mucha gente es engañada. Puede haber el uso de la
Biblia, agua bendita, estatuas de santos e himnos católicos. Los espiritistas
con frecuencia creen en la Paternidad de Dios, en hacer el bien a otros, la
responsabilidad personal por los actos del individuo, recompensa por las buenas
obras y castigo por las malas. Muchos de ellos son cristianos y aún católicos y
profesan la fe en Jesús.
Siempre
hay, sin embargo, un atentado peligroso de comunicarse con los muertos o con
espíritus de alguna manera. Esto puede ser mediante una sesión especial o tal
vez la persona sólo parecer entrar en trance.
Los
espiritistas están envueltos algunas veces en curaciones- brujerías,
adivinación y hasta en la bendición de los hogares para protegerlos; esta
supuesta protección es una forma de contaminación de las casas, en los lugares
que los brujos y espiritistas hacen ritos de supuestas protecciones, quedan los
lugares contaminados por las fuerzas del mal, no olvidemos que el maligno puede
poseer también los lugares donde se han practicado ritos de ocultismo y
brujería. Sólo un sacerdote católico tiene la autoridad de Cristo para bendecir
y proteger un hogar. Reencarnación (teosofía)
Esta es la
creencia de que el alma, después de la muerte, pasa al cuerpo de otro ser
humano, animal o planta, o hasta a un objeto. Muchos cultos o religiones
orientales creen en esto. En el Hinduismo, se cree que el dios Visnú tuvo
varias reencarnaciones como pez, enano, la persona de Rama y como Krishna, en
las diferentes edades del mundo. Esto es contrario a la Biblia y a toda
creencia cristiana en la otra vida. «Porque está escrito que el hombre muere
una vez y después de la muerte sea juzgado» (Hebreos 10,27).
Aquellos
que están envueltos con espiritistas deben renunciar a satanás, renunciar al
espiritismo, pedir perdón a Dios y confesar su pecado a un sacerdote.
El
material de experiencia pastoral del Padre Gabriel Amorth contenido en este
libro se complementa armoniosamente con los escritos de San Ireneo publicados
recientemente en el libro titulado: «contra los herejes», edición preparada por
el Pbro. Carlos Ignacio González, S.J. de la Colección del CEM del Episcopado
Mexicano cuya lectura recomendamos ampliamente. De igual forma a los hermanos
sacerdotes interesados en leer el anterior libro del Padre Gabriel Amorth
titulado: «habla un exorcista» les será obsequiado en la librería del
Arzobispado con Carmelita.
Concluimos
este Preámbulo con algunas consideraciones bíblico-teológicas sobre el problema
del mal y la existencia del maligno que nos permita apreciar más la lectura de
este libro.
Su Santidad el Papa Pablo VI, de feliz memoria, hablando sobre el
problema del mal afirma textualmente: «...El mal no es solamente una
deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y
pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del cuadro de la
enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o
bien la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual y
fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias...
...Es 'el
homicida desde el principio... y padre de toda mentira' como lo define Cristo
(Cf. Jn 8,44-45); es el insidiador sofístico del equilibrio moral del hombre...
...No se ha dicho que todo pecado se deba directamente a la acción
diabólica; pero es, sin embargo, cierto que quien no vigila con cierto rigor
moral sobre sí mismo (Cf. Mt 12,45; Ef 6,11) se expone a la influencia del
'mysterium iniquitatis', a que se refiere San Pablo (2 Ts 2,3-12), y hace
problemática la alternativa de su salvación» (Audiencia general del miércoles
15 de noviembre de 1972).
Fe constante y vivida
Sobre el
mismo tema, veamos a continuación las conclusiones de un autorizado estudio
publicado por L'Osservatore Romano bajo el título «Fe cristiana y demonología»,
y recomendado por la Congregación para la Doctrina de la Fe como base segura
para reafirmar la doctrina del Magisterio sobre esta materia. El autor empieza
diciendo por qué la existencia de satanás y de los demonios no ha sido nunca
objeto de una declaración dogmática:
«En lo que concierne a la demonología, la posición de la Iglesia es
clara yfirme. Es cierto que en el transcurso de los siglos, la existencia de
satanás y de los demonios no ha sido nunca objeto de una afirmación explícita
de su magisterio. La causa de ello es que la cuestión nunca se planteó en estos
términos: tanto los herejes como los fieles, igualmente apoyados en la
Escritura, estaban de acuerdo en reconocer su existencia y sus
principalesfechorías. Por este motivo, cuando hoy se pone en duda su realidad,
debemos recurrir, como antes liemos recordado, a la fe constante y universal de
la Iglesia, así como a su principal fuente, que es la enseñanza de Cristo. Y,
efectivamente, en la enseñanza evangélica y en el corazón de la fe viva es
donde se revela como un dato dogmático la existencia del mundo demoníaco» (Fe y
demonología doc. Catequético 1975-700-749).
A
continuación nos muestra el autor -con una cita de Pablo VI en su apoyo- que no
se trata de una afirmación secundaria de la que se puede fácilmente prescindir,
como si no tuviese relación con lo que está en juego en el misterio de la
redención:
«La desazón contemporánea que hemos denunciado al principio no pone, por
tanto, en duda un elemento secundario del pensamiento cristiano: se trata de
una fe constante de la Iglesia, de su concepción de la Redención y, en su punto
de partida, de la conciencia misma de Jesús. Por este motivo, hablando
recientenwnte de esta 'realidad terrible, misteriosa y temible ' del Mal, el
Papa Pablo VIpodría afirmar con autoridad: 'Se sale del cuadro de la enseñanza
bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien quien
hace de ella un principio que existe por síy que no tiene como cualquier otra
criatura, su origen en Dios ' Ni los exégetas ni los teólogos deberían dejar de
tener en cuenta esta advertencia» (Ibid).
Afirmar la
existencia del demonio no es caer en el maniqueísmo, ni disminuir por eso la
responsabilidad y la libertad humana.

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