Al dialogar en Roma con el Padre Gabriel Amorth en el año 2000, pidió que sellevara las siguientes palabras para sus hermanos sacerdotes:

 



«Queridísimos hermanos Sacerdotes»:

Después de haber leído este libro, ¿creerán ustedes?

Un día le dije al Santo Padre: encuentro a demasiadas personas que no creen hoy en el demonio y no creen en los exorcismos, me contestó en forma tajante: «El que no cree en el demonio, no cree en el Evangelio».

No cabe duda, es la falta de fe y por eso de instrucción religiosa, la causa por la que nuestro pueblo se dedica a prácticas supersticiosas: horóscopos, cartomancia, magia, secciones espiritistas, sectas satánicas, New Age, cultos orientales, etc. (todos basados en la reencarnación y sobre el concepto: «Dios eres tú»).

La necesidad de exorcistas es para liberar a los que están poseídos o acechados por el demonio.

Pero también es una necesidad para instruir a las personas y alejarlas de las prácticas supersticiosas, que son verdaderos y propios pecados contra el primer mandamiento.

Le pido a la Santísima Virgen, vencedora de satanás, ruegue a su Hijo para que ilumine sus mentes, sobre estos problemas, bien fundados sobre las enseñanzas de la Sagrada Escritura.

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No olviden el mandato de Cristo: «Evangelicen, echenfuera los demonios, curen los enfermos» (Mateo 10,7.

iNo se limiten, hermanos sacerdotes, solo al primer punto:

«Evangelizar».

La plenitud de los tiempos en que vivimos al dejar el segundo milenio de nuestra era cristiana e iniciar el tercero, implica para nosotros la necesidad de seguir presentando a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, como el único y definitivo salvador del mundo; como aquel que es el mismo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13,8). Puesto que la falta de conocimiento, de amor y seguimiento de Jesucristo, es la que propicia. entre otras razones, el que proliferen en el mundo otros cultos, otras opciones culturales, otras religiones que tratan de llenar un vacío religioso en el ser humano.

Jesucristo es el centro de la historia de la salvación del hombre y ha dejado en sus pastores de la Iglesia la consigna: Yo veía a satanás caer del cielo como un rayo. «Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño». (Lucas 1 0, 1819).

No dudamos que el gran Jubileo de este año santo es una gracia muy singular para todo el pueblo de Dios pero sigue siendo para nosotros los pastores una urgencia y un reto pastoral el constatar que un número muy notable de cristianos se entregan a prácticas abominables a los ojos de Dios.

Esta lamentable realidad puede ser causa de que muchos cristianos no encontrando en nosotros una adecuada capacita-

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ción para este delicado ministerio, recurren a prácticas paganas. Es lamentable constatar que muchos jóvenes militan en sectas gnósticas y satánicas por su afán de curiosidad malsana, y falta de adecuada catequesis y evangelización.

El Episcopado Mexicano en su carta pastoral: «Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos», en el No. 109 parr. 4 señala: «Estamos en una etapa de fuerte búsqueda de sentido en la que aparecen tanto necesidades profundas de espiritualidad y trascendencia, como expresiones sincretistas neo - paganas de religiosidad, supersticiones, consulta a los astros, cultos esotéricos y hasta demoniacos».

La Sagrada Escritura con claridad repudia toda práctica ocultista como es sabido: «Cuando Iltlbieres entrado en la tierra que tu Señor Dios te dará guárdate de querer imitar las abominaciones de aquellas gentes. No se vea en tu país quien purifiqlte a tu hijo o hija, pasándolos por elfuego; ni quien consulte adivinos, y Izaga caso de sueños y de agüeros; no haya hechiceros, ni encantadores, ni quien pida consejo a los que tienen espíritu pitónicoy a los astrólogos, ni quien intente averiguar por nwdio de los difuntos la verdad. Porque todas estas cosas las abomina el Señor; y por haber cometido semejantes maldades a aquellos pueblos, acabará con ellos a tu entrada». (Deuteronomio 18,9-12).

Sigue siendo vivo y actual el texto anterior, es de grave responsabilidad para los pastores, el denunciar estos pecados contra la virtud de la religión, como lo señala el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica en los números 21 10-21 17) que condenan el tomar parte activa en sectas satánicas, gnósticos, etc.,

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así como prácticas de magia, adivinación, superstición e irreligión como parte activa en la idolatría; además de que estas prácticas pueden llevar a un ateísmo práctico y a entregarse al gnosticismo como lo señalan los números 2127-2128) del mismo Catecismo.

Ante el gran auge que han tenido las sectas en el momento actual, implica para los pastores de almas, un compromiso de santidad que debemos asumir para hacer frente a esta exigencia de llevar a nuestro pueblo a la liberación plena que Jesús ha venido a traer al implantar su Reino.

La experiencia de los demonios ante Jesús es clara: «¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, oh Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos?. Ya sé quién eres: eres el Santo de Dios». (Marcos 1,24).

Jesús ya destrüyó el reino de las tinieblas, pero quienes no se entregan a vivir su bautismo con fidelidad y se someten a prácticas ocultistas y satánicas, se exponen a ser presa del maligno y quedar oprimidos, obsesionados, atados y hasta en el peor de los casos poseídos; siendo ellos personas bautizadas.

Quiera nuestra Madre Santísima de Guadalupe destruir con su misión evangelizadora las tinieblas de la idolatría, contando con pastores concientes de esta obra liberadora de Cristo, promoviendo la nueva evangelización que es la respuesta a corregir el problema de las sectas, como lo señalan los seis artículos de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe publicados en el periódico oficial L'Osservatore Romano, nn. Del 4 al 9 correspondientes al 24 de enero de 1997 hasta el 28 del mismo mes.

IO

Nuestra Madre Santísima en Fátima prometió el triunfo de su Corazón Inmaculado, creemos que ella la Mujer vestida de sol (Apocalipsis 12,1). Es la Mujer que aplastará la cabeza del dragón infernal con la descendencia de sus hijos fieles y consagrados a su corazón maternal (Génesis 3,15).

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