su verdadera tierra natal, el Cielo.

  


En verdad, el alma del Purgatorio no es exiliada de su tierra de origen terrestre, sino de su verdadera tierra natal, el Cielo.  Ha visto los esplendores de su bendita tierra natal, cuando se presentó ante el Señor, quien es el gozo y la alegría de los santos.  Recordó aquella invitación de amor: "Venid, benditos de mi Padre, vuestro es el reino que ha sido preparado para ustedes desde la creación del mundo."  Vio y contempló toda su magnificencia.  Ahora, imposibilitada de entrar en esa tierra natal, tiene que esperar durante días, semanas, años, siglos, antes de ser capaz de sumergirse en ese torrente de Bondad que es Dios mismo. ¡Dios mío!  ¡Qué exilio!  ¡Qué cruel demora!

¡Qué desgarradores son los sufrimientos de esa alma desafortunada!  "¿Cuándo podré ver a mi patria, mi familia en el Cielo?  ¿Cuándo seré reunido con mis padres, mis hermanos y hermanas que están en la Gloria de Dios y extenderán sus brazos hacia mí?  ¿Cuándo se me invitará a unir mi alma a Jesús, mi esposo celestial?  Oh, puertas eternas, ¡Ábranse! ¡Ábranse!”

¡Pobre alma desdichada!  Ella escucha una misteriosa voz replicar: "Todavía no, más tarde."

Estimadas almas, podemos abrir esas puertas para ustedes.  ¿No saben ustedes que la oración y la caridad son las llaves de oro que abrirán las puertas del Cielo?

Oren sin cesar y aquellas almas en el exilio se elevarán al Cielo, a su amada patria, donde ellas cantarán para siempre los misterios de Dios.

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