El Mal que Necesitábamos Evitar




Los tormentos del purgatorio, no son los únicos que torturan a las almas cautivas en este lugar de expiación.  Todavía sienten tristeza, amargo pesar, desolación y reproches feroces de su conciencia culpable, mil veces más graves para ellas que el dolor de la llama que les hace sufrir, sin que se consuman.  "En el Infierno," dice el Evangelio, "el gusano que roe al condenado nunca muere."  En el Purgatorio indudablemente morirá un día; pero mientras vive, muerde con crueldad y desgarra brutalmente a sus desafortunadas víctimas.  ¡Oh, qué terrible es esa lucha entre el alma y su culpa!  Desde las profundidades de su sufrimiento, el alma cautiva mira hacia atrás con tristeza su existencia aquí en la tierra.  A la luz de la llama que la tortura, ve claramente todo el mal que ha cometido y el cual podría haber evitado con la gracia de Dios, el mal que nunca había confesado.  Descubre millones de pecados que nunca había percibido o que había considerado insignificantes, no habiendo visto ninguna necesidad de un examen de conciencia.  Obligada a reconocer su culpabilidad, mientras que sólo habría tenido que hacer un esfuerzo para ser más amorosa y justa, aquella pobre alma está profundamente afligida y pide a gritos en el delirio de su tortura: "Mi Dios, tú eres justo y tu Juicio es equitativo.  Yo soy la única autora de mi sufrimiento.  Oh, si sólo yo pudiera empezar mi vida en la tierra otra vez, Señor, cómo habría de servirte a Ti y cuán cuidadosamente preservaría mi alma del Purgatorio. ¡Vanos y estériles lamentos!  Por desgracia, ¡es demasiado tarde!

Aprendamos, oh almas fieles; huyamos del mal.  Hagamos penitencia aquí en la tierra, a fin de evitar ese feroz tormento, ese gusano roedor en el Purgatorio.  ¡Dios mío!  Golpéanos, quémanos, aplástanos a nosotros en este mundo y ayúdanos a evitar ese lugar de penitencia.

2. El Bien que Deberíamos Haber Hecho


Otra tortura para el alma en el exilio es ver todo el bien que podría haber hecho y, sin embargo, omitió hacer; todas las bendiciones que recibió de la generosidad de Dios y que a menudo empleó mal.  ¿Qué más podría haber hecho Dios para esa alma?  La alimentó con sus Sacramentos, la fortaleció con su gracia, y la alentó con buenos ejemplos observados en otros.  Con el apoyo de tantos dones, ella debería haber dado pasos agigantados en el camino hacia la santidad y haber llegado, al igual que muchos, a un mayor grado de perfección.  Sin embargo, a menudo se detuvo en el camino o caminó a paso de tortuga.  Si tan sólo hubiera sido generosa, hubiera hecho penitencia y sacrificios; si tan sólo hubiera aceptado las dificultades inevitables de la vida con resignación, ella habría hecho de la tierra su Purgatorio, y hubiera entrado en el Reino Eterno con poca o ninguna necesidad de purificación.  Ahora, en cambio, debe soportar, a través de sus propias faltas y sin mérito, mucho mayor sufrimiento y tormento.  En lugar de la corona de gloria que habría recibido en el Cielo, ella es torturada con una corona de fuego en el Purgatorio.  ¡Qué dolorosa es esa realidad!

 

Estimadas almas, ¿No hemos nosotros mismas realizado muy pocas buenas obras?  ¿Hemos rezado por las almas de nuestros seres queridos ya fallecidos?  Tomemos la determinación de hacerlo mejor en el futuro, con la ayuda de Dios y por la intercesión de Nuestra Señora.

 

Ejemplo

 

Gerson, el Canciller de la Universidad de París, que se distingue por su virtud como por su elocuencia, se refiere en uno de sus libros a la historia de una pobre madre que había sido olvidada en la muerte por su hijo.  Dios le permitió aparecerse a su hijo a fin de expresarle su tormento y para pedirle por sus oraciones, "Hijo mío", exclamó, “¡Querido hijo mío!  Piensa en tu pobre madre que está sufriendo tanto.  Ten en cuenta los terribles tormentos, a los que la Justicia de Dios me ha condenado por los pecados de mi vida mortal.  Lo más insoportable para mí es el remordimiento, el pesar que tengo por haber amado tan poco a Dios después de que él me había concedido tantas gracias.  ¡Yo ofendí a un Dios tan grande, justo, amoroso, a un Padre tan tierno y un benefactor tan generoso!  Ese pensamiento es tan doloroso; me mata continuamente; ese gusano roedor es como un puñal afilado que me penetra sin provocar mi muerte; me hace llorar lágrimas de sangre.  No obstante, me veo obligada a golpearme el pecho y gritar: "¡Dios mío, eres justo y equitativo; si yo sufro tanto, es a través de mi propia gran culpa, mi propia gran culpa!"  ¡Oh hijo mío!  Si aún me amas, ten misericordia de mí; rompe esa daga de mi pecho, líbrame de este gusano roedor y abre las puertas del Cielo para mí.  Te ruego, mi querido hijo, servir a Dios más de lo que tu pobre madre hizo y morir con el arrepentimiento de corazón."

 

Fiel a la advertencia y ruego de su madre, el hijo rezó constantemente por su madre y murió en santidad.

 

OREMOS - ¡Dios mío, dame la gracia de llegar a ser tan santo y tan perfecto como tú quieres que sea!  Por ser negligentes, las almas del Purgatorio son severamente castigadas por lamentos que desgarran sus corazones continuamente.  Apacigua sus remordimientos, Señor, perdonando sus faltas.  ¡La daga que penetra en su corazón es tan dolorosa!  ¡Oh Jesús, sé su Conciliador!  ¡Llama a tus hijos y nuestros hermanos al seno de tu gloria!  ¡Que descansen en paz!

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