Al principio de su cuidadosa traición, Judas
no creía que ésta tuviera el resultado que tuvo. Entregando a Jesús pretendía
obtener la recompensa ofrecida y complacer a los fariseos. No pensó en el
juicio ni en la crucifixión; sus miras no iban más allá. Sólo pensaba en el
dinero, y desde hacía mucho había estado en contacto con algunos fariseos y
algunos saduceos astutos que lo adulaban incitándolo a la traición. Judas
estaba cansado de la vida errante y penosa de los apóstoles. En los últimos
meses había estado robando las limosnas de las que era depositario, y su
avaricia, exacerbada por la visión de Magdalena ungiendo los pies de Jesús con
caro perfume, lo empujó a consumar su acto. Siempre había esperado de Jesús que
estableciera un reino temporal en el que él creía que iba a tener un empleo
brillante y lucrativo. Pero, al ir viéndose defraudado en sus expectativas, se
dedicó a atesorar dinero. Veía que las penalidades y las persecuciones de los
seguidores de Jesús iban en aumento y él quería ponerse a bien con los
poderosos enemigos de Nuestro Señor antes de que llegase el peligro. Judas veía
que Jesús no llegaría a ser rey, y que, por otra parte, la auténtica dignidad y
poder era detentado por el Sumo Sacerdote, y por todos aquellos que estaban a
su servicio. Todo esto lo impresionó vivamente. Se iba acercando cada vez más a
los agentes del Sumo Sacerdote, que lo adulaban constantemente y le aseguraban,
con gran contundencia, que en todo caso, pronto acabarían con Jesús. Él iba
escuchando cada vez más los criminales intentos de corrupción y, durante los
últimos días, no había hecho más que intentar forzar un acuerdo. Pero los
sacerdotes todavía no querían comenzar a obrar y lo trataron con desprecio.
Decían que faltaba poco tiempo para la fiesta y que esto causaría desorden y
tumulto. Sólo el Sanedrín prestó alguna atención a las proposiciones de Judas.
Tras la sacrílega recepción del Sacramento, Satanás se apoderó de él y salió a
concluir su crimen. Buscó primero a los negociadores que hasta entonces lo
habían lisonjeado y que lo acogieron con fingida amistad. Vinieron después
otros entre los cuales estaban Caifás y Anás, pero este último lo trató con
considerable altivez y mofa. Andaban indecisos y no estaban seguros del éxito
porque no se fiaban de Judas. Cada uno
tenía una opinión diferente y lo primero que preguntaron a Judas fue:
«¿Podremos cogerlo? ¿No tiene hombres armados consigo?» Y el traidor respondió:
«No, está solo con sus once discípulos; Él está descorazonado y los once son
hombres cobardes.» Les urgió a apresar a Jesús, les dijo que era entonces o
nunca, que en otra ocasión tal vez no pudiera entregarlo, que ya no volvería a
formar parte de sus seguidores. También les dijo que si no cogían a Jesús
entonces, éste se escaparía y volvería con un ejército de sus partidarios, para
ser proclamado rey. Estas palabras de Judas produjeron su efecto. Sus propuestas
fueron aceptadas por él y recibió el precio de su traición: treinta monedas de
plata.
Judas, por su lenguaje y sus comentarios, se
dio cuenta de que los sacerdotes lo despreciaban, así que, llevado por su
orgullo, quiso devolverles el dinero para que lo ofrecieran en el Templo, a fin
de parecer a sus ojos como un hombre justo y desinteresado. Pero ellos
rechazaron su propuesta, porque era dinero de sangre y no podía ofrecerse en el
Templo. Judas vio hasta qué punto lo despreciaban y concibió hacia ellos un
profundo resentimiento. No esperaba recoger tan amargos frutos de su traición
aun antes de consumarla; pero se había comprometido tanto con aquellos hombres,
que estaba en sus manos y no podía librarse de ellos. Lo estuvieron vigilando y
no le dejaron salir hasta que les explicó paso por paso lo que tenían que hacer
para hacerse con Jesús. Tres fariseos fueron con él cuando bajó a una sala,
donde estaban los soldados del Templo, que no eran sólo judíos, sino de todas
las naciones. Cuando todo estuvo preparado y se hubo reunido el suficiente
número de soldados, Judas corrió al cenáculo, acompañado de un servidor de los
fariseos para ver si Jesús estaba todavía allí. De haber estado, hubiera
resultado fácil cogerle, cerrando todas las puertas. Una vez hecha la
comprobación, debía mandarles la información con un mensajero.
Poco antes de que Judas recibiese el precio de
su traición, un fariseo había salido y mandado siete esclavos a buscar madera
para preparar la cruz de Jesús, porque en caso de que fuera juzgado al día
siguiente no daría tiempo a hacerlo, a causa del principio de la Pascua.
Cogieron la madera a un cuarto de legua de allí, de un lugar donde había gran
cantidad de madera perteneciente al Templo. Luego la llevaron a una plaza
detrás del Tribunal de Caifás. La cruz fue construida de un modo especial, bien
fuera porque querían burlarse de su dignidad de Rey, o bien por una casualidad
aparente. Se componía de cinco piezas, sin contar la inscripción. Vi otras
muchas cosas relativas a la cruz, y se me permitió conocer otras muchas
circunstancias relacionadas con eso, pero todo se me ha olvidado.
Judas volvió diciendo que Jesús no estaba en
el cenáculo, pero seguro que debía de estar en el monte de los Olivos. Pidió
que enviaran con él una pequeña partida de soldados, por miedo a que los
discípulos, alarmados, iniciasen una revuelta. Trescientos hombres debían
ocupar las puertas y las calles de Ofel, la parte de la ciudad situada al sur
del Templo, y el valle del Millo, hasta la casa de Anás, en lo alto de Sión, a
fin de actuar como refuerzos de ser necesario, pues se decía que todos en el
pueblo de Ofel eran seguidores de Jesús. El traidor les dijo también que
tuviesen cuidado de no dejarlo escapar, pues con medios misteriosos había
desaparecido muchas veces en el monte, volviéndose invisible a los ojos de los
que le acompañaban. Los sacerdotes le contestaron que si alguna vez caía en sus
manos, ellos se encargarían de no dejarlo ir.
Judas se puso de acuerdo con quienes lo iban a
acompañar. Él entraría en el huerto, delante de ellos, se acercaría a Jesús, y
como amigo y discípulo que era de Él, lo saludaría y lo besaría, entonces, los
soldados debían presentarse y prenderlo. Los soldados tenían orden de
mantenerse cerca de Judas, vigilarlo estrechamente y no dejarlo ir hasta que
cogieran a Jesús, porque había recibido su recompensa y temían que se escapase
con el dinero y después de todo Jesús no fuera arrestado, o que apresaran a
otro en su lugar. El grupo de hombres escogido para acompañar a Judas se
componía de veinte soldados de la guardia del Templo y de otros que estaban a
las órdenes de Anás y Caifás. Iban ataviados de forma muy parecida a los
soldados romanos, pero éstos tenían largas barbas. Los veinte llevaban espadas.
Además, algunos tenían picas y llevaban palos con linternas y antorchas, pero
cuando emprendieron la marcha, no encendieron más que una, Al principio habían
intentado que Judas llevara una escolta más numerosa, pero él dijo que eso los
descubriría fácilmente, porque desde el monte de los Olivos se dominaba todo el
valle. La mayoría de los soldados se quedaron pues en Ofel y fueron colocados
centinelas por todas partes. Judas se marchó con los veinte soldados, pero fue
seguido a cierta distancia de cuatro esbirros de la peor calaña, que llevaban
cordeles y cadenas. Detrás de éstos venían los seis agentes, con los que Judas
había tratado desde el principio.
Los soldados se mostraron amistosos con Judas
hasta llegar al lugar donde el camino separa el huerto de los Olivos del de Getsemaní.
Una vez allí, se negaron a que siguiera solo, y lo trataron con dureza e
insolencia.

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