Era el momento más amargo, con una tercera parte de los ángeles caídos en el error. Bien es cierto, que de esa tercera parte sólo una pequeñísima fracción había descendido al el odio. Sólo una pequeña cantidad de espíritus caídos se habían malignizado hasta convertirse en demonios. Entre ellos un cierto número se habían tornado, poco a poco, en espeluznantes monstruos. De las bocas de ese número de malditos se destilaba el veneno. El veneno que se mostraba en sus fauces, era el veneno que había fermentado en sus corazones. Se trataba de ángeles entenebrecidos, de ángeles envenenados, presas de un loco furor.
Al menos, los demonios eran pocos. El resto de los caídos simplemente se hallaban en las tinieblas del engaño, dudaban, habían prestado oídos a la nueva doctrina. El gusano que corroe en algunos buenos, pero débiles, se hallaba dentro realizando su labor. Por eso era urgente hacerles entender, de lo contrario, si dejaban que la oscuridad echara raíces, acabarían engendrando rabia y se convertirían en demonios.
Pero no era fácil limpiar un espíritu. Entre ellos disponían de la palabra como arma, como semilla, como caricia. También la oración y el sacrificio, las buenas obras, la alabanza a Dios. Sí, ciertamente, el Bien también contaba con sus armas. Pero en la confrontación entre el Bien y el Mal siempre se tiene la sensación de que el lado del Bien es débil, que está en inferioridad de condiciones. El Mal siempre parece más fuerte, siempre parece que se mueve con más libertad. Y, sobre todo, era difícil superar el silencio de Dios. Siempre ese silencio.
Muchos pensaron en ese momento que los demonios podían vencer. Que por alguna extraña razón que no comprendían, la Oscuridad podía vencer a la Luz. No es que la Fuente Original vaya a dejar de existir, decían. No, ¡seguirá existiendo!, y lo hará rodeada de los suyos, de los pocos que se aferren a sus dogmatismos. La Fuente y los suyos quedarán relegados. Nosotros proseguiremos con nuestra Historia. Tenemos toda una Historia por delante. Esto ha sido un acto liberatorio que, antes o después, iba a acabar sucediendo. No se puede mantener sujetos a miles de millones de espíritus como si fueran niños. No se puede mantener a billones de voluntades, sometidas a una sola Voluntad. Al final, la libertad, la independencia, la autonomía de las mentes, triunfan.
El intelecto, también el intelecto errado, puede tener mucha fuerza. Y así no pocos buenos se dijeron: ¿y si hay alguna razón, que no hayamos considerado, por la que las Tinieblas puedan preponderar definitivamente? ¿Y si algo no ha entrado en nuestros cálculos? No es que digamos que la Oscuridad pueda aniquilar a la Perfección, pero ¿y si ambas están condenadas a coexistir? Quizá Dios sea un Padre que no puede hacer nada contra la desobediencia. Quizá exista una raíz oculta de debilidad en la Bondad. Quizá fuera de la Esfera exista espacio para que el Bien y Mal coexistan como dos opciones indiferentes. Tantos espíritus se embarullaron. Tantos erraron por los caminos del pensamiento. Algunos cayeron en las ciénagas de la tristeza. Otros en la lujuria del ego. Otros en la idolatría del Dragón. Algunos se perfeccionaron en el arte de dominar otros espíritus, y se deleitaban en forjar esas cadenas, en cazar ángeles en sus redes de pensamiento.
Dios tras sus nubes parecía imperturbable.
Pero así como unos espíritus fueron consumando su transformación en seres de oscuridad, otros refulgieron con un brillo más puro. Los cielos eran un campo de batalla. En medio del desorden se mantuvieron espacios de armonía. Eran islas donde la fidelidad se preservó. Ángeles unidos que mantuvieron sus vínculos de fidelidad entre sí bajo la obediencia a Dios. Fuera estaba el campo de batalla donde las fuerzas del caos obraban. En ese campo de lucha, entre muchos indecisos, entre muchos débiles, los peores se satanizaron, y los mejores se divinizaron bajo la acción de la gracia.
Visto desde la altura del ahora, aquel tiempo de triunfo del mal no fue muy largo, pero nos pareció inacabable. Hubo mucho sufrimiento, mucha santidad mancillada. Si los ángeles hubieran podido llorar, muchas lágrimas hubieran caído de los cielos. Hubo ángeles verdaderamente torturados en su espíritu por otros ángeles, que ya no merecían el nombre de ángeles, sino de demonios.
En mitad de esa desolación, de esa lucha, de esa falta de esperanza, sin que nadie lo esperara, varios ángeles santos, varios espíritus que se habían dedicado a la oración y el ascetismo, profetizaron el mismo mensaje en distintos puntos del mundo angélico. Y clamaron con voz solemne y tan fuerte que hasta los mismos demonios lo oyeron:
Así dice Dios: Mío es el poder y mía es la gloria. Mi fuerte brazo podría conocer la victoria ahora mismo. Nada puede resistir mi decisión. Una sola palabra de mi boca, y la Nada sería de nuevo la morada eterna de los malvados. Yo saco de la Nada y puedo devolver a la Nada. Yo no lucho contra nadie, porque nadie puede luchar conmigo. Podría Yo mismo poner orden con mi diestra. Pero otros son mis planes. Los que ahora se creen invencibles, por simples criaturas serán vencidos. El Mal no sólo retrocederá, sino que será expulsado de los Cielos. Mas la humillación será plena, escuchad, porque no será mi brazo, sino otros ángeles los que llevarán a cabo mi designio. Ésta es mi decisión y así se hará.
Los demonios se quedaron perplejos. ¿Cómo se habían puesto de acuerdo tantos ángeles en dar el mismo mensaje? Por un momento sintieron el escalofrío de pensar que lo dicho fuera verdad. Pero en seguida se recobraron y lanzaron nuevos gritos de lucha. Volvieron a la batalla y cosecharon nuevas victorias. El Diablo avanzaba como un gigantesco monstruo con muchas patas que acababan en garras. Como un monstruo de largo cuello y boca de dientes de acero, rodeado por una multitud de seres infernales que se veían como pequeños peces rodeando a un cetáceo, como saltamontes alrededor de un cocodrilo. Satán avanzaba con paso pesado, nadie lo podía detener.
En medio del rumor de miles de pasos del Ejército del Abismo, se oyó el tronar de los ángeles más perfectos, de los que más habían amado. Era como si levantaran su espada, la espada de la verdad. Su rugido de león fue como un trueno que recorre todo el cielo. Una andanada de flechas, las flechas de las razones, se clavaron en los corazones de muchos rebeldes. Grandes ejércitos de rebeldes tuvieron que retroceder ante el dolor de las razones, ante la afilada hoja de la verdad. El Bien había formado su ejército. Cuatro ángeles de la máxima jerarquía (los cuatro que un día estarían alrededor del Trono del Cordero) habían organizado la defensa de la causa de Dios.
Los malvados se habían ido acercando más y más hacia Dios, desplazando a las miríadas de ángeles. Era como si quisieran llegar hasta Dios mismo y atacarlo. ¿Querían penetrar en Él? ¿Pero qué creían que podían hacer? ¿Creían que era como un ángel más? El odio los había cegado. No sabían lo que hacían. Creían poder matar a Dios. Por eso, Satán recibió el sobrenombre de El Asesino desde el Principio. Para Belcebú, el Ser Infinito era el obstáculo entre él y su libertad. Si hubiera podido asesinarlo, lo hubiera hecho sin dubitación alguna. Hubiera preferido un Universo sin el Padre. ¿Pero cómo se mata a un espíritu? Belial, otro de los nombres del Diablo, lo hubiera intentado; al menos intentarlo. Quería intentar lo imposible. En su ebriedad, perdió la percepción de sus límites.
El Señor del Orgullo se había acercado a Dios, pero ahora se erguía contra Satán el poder de los Cuatro Grandes, los cuatro espíritus más grandiosos después de Lucifer, cuatro espíritus fieles que ahora descollaban por las colosales dimensiones de su conocimiento, amor y poderío. Y estos Cuatro Grandes, fieles a Dios, habían tronchado la vanguardia de las huestes satánicas. Cuando Belcebú quiso mirar hacia atrás, ya se había producido una gran derrota en las filas del Mal. El arcángel Miguel parecía imparable en medio de seres mucho más grandes que él.
Razones acompañadas de oración, eso había provocado esa derrota en la retaguardia. Además, los ángeles buenos habían atacado como un ejército. Habían ofrecido sus argumentos como un gran coro. Su voz había retumbado en las filas diabólicas como una gran afirmación. En seguida, los ángeles fieles habían acudido a comunicarse con aquellos contrarios que habían dado muestras de vacilación. La batalla había sido todo un ejemplo de magnífica acción conjunta y organizado combate individual. En seguida, las hordas satánicas habían irrumpido creando confusión, impidiendo que los argumentos celestiales penetraran y ganaran más adeptos.
Satán conjeturaba una larga guerra, con victorias en un lado y en otro, con batallas que arrebatarían miríadas angélicas al otro bando. La guerra era continua, pero, a veces, el peso de un bando parecía concentrarse en un sector concreto. La guerra angélica era el resultado de una fuerza constantemente ejercida, de un combate sin tregua, de acciones organizadas conjuntas y de acciones individuales, entre un ángel y un demonio, entre un ángel y un caído indeciso, entre un ángel santo y un monstruo diabólico. A veces caían los santos, a veces se convertía un monstruo de soberbia que, entre lloros, pedía perdón.
Los ángeles fieles alzaron dos estandartes. En realidad, no eran estandartes materiales. Ni materia, ni instrumentos, podían hallarse en los Cielos. Pero lo que ellos alzaron sólo se puede comparar con un gran estandarte. El primer estandarte que se alzó, fue el de Jesucristo. El segundo, el de la Reina de los Ángeles. La visión de aquellas dos figuras fue irresistible para los demonios. Les volvía como locos. Era como si esas figuras removieran todos los resortes de odio en aquellas serpientes y escorpiones. Un odio que les cegaba, que les sacaba fuera de sí. Su lucha se volvía cada vez más ineficaz a consecuencia de que no podían controlar dentro de sí el incendio de su ira.
Algunos ángeles que habían caído, pero que no se habían malignizado mucho, se pasmaron al ver la reacción de los demonios. ¿Por qué esa reacción? ¿Por qué esa agresividad? ¿Esos demonios eran espíritus angélicos o bestias? Lo que salía de sus bocas era un torrente de blasfemias. Muchos ángeles caídos, discretamente, se alejaron de las filas rebeldes. Veían con claridad que estaban siguiendo a unos locos. Podían no entender todos los planes de Dios, pero lo que no podían hacer era seguir a unos dementes.
Por el contrario, esos ángeles caídos veían que la imagen de Jesucristo que habían levantado los ángeles era bellísima. Reflejaba todo el amor que Dios les había dicho que tendría por los hombres, y por ende también a los ángeles. La imagen de la Santísima Virgen María constituía, por sí misma, toda una predicación. Sólo había que contemplar esa imagen, y la predicación surgía espontánea en el corazón del que contemplaba semejante mansedumbre, semejante hermosura. Cierto que sólo veían una mujer, lo que en el futuro sería un ser humano femenino. Pero la imagen transfundía pureza, humildad, todas las virtudes.
Qué diferencia entre el rostro sereno de la Reina de los Ángeles y la faz horrible de Belial. Que contraste entre ese cuerpo que expresaba sencillez y adoración, y el ser monstruoso como una serpiente gigante en la que se había convertido Belcebú. ¿A quién estaban siguiendo? El Belcebú de ahora no era el bello Lucifer de los primeros tiempos que los había subyugado. El mensaje que aquella mujer predicaba con su silencio era muy sencillo: había que someterse a los dictados de Dios.
Toda la inteligencia de los ángeles buenos se había empleado en elaborar hasta los más pequeños detalles de esos estandartes. Conjuntamente los fieles habían alzado en el Cielo esos dos grandes pendones. Lo que no se imaginaron al realizarlos, era que esas imágenes iban a desprender como una espiritualidad tan irresistible. Los ángeles miraban extasiados las dos imágenes.
¡Quitad eso de ahí!, gritó Luzbel. Quitad eso de en medio de los Cielos. Pero las huestes de Dios ya avanzaban imparables, como un ejército ordenado, en formación cerrada. ¡Por Jesús y por María!, gritó Miguel. Y bajo la mirada lejana de los Cuatro Grandes Espíritus, el capitán de los ejércitos, justo delante de todos esos millones de soldados, alzó su espada resplandeciente de verdad, y exclamó con una voz que se escuchó en todo el Cielo: ¡Quién como Dios!
Ni todas las mentiras de los demonios pudieron resistir el embate del Ejército del Bien. A cada momento que pasaba, más y más ángeles caídos comprendían por fin, se arrepentían y abandonaban las filas de la Gran Serpiente. Los demonios se afanaban con sus garras por apresar intelectos. Pero era como si la luz de la mañana se hiciese, y los engañados comprendieran qué equivocados habían estado. Señor, perdóname, se oía por todas partes. Y los arrepentidos miraban hacia lo alto, hacia la Luz Divina, y se elevaban hacia ella abandonando el campo de batalla. Dios mío, ¿cómo he podido caer tan bajo?
Cuánta más luz se hacía entre los ángeles, más descoordinados, más sin sentido, más salvajes, pero sin efecto, eran los golpes de sus garras malignas en mitad del aire. Eran movimientos desesperados tratando de agarrar algo, tratando de herir a los ángeles que huían de la rebelión. Satán había estado luchando denodadamente, con todas las fuerzas de sus poderosos miembros. Ahora levantó su testa coronada y miró por encima de sus filas enfrascadas en el fragor del combate. Sin alterarse miró hacia el norte, miró hacia el sur, miró en todas direcciones. Estaba claro que la ebriedad había pasado. Las defecciones eran imparables.
Una vez que comenzó el desmoronamiento, resultó imposible pararlo. Los caídos comprendían. Era fácil unirse a la sedición, cuando ésta parecía que iba a extenderse a todos los ángeles, cuando ésta parecía el futuro. Pero ahora se estaba haciendo la luz, ahora comprendían, habían seguido una locura.
Sólo los peores, sólo los más endurecidos en el mal, resistieron todas las razones, todas las oraciones, todas los esfuerzos que los buenos hicieron por su conversión. Pero, al final, fue en vano: hubo un número de irreductibles. Sólo uno de cada varios miles de ángeles se mantuvo petrificado en su decisión. Eran millones. Desgraciadamente eran millones.
Ante los peores, hablaron los ángeles-profeta, los mejores teólogos, los más santos, los más humildes los ángeles-sacerdote. Pero Satanás alzó su cuello flexible como de un Dragón hacia el Cielo y repitió: ¡No serviré! Sus palabras fueron secas y breves como un martillo que golpea un yunque. Los demonios y el Dragón estaban acorralados. Rodeados por la ingente multitud serena de los mejores guerreros de Dios. Heridos los demonios, cansados, desilusionados, ya lo habían intentado todo. La guerra había sido muy larga, ya no había nada que hacer. No iban a arrebatar ni a un solo espíritu más. Los bandos estaban perfectamente delimitados.
Y entonces, se escuchó la voz de Dios que venía de lo alto. Resonó su voz regia y grave de entre las nubes, dirigiéndose a los demonios y su Dragón. Sus palabras fueron: Meditadlo bien, ésta es la última oportunidad. Vais a ser expulsados de los Cielos. Todavía podéis arrepentiros. O ahora o nunca.
Algunos pocos, muy pocos entre los traidores a Dios hicieron un esfuerzo titánico y se elevaron de entre las hordas de los malvados. Volaron hacia arriba, diciendo entre lágrimas y rabia: No merecemos el perdón. Pero cámbianos. Cámbianos el corazón. Haremos lo que haga falta. Y con una genuflexión inclinaron la cabeza ante el Dios que se ocultaba tras las nubes. Miguel se acercó y señalando a los estandartes, les dijo: postraos delante de ellos, uno a uno, y besadlos.
El Cielo entero contempló la procesión de los últimos en regresar. Deformes y ennegrecidos, necesitarían largo tiempo para ser sanados.
.png)
Comentarios
Publicar un comentario