el Diablo rechazaba gracia tras gracia

 


el Diablo cuando le ofrecieron arrepentirse y volverse hacia Dios rechazaba gracia tras gracia que tantos ángeles ganaban con sus oraciones y sacrificios, desatendidas las cada vez más escasas invitaciones a cambiar que le llegaban de lo alto, los deseos de arrepentimiento que surgían de su corazón (enviados por Dios ) eran despreciados. El Creador ya no era escuchado en el corazón de Luzbel. Cuál fue la sorpresa de éste cuando le llegó un enviado de Dios. Desde el Trono Divino había sido enviado un arcángel llamado Gabriel. Ante todo por curiosidad, escuchó a este enviado. Gabriel, entre otras cosas, le dijo con serenidad:

-No estamos hablando de la justicia, de una justicia, sino de la Justicia, le explicó a Lucifer un arcángel llamado Gabriel. Mira que no confundas la paciencia de Dios con debilidad. Él te concede tiempo, pero su fallo no admite recurso. 

Belcebú miró con curiosidad a ese enviado. Después concluyó:

-Yo también soy un dios.

Gabriel le miró compasivamente. Y tras un instante de reflexión, suspiró y concluyó:

-Muy bien, veremos todos, entonces, qué prevalece si la fuerza de un dios o la de Dios.

Dicho esto, Gabriel se retiró sin esperar respuesta.

Pero el Maligno había acorazado su corazón, había echado siete cerrojos en cada puerta de su voluntad. Había cubierto de hierro cualquier apertura a su conciencia. Satán, el Diabólico, había asesinado a su conciencia dentro de sí. Detrás de esas puertas cubiertas de hierro, cerradas a cal y canto, yacía el cadáver de su conciencia, descomponiéndose. En su corazón portaba un fétido cadáver, y él respiraba muerte. La Muerte avanzaba en él cada vez más. Luzbel no podía dejar de existir, no podía morir en ese sentido. Pero él deseaba la muerte de los ángeles que le torturaban con sus razones, con sus recriminaciones. Esos ángeles le angustiaban con la amenaza de la ira divina. Otra cosa que le llenaba de furia era que vinieran una y otra vez con el recuerdo de su santidad primera, aquella que llegó a alcanzar tras la Creación. 

Sí, él había sido santo y ahora se revolvía en el lodazal de su inmundicia. Lo reconocía, pero había sido necesario revolcarse en esos lodos infectos. Para resistir la poder de atracción que la Esfera desplegaba, había tenido Belcebú que ejercer una fuerza equivalente, pero en sentido contrario. 

Las invitaciones de Dios (que internamente sentía Lucifer) sólo habían podido ser contrarrestadas alimentando conscientemente la fuerza de la aversión. De lo contrario, hubiera regresado arrodillándose, pidiendo perdón. Posteriormente, la fuerza del amor de Dios (cada vez más insistente) sólo había podido ser contrapesada por una fuerza de odio a la altura de la primera. Lo mismo había sucedido con sus secuaces. Lo que sentían en sus corazones que venía de lo alto, había tenido que ser anulado por una fuerza de signo opuesto. Ellos, los peores, los más inicuos, uno a uno, siguiendo cada uno su propia historia personal, habían tenido que hacer como su caudillo. Cada uno de los peores, era un Satanás en pequeño.

Los lodos, los pantanos pútridos… había sido todo eso necesario. Si hay un culpable es Dios, se repetían ellos en sus conciencias. Los pertenecientes al partido antagónico a los dictados de Dios, decían: Imaginemos que todos los ángeles nos siguieran. ¿Podría Dios condenar a todos sus hijos? ¿A todos y cada uno de ellos? Conjeturemos un Cielo en el que Dios se hubiera quedado solo. ¿Sería posible que rechazase a todos? ¿Sería posible un Dios que volviera a quedarse solo? No cambiaría mucho la situación si, aun manteniendo un porcentaje de fieles a Él, la mayoría se hubieran inclinado por la libertad. Y así, los heterodoxos defendían que la futura faz del Cielo, en el fondo, dependería de hasta qué punto la sedición fuera más o menos seguida. Les agradaba la idea de un Dios que, al final, tuviera que negociar, que ceder. El amor le obliga a ello, repetían algunos soberbios con aire de superioridad.

Por eso consideraban que el éxito de la rebelión, o al menos su difusión, era esencial. Que Dios ceda, depende del número, repetían. Y como expuso uno de los lugartenientes de Belcebú: no bastan los discursos si se quiere vencer. Había que imponer disciplina. Había que ofrecer una sensación de fuerza, no de debilidad. Se tomaron decisiones que imponían más orden en las filas de la oscuridad. Lo que hicieron los millones de rebeldes resulta difícil de explicar para los humanos que no conocen el mundo de los espíritus. Pero lo que vieron nuestros ojos, es algo parecido a lo que pasó con el III Reich.

Había nacido un nuevo orden en los Cielos. Nuevas jerarquías surgieron. Los niveles no se basaban sólo en la inteligencia, el mal pasaba a ser considerado un elemento a tener en cuenta. Espíritus malvados fueron elevados sobre otros muchos. Surgía así una jerarquía de la iniquidad. Hubo decisiones y reestructuraciones en sus filas que no comprenderíais, pero que se pueden comparar a los grandiosos desfiles como la Alemania nazi, a sus leyes, a su organización. La sociedad de los rebeldes desplegó magníficas demostraciones de fuerza que enardecieron a los ángeles caídos. Embriaguez satánica es lo que puede definir lo que sintieron tantos ojos atónitos. Es sorprendente lo que puede lograr el poder de millones de individuos lanzándose decididamente en una dirección. Se impuso una disciplina. 

Los ángeles, además de conocimiento, tenían poder. Los poderosos se impusieron sobre los débiles. Se implantó una tiranía. Sus lazos eran no materiales, pero sí muy reales. Cadenas del espíritu, pero cadenas. Así unos pocos podían dominar a muchos, que se dejaban dominar con mayor o menor aquiescencia. Los más fieles de los demonios juraron por lo más sagrado seguir al gran guía diabólico, el cual ya no mostraba una hermosa faz, sino el rostro del traidor, el rostro del homicida, parecía, más bien, como un dragón. El ejército de las tinieblas se fue tornando poderoso, firme y disciplinado. 

Además, los ángeles más malignos se organizaron para atacar en grupo el orden pacífico de los ángeles. Imaginaos el orden de un sistema solar con sus planetas y satélites. Las hordas de los demonios podían irrumpir con salvajismo en medio de esa armonía. Extendiendo sus aullidos, su caos, el miedo. Leviatán se sintió fuerte, era el momento de su máximo poder: a los ojos de miles de millones de ángeles, él era dios. El nuevo dios, el dios de la fuerza, el dios de la razón frente a una Divinidad silenciosa que imponía una doctrina de amor infantil, de humildad, de virtud. Satán había propuesto una alternativa, un nuevo reino, un orden nuevo, toda una nueva doctrina con las prodigiosas mentes que le habían acompañado. Satán había propuesto un nuevo reino, ahora lo imponía.

Incluso se puso en duda la Trinidad de Dios. ¿Acaso hemos visto esa Trinidad? ¿No será esta otra, la más grande, impostura de ese Ser Original? ¿Cómo es posible que la Unidad Suprema sea Tres Personas? ¿No es ésta una historia más, que debíamos creer a pies juntillas? Muchas antiguas glorias, confiadas en su propia ciencia, se habían convertido en seres sarcásticos. 

Duda, sarcasmo, mordacidad… en el ápice de su poder, en lo más oscuro de la noche, con su cola el Dragón arrastró a la tercera parte de los ángeles. Una tercera parte de las estrellas cayeron. El resto con todas sus fuerzas resistieron el poder de la duda. De entre estos, bastantes tuvieron que emplear toda la energía de su voluntad para no dejarse arrastrar en una espiral de odio. No debían replicar con el mismo lenguaje. Devolver mal contra mal era un modo de empezarse a convertirse en algo parecido a él. Algunos, en la defensa del Bien, se habían dejado llevar por las pasiones desatadas. Por eso, también algunos defensores de la Verdad mancharon sus espíritus inmaculados. 

Como ahora comprobaban millones de espíritus, el pecado era mucho más pegajoso de lo que habían pensado, se ramificaba, se extendía como un virus y anidaba en los corazones de aquellos que menos lo hubieran pensado. La duda y la desazón eran generales.  Las verdades más firmes parecían derrumbarse. ¿Y si en Dios hubiese anidado también alguna semilla de mal? Si tantas grandes glorias se habían manchado, ¿cabía alguna mácula en la Fuente Original? 

Nadie le negaba su carácter de Fuente, de Origen, de Principio. ¿Pero debía estar ese hecho indudable unido a la imposibilidad de que estuviese manchado con alguna mácula? Todo debe ser revisado, sentenciaron muchos. Todo lo que hemos aceptado sin más, debe ser examinado atentamente bajo la luz de la inteligencia. Había grupos de glorias dubitantes que lo único que le echaban en cara a Dios, era que quizá fuera débil. Es santo, sí, pero nos parece que es débil.

Una tercera parte de los ángeles cayó. La sensación de derrota se enseñoreó de aquel mundo en esa hora desgraciada. El Dragón era fuerte. Era el momento más oscuro de la noche. Y en medio de ese triunfo de la sinrazón, el silencio de Dios.

Dos terceras partes de los ángeles se mantenían fieles. Algunos de ellos luchando con todas sus fuerzas contra las tensiones internas que, a duras penas, podían contener en su seno. Pero se preservaron impolutos gracias a un esfuerzo supremo. En medio de esa desazón, en medio de esa noche más oscura que nunca, todos los buenos se volvían hacia la Luz Divina. Esa Luz que se ocultaba tras las nubes. Sus rayos de luz eran bellísimos, pero silenciosos. ¿Se quedaría inmóvil hasta que todo fuera destruido? Llevaba ya mucho tiempo sin decir nada.

Había silencio en esa Luz, pero Él observaba todo. 

 

 

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