Convertir el plomo en oro, dar con el elixir de la eterna juventud y llegar hasta la piedra filosofal son los trabajos que rellenan el currículo de cualquier alquimista. Y aunque los profanos tachen la alquimia de fantasías extraídas de un cuento de brujas, lo cierto es que detrás de estas destilaciones químicas y elixires se encierra la historia de una ciencia oculta con una visión particular del mundo. Algún alquimista europeo la definió así: "Un arte general que me fue inspirado por el Espíritu Santo, por medio del cual el hombre llega a saber todas las cosas naturales.
Sirve para aprender el derecho de la medicina y todas las demás ciencias conocidas. No existe otro arte que tanto sirva para resolver cuestiones y para destruir errores por medio de la razón humana".
LOS ORIGENES El término árabe "alkimiya" significa "arte negro" y, según parece, los primeros textos alquímicos se encontraron en papiros egipcios que datan del siglo III. Estos documentos fueron encontrados en algunas tumbas e inclusive impresos en las paredes del templo de la ciudad de Edfu, en el Alto Egipto. ¿Qué misterio encierran estos jeroglíficos? Cientos de recetas y fórmulas sobre el ennoblecimiento de los metales, y la fabricación de colores, elixires y perfumes. "Estos saberes eran ofrecidos a los muertos para que los utilizaran posteriormente en el "más allá". Tenemos un ejemplo palpable en el famoso Libro Egipcio de los Muertos", según cuenta un experto en alquimia, José Luis Doménech. Los egipcios transmitieron sus secretos a los griegos y hebreos: "Numerosos pasajes de la Biblia, sobre todo del Pentateuco de Moisés, nos permiten adivinarlo", asegura Doménech. También los árabes supieron de estos "quehaceres" y los pusieron en conocimiento de los europeos, a través de España. El XVI sería el siglo de oro de la alquimia en Europa. "Durante la Edad Media aparecerá una serie de alquimistas cristianos, como Pierre Jean Favre o Dom Belin, que compararán la gran obra de la alquimia con la vida de Cristo. La totalidad de la doctrina cristiana se interpretaba en función de la alquimia. Inclusive se llegó a identificar la piedra filosofal con Jesucristo", afirma el experto. Por aquel entonces, la búsqueda de una medicina universal, que no se quedara sólo en curar enfermedades, sino que también diera la vida eterna, puso a la alquimia en estrecho contacto con la medicina y la química. Pese a sus logros, la agonía de la alquimia tradicional llegaría en el siglo XVIII, y el siglo XIX casi la despediría. El tratado "Die Alchemie", escrito por el médico Latz en 1869, es una de las últimas obras alquimistas que se conocen.
CASI UNA RELIGION La alquimia no es sólo un arte aplicado que ennoblece metales y fabrica elixires; encierra un componente religioso y de visión del mundo muy particular. En la transmutación de metales el objetivo primordial es el perfeccionamiento. El alquimista trabaja en la conversión de un metal innoble hasta lograr el más noble de los metales: el oro. En realidad, esto no es más que una metáfora porque el alquimista lo que busca es su propia transformación. "Se trata de una liturgia religiosa en la que el alquimista, a través de diversas actitudes mentales, ayunos, abstinencia sexual y ejercicios espirituales, redime lo impuro, se purifica e intenta llegar hasta Dios", aclara Luis García de la Cruz, editor de la revista española "Año Cero". Así pues, los alquimistas sostenían que dentro de todas las cosas (minerales, plantas, animales y humanos) existía una sustancia pura, ígnea, sulfúrica e incombustible que se llamaba "la luz de la naturaleza". Esto era lo único puro del ser, de manera que el resto eran impurezas que había que lavar. Doménech lo describe así: "El cuerpo, liberado de la carne, se convierte en espíritu y se asocia gradualmente con el alma de Dios". Muchos alquimistas llegaron a afirmar que lo que hacían realmente era imitar a Dios, lo que los llevó a ser considerados como herejes y a dar con sus vidas
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