¡Oh, quién pudiera permanecer cerca de ti

 


¡Oh, quién pudiera permanecer cerca de Vos, como lo hacía aquella fidelísima sierva vuestra, María Díaz, que vivió en tiempo de Santa Teresa, y obtuvo licencia del Obispo de Ávila para habitar en la tribuna de una iglesia, donde casi de continuo asistía ante el Santísimo Sacramento, a quien llamaba su vecino, sin apartarse de allí sino para ir a confesarse y comulgar.

 

El Venerable Fray Francisco del Niño Jesús, Carmelita Descalzo, al pasar por las iglesias donde estaba el Sacramento, no podía abstenerse de entrar a visitarle, diciendo no ser decente que un amigo pase por la puerta de su amigo sin entrar siquiera a saludarle y a decirle una palabra. Mas él, no se contentaba con una palabra, sino que permanecía ante su amado Señor todo el tiempo de que podía disponer.

 

¡Oh, único e infinito bien mío!, veo que instituisteis este Sacramento y que moráis en ese altar con el fin de que os ame; y para esto me habéis dado un corazón capaz de amaros mucho. Mas yo, ingrato, ¿por qué no os amo, o por qué os amo tan poco? No, no es justo que sea amada tibiamente bondad tan amable como sois Vos: a lo menos, el amor que me tenéis, merecería de mí muy otro amor.

 

Vos sois Dios infinito, y yo un gusanillo miserable. Poco fuera que por Vos muriese y me consumiera por Vos, que habéis muerto por mí, y que cada día por amor mío os sacrificáis enteramente en los altares.

 

Merecéis ser muy amado, y yo os quiero amar mucho: ayudadme, Jesús mío, ayudadme a amaros y a ejecutar lo que tanto os complace y tanto queréis que yo haga.

 

Comentarios