No ignoro que todos los pecados ofenden a Dios, que
todos los pecados mortales merecen eterno castigo; el avaro, que sólo piensa en
atesorar riquezas, dispuesto a sacrificar la salud, la fama y hasta la misma
vida para acumular dinero, con la esperanza de proveer a su porvenir, ofende
sin duda a la providencia de Dios, el cual nos tiene prometido que, si nos
ocupamos en servirle y amarle, Él cuidará de nosotros.
El que se
entrega a los excesos de la bebida hasta perder la razón, y se rebaja a un
nivel inferior al de los brutos, ultraja también gravemente a Dios, que le dio
los bienes para usar rectamente de ellos consagrando sus energías y su vida a
servirle.
El vengativo que se venga de las injurias recibidas, desprecia cruelmente a Jesucristo, que, hace ya tantos meses o quizás tantos años, le soporta sobre la tierra, y aún más, le provee de cuanto necesita, cuando sólo merecería ser precipitado a las llamas del infierno.
El impúdico, al revolcarse en el fango de sus pasiones, se coloca en un nivel inferior a las más inmundas bestias, pierde su alma y da muerte a su Dios; convierte el templo del Espíritu Santo en templo de demonios, hace de los miembros de Cristo, miembros de una infame prostitución; de hermano del Hijo de Dios, se convierte, no ya en hermano de los demonios, sino en esclavo de Satán. Todo esto son crimenes respecto a los cuales fallan palabras que expresen los horrores y la magnitud de los tormentos que merecen. Pues bien, yo os digo que todos estos pecados distan tanto del orgullo, en cuanto al ultraje que infieren a Dios como el cielo dista de la tierra: nada más fácil de comprender.
Al cometer los demás pecados, o bien quebrantamos los preceptos de Dios, o bien despreciamos sus beneficios; o, si queréis, convertimos en inútiles los trabajos, los sufrimientos y la muerte de Jesús.
Más el orgullo hace como un subdito que, no
contento con despreciar y hollar debajo de sus plantas las leyes y las
ordenanzas de sus soberano, lleva su furor hasta el intento de hundirle un
puñal en el pecho, arrancarle del trono, hollarle debajo de sus pies y ponerse
en su lugar. ¿Puede concebirse mayor atrocidad?. Pues bien, esto es lo que hace
la persona que halla motivo de vanidad en los éxitos alcanzados con sus
palabras u obras. ¡Oh, Dios mío!, cuan grande es el número de esos infelices!.
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