En aquel día -dice el Profeta- habrá una
fuente abierta para la casa de David y para los moradores de Jerusalén, en la
cual se lave el pecador." (Zac. 13, 1.) Jesús en el Santísimo Sacramento
es esta fuente, que el profeta predijo, abierta para todos, y en la cual,
siempre que lo quisiéremos, podemos lavar nuestras almas de todas las manchas
de los pecados que cada día cometemos.
Cuando alguno incurre en una culpa, ¿qué
remedio mejor hallará que acudir en seguida al Santísimo Sacramento? Sí, Jesús
mío, así propongo hacerlo siempre, mayormente sabiendo que el agua de esta
vuestra fuente, no sólo me lava, sino que también me da luz y fuerza para no
recaer y para sufrir alegremente las contrariedades, y a la vez me inflama en
vuestro amor.
Sé que con este fin me esperáis y que
recompensáis con abundantes gracias las visitas de los que os aman. ¡Ah, Jesús
mío!, purificadme de cuantas faltas hoy he cometido; arrepiéntome de ellas por
haberos disgustado. Dadme fuerzas para no recaer, concediéndome grande anhelo
de amaros mucho.

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