Hemos dicho que la tercera condición necesaria a la
virtud, era la perseverancia en el bien. No hemos de contentarnos con obrar el
bien durante un tiempo determinado: es decir, orar, mortificarnos, renunciar a
la voluntad propia, sufrir los defectos de los que nos rodean, combatir las
tentaciones del demonio, sostener los desprecios y calumnias, vigilar todos los
movimientos de nuestro corazón; debemos continuar todo esto hasta la muerte, si
queremos ser salvos. Dice San Pablo que hemos de ser firmes e inquebrantables
en el servicio de Dios, trabajando todos los días de nuestra vida en la
santificación de nuestra alma, con la convicción de que nuestro trabajo será
tan sólo premiado si perseveramos hasta el fin. «Es preciso, nos dice, que ni
las riquezas, ni la pobreza, ni la salud, ni la enfermedad, sean capaces de
hacernos abandonar la salvación del alma, separándonos de Dios; pues hemos de
tener por cierto que Dios sólo coronará las virtudes que habrán perseverado
hasta la muerte»(Rom., VIII, 38.).
Esto es lo que vemos de una manera admirable en el
Apocalipsis, en la persona de un obispo tan santo en apariencia que hasta Dios
hace el elogio de sus actos. «Conozco, le dice, todas las buenas obras que has
practicado, todas las penas que has experimentado, la paciencia que has tenido,
no ignoro que no puedes sufrir la maldad y que has soportado todos tus trabajos
por la gloria de mi nombre; sin embargo, debo reprenderte en una cosa: y es que
has abandonado tu primer fervor, no eres lo que habías sido en otro tiempo.
Acuérdate hasta que punto has venido a menos, y vuelve a tu primer fervor
mediante una pronta penitencia; de lo contrario lo rechazare y serás castigado»
(Apoc., 11, 1-5.). Decidme, ¿cuál deberá ser nuestro temor, viendo las amenazas
que el mismo Dios dirige a aquel obispo por haberse relajado un poco?. ¡Ay!,
¿qué es de nosotros aún después de nuestra conversión?. En vez de progresar
cada vez más, ¡que flojedad, que indiferencia!. No, Dios no puede sufrir esa
perpetua inconstancia, en la que pasamos sucesivamente de la virtud al vicio y
del vicio a la virtud. Decidme, ¿no es ésta vuestra conducta, no es ésta
vuestra manera de vivir?. ¿Que es vuestra vida miserable sino una serie
continuada de pecados y virtudes?. ¿Acaso no os confesáis hoy de los pecados,
pare recaer en ellos mañana y quizá el mismo día?. ¿No es cierto que, después
de haber prometido formalmente dejar a las personas que os indujeron al mal,
volvisteis a su compañía en cuanto tuvisteis ocasión?. ¿No es cierto que,
después de haberos acusado de trabajar en domingo, volvéis a las andadas cómo
si tal cosa?. ¿No es verdad que prometisteis a Dios no volver al baile, a la
taberna, al juego, y habéis recaído en todas esas culpas?. ¿Por qué esto, sino
porque practicáis una religión falsificada, una religión de rutina, una
religión regulada por vuestras inclinaciones, más no arraigada en el fondo de
vuestro corazón?. Anda, amigo mío, eres un inconstante. Anda, hermano mío, toda
lo devoción está falsificada; en todo cuanto practicas, eres un hipócrita y
nada más: el primer lugar de tu corazón no lo ocupa Dios, sino el mundo y el
demonio. ¡Ay! ¡cuántas personas parecen durante algún tiempo amar de veras a
Dios, más en seguida le abandonan! ¿Que cosa halláis dura y penosa en el
servicio de Dios, que os haya podido decidir a dejarlo para seguir el mundo? Si
Dios os hace la merced de dejaros conocer vuestro estado, no podréis menos que
llorar vuestro extravío, reconociendo el engaño de que fuisteis víctimas. La
causa de no haber perseverado, fue porque el demonio sentía mucho haberos
perdido; puso en juego toda su astucia, y os ha reconquistado, con la esperanza
de guardaros para siempre. ¡Cuántos apostatas que renunciaron a su religión!.
¡Cristianos sólo de nombre!. Pero, me diréis, ¿cómo vamos a conocer que nuestra
religión está en el corazón, es decir, que tenemos una religión que no se ve
jamás desmentida?. Ahora lo veréis, atended bien y vais a conocer si la vuestra
ha sido tal cómo Dios la quiere para que os conduzca al cielo. El que tiene una
virtud verdadera, no cambia ni se conmueve por nada, cual un peñasco en medio
del mar azotado por las olas embravecidas. Que se os desprecie, que se os
calumnie, que se burlen de vosotros, que os traten de hipócritas, de falsos
devotos: nada de esto os quita la paz del alma; tanto amáis a los que os
insultan cómo a los que os alaban; no dejéis por esto de hacerles bien y de
protegerlos, aunque hablen mal de vosotros; continuáis en vuestras oraciones,
en vuestras confesiones, en vuestras comuniones, continuáis asistiendo a la
santa Misa cómo si nada ocurriese. Y para que comprendáis mejor esto, escuchad
un ejemplo. Se refiere que en una parroquia había un joven que era un modelo de
virtud. Asistía casi todos los días a la santa Misa y comulgaba con frecuencia.
Otro joven, envidioso de la estimación en que era tenido aquel compañero suyo,
aprovechando la ocasión en que ambos se hallaban en compañía de un vecino que
tenía una tabaquera de oro, el envidioso la sustrajo del bolsillo del vecino y
la deposito, disimuladamente, en el del joven bueno. Hecho esto, con gran
naturalidad pidió a aquel que le dejase ver su hermosa tabaquera. Buscóla el en
sus bolsillos, pero inútilmente. Entonces prohibióse salir a nadie del recinto
aquel, sin ser previamente registrado. La tabaquera fue encontrada en el
bolsillo de aquel joven que era un modelo de virtud. Al ver esto la gente,
comenzó a tratarle de ladrón, haciendo hincapié en su religión y llamándole
hipócrita y falso devoto. El joven, viendo que el cuerpo del delito había sido
hallado en su bolsillo, comprendió que no tenía defensa, y sufrió todo aquello
como venido de la mano de Dios. Al pasar por las calles, al salir de la iglesia
donde iba a oír Misa o a comulgar, todos cuántos le veían le insultaban
llamándole hipócrita, falso devoto y ladrón. Esto duró mucho tiempo. A pesar de
ello, continuó siempre sus ejercicios de devoción, sus confesiones, sus
comuniones y todas sus prácticas, cual si la gente le mirara con el mayor
respeto. Pasados algunos años, el infeliz que había sido causa de aquello, cayó
enfermo, y entonces confesó, delante de cuántos se hallaban presentes, haber
sido él la causa de todo el mal que del joven se había hablado, ya que aquél
era un santo, más el por envidia, a fin de lograr su descrédito, le había
metido aquella tabaquera en el bolsillo.

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